Alejandro Colina
Si a fuerza de explorar su propia alma, Miguel de Montaigne creó un nuevo género literario; a fuerza de registrar, con el indócil sentido crítico de la ironía, las impresiones que le proporciona su indecente careo con el mundo que le circunda, Carlos Monsiváis ha demostrado que el hedonismo bien puede ser una forma de la generosidad, o al revés, según se prefiera.
Cronista del centro y la periferia, incomplaciente observador de la vida pública, incansable defensor de los derechos inalienables de la vida privada, sobresaliente escritor de oficio, implacable enemigo de los escritores oficiosos, versátil y fabuloso fabulista postmoderno, sarcástico espectador del show voluntario e involuntario, él mismo protagonista sin remilgos moralistas de la farándula masiva, Monsiváis ha alcanzado la simpática altura de icono imprescindible de la cultura mexicana, lo que no le ha prohibido cumplir el más valioso papel de fiel colono del lenguaje. Por el contrario: a su ejemplar lealtad al don verbal debemos su cordial estatus de icono, y aun quienes se privan de leerlo intuyen en su desenfadada apariencia un mundo envidiable, aunque no por las razones usuales. Ha efectuado, de esta manera, un acto verídicamen-te milagroso: otorgar a un hombre de letras, en un país donde quienes saben leer no acostumbran hacerlo, la popularidad de un refresco de cola. Ha sido en ello un prodigioso artista pop, si bien no ha intentado renunciar a la nostalgia del México que ya no es y se haya esmerado en distanciarse, con atinada ironía, de la primera generación de estadounidenses nacidos entre el Río Bravo y el Suchiate. Por todo lo anterior hay que festejar que le concedieran el Premio Juan Rulfo y lamentar más allá o más acá de los merecimientos del doctor Kumate que le rehusaran la medalla Belisario Domínguez.