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Guillermo Fadanelli  Anabel


 

 Guillermo Fadanelli




Anabel no es estúpida más que cuando duerme en las tardes. Su rostro, ideal para las expresiones amables, se hunde en un sopor de tales dimensiones que cuando duerme da la impresión de haber sido presa de una muerte absurda. Quizá de haberse atragantado con un hueso de ciruela su cara tendría este mismo semblante cómico que ahora luce sin ningún pudor. Si cuando está despierta su mirada o sus gestos audaces delatan que su cerebro funciona bien, no es así cuando duerme. Por alguna razón el semblante estúpido aparece sólo cuando toma una siesta de media hora antes de marcharse a bailar. Anabel es una de las bailarinas de un programa para niños que aparece de lunes a viernes en televisión. Ella no es la estrella, pero sí una de las favoritas de los camarógrafos que no se limitan a tomar sus piernas, sino también su rostro y su sonrisa. Algunas bailarinas, me ha confiado Anabel, pagan una cantidad por cada acercamiento que la cámara hace a su rostro: tienen la esperanza de ser descubiertas por un cazatalentos e invierten dinero para el futuro, pero Anabel no necesita pagar.

Si a las cinco de la tarde no abre los ojos entonces me aproximo a la cama pisando con energía la duela. Me mira incrédula, como si fuera un extraño que ha entrado a casa mientras duerme.

Soy el mismo desgraciado de siempre ­le digo. Mis palabras anuncian que es hora de levantarse.

Deberías acompañarme al foro ­me dice entre bostezos.

Anabel, sabes que jamás me arriesgaría a enamorarme de alguna de tus compañeras.

Nadie te haría caso. Entre todas hemos acordado un pacto que a nadie le conviene romper.

Ay, Anabel, si la vida consiste precisamente en romper esos pactos.

Anabel no es celosa, pero tampoco es complaciente conmigo. Puede bromear, pero sólo hasta cierto punto. Si en la calle miro a una mujer más de dos segundos se incomoda: "Síguela mirando, no seas hipócrita", me reta. Tenemos varios años de compartir nuestra vida y jamás nos hemos enfrentado a una ruptura importante. No sé qué hará ella para no salir corriendo de este departamento, pero se ha mantenido a mi lado sin quejarse demasiado. Me gusta su cintura tanto como su ombligo, aun cuando sus piernas son su atracción más evidente. Que en los últimos meses hagamos tan poco el amor es sin duda consecuencia de mi comportamiento. Quiero decir que aun cuando continúo deseándola no es sencillo para mí satisfacer sus deseos.

Me pregunto si en verdad lees tanto como dices ­me ataca, así, de repente.

Es una manera de esperarte, Anabel. Aunque mentiría si te dijera que no veo televisión.

¿No que odias la televisión?

Te veo bailar. Me tranquiliza saber que al menos durante una hora sé dónde estás.

Ninguno de los dos terminó sus estudios universitarios. Cuando nos conocimos teníamos varios años de haber abandonado la escuela. Yo cumpliré en unos meses cuarenta años. Anabel es una década menor que yo, pero cuando no tiene pintura en su rostro se ve tan joven como una adolescente.

¿Por qué no salimos a cenar cuando regrese? Yo invito para que disfrutes la cena.

No quiero ver la jeta de un mesero amargado. Siempre estoy pensando que escupen en mi plato.

Mira quién es el amargado.

Cuando vuelvas habrá una pasta con calamares sobre la mesa, ¿qué te parece?

¿Y una ensalada?

Y una ensalada.

Cuando Anabel se marcha el silencio se hace presente de una manera inesperada. No es silencio sino el vacío que deja su cuerpo o su andar nervioso por las habitaciones. Su número en el programa infantil consiste en sonreír mientras baila rodeada de niños que no paran tampoco de moverse. Todas las bailarinas, incluida la estrella, visten minifaldas color cereza, además de botas blancas vaqueras. Los concursos son en realidad tonterías que no entusiasman a nadie, pero la música más el eterno vaivén de las danzantes hace que los niños corran excitados de un extremo a otro del escenario. Cuando veo aparecer las piernas de Anabel que reconozco de inmediato me tiro en la cama embelesado. Permanezco atento a su cuerpo durante la hora que el programa se mantiene en el aire. Si me masturbo es sólo en los últimos minutos cuando todos están agotados, menos los niños. La pasta se hace en un cuarto de hora, pero la ensalada puede llevarme bastante más tiempo. Hay que preparar los pepinos, las papas, cortar cebolla en rebanadas, inventar un aderezo con aceite de oliva, vinagre, mostaza. Cuando a las ocho de la noche Anabel abre la puerta del departamento encuentra la mesa servida.

Hoy había un mocoso insoportable, ¿lo viste?

No pude ver el programa, Anabel, estuve haciendo la cena.

Se me pegaba como una lapa. Casi nos caemos los dos al suelo.

Son niños, Anabel.

Tuve que acusarlo cuando me pellizcó las nalgas. Lo sacaron mientras pasaban comerciales. La madre nos acusó de intolerantes y amenazó con ir a los periódicos.

Quiere publicidad para su hijo.

La cena se extiende a causa de mi charla. No es que me interese conversar sino que he visto en los ojos de Anabel ese deseo que la invade después de una sesión coreográfica. Debo esperar un tiempo pertinente para reponerme de la masturbación. No siento ningún deseo por Anabel, pero si bebo un poco de vino estaré dispuesto a ir a la cama en unas horas más. No comprendería si le contara que a mi manera he estado con ella durante una hora, que le he ofrecido mi atención, mi semen: mi ser entero se ha concentrado en sus piernas, en sus suaves facciones de adolescente tardía, en sus movimientos infantiles.

Vamos a caminar un poco, hemos comido demasiada pasta ­le propongo.

Estoy cansada, preferiría ir a la cama, ¿vamos?

Caminemos hasta el parque, después volvemos, ¿qué te parece?

No, prefiero esperarte. Tomaré un baño mientras vuelves.

Anabel me mira extrañada. Piensa que he dejado de desearla o peor aún, que tengo otra mujer. Está a punto de hacerme un reproche, pero prefiere esperar a mi regreso: va a darme otra oportunidad. Antes de salir a la calle voy a la recámara para cerciorarme de que no he dejado rastros de semen en el edredón que cubre la cama. Aún puedo sentir los dolorosos estertores en los testículos que suceden a una intensa masturbación. Me siento avergonzado frente a Anabel que antes de bañarse elige sus pantaletas más provocadoras: si esas pantaletas fallan entonces estará segura de que las cosas no van por buen camino. La imagino a mi regreso, sobre la cama, vestida con esas mismas pantaletas y su camiseta azul cielo.

La noche está fresca después de una lluvia que ha dejado las calles empapadas. Camino alrededor de un pequeño parque cercano a nuestro departamento, un jardín casi anónimo, de escasos árboles y unas cuantas bancas despintadas. Los autos húmedos, estacionados en el perímetro del parque, se iluminan con el suave contacto de la luz callejera. Un corredor nocturno pasa a mi lado jadeando por el esfuerzo mientras que una anciana apresura a su mascota que no termina de orinar las plantas. No volveré a casa esta noche. Me recuesto en una banca fría y pienso en las piernas de Anabel, en los niños que juegan a su alrededor, en su sonrisa espontánea: desde ahora estoy deseando que sea lunes para encender la televisión a las cinco de la tarde.



Guillermo Fadanelli (México, DF, 1960) es autor, entre otras obras, de Compraré un rifle (Anagrama) y Lodo (Debate).

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