Gabriel García Márquez
Lo primero que llama la atención de William Jefferson Clinton es su estatura. Lo segundo es un poder de seducción que infunde desde el primer saludo una confianza de viejo conocido. Lo tercero es el fulgor de su inteligencia, que permite hablarle de cualquier asunto, por espinoso que sea, siempre que se le sepa plantear. Sin embargo, alguien que no lo quiere me previno: "Lo peligroso de esas virtudes es que Clinton las usa para que crean que nada le interesa tanto como lo que uno le dice".
Lo conocí en una cena que el escritor William Styron ofreció en su casa veraniega de Martha's Vineyard en agosto de 1994. Clinton había dicho en la primera campaña presidencial que su libro favorito era Cien años de soledad.
Yo dije y se publicó en su momento que aquella frase me parecía una simple carnada para el electorado latino. Él no lo pasó por alto: lo primero que me dijo después de saludarme en Martha's Vineyard fue que su declaración había sido sincera. Carlos Fuentes y yo tenemos razones para pensar que aquella noche vivimos un buen capítulo de nuestras memorias. Clinton nos desarmó desde el principio con el interés, el respeto y el sentido del
humor con que trató cada una de nuestras palabras como si fueran oro en polvo. Su talante correspondía a su
aspecto. Tenía el cabello cortado como un cepillo, la piel curtida y la salud casi insolente de un marinero en tierra, y
llevaba una sudadera pueril con un crucigrama estampado en el pecho. Era, a sus cuarenta y nueve años, un
sobreviviente glorioso de la generación del 68, que había fumado marihuana, cantaba de memoria a los Beatles
y protestaba en las calles contra la guerra de Vietnam.
La cena empezó a las ocho y terminó a la medianoche, con unos catorce invitados a la mesa, pero
la conversación se redujo poco a poco a una suerte de torneo literario entre el Presidente y los tres escritores.
El primer tema fue la inminente reunión de la Cumbre de las Américas. Clinton quería que fuera en Miami,
como lo fue en realidad. Carlos Fuentes pensaba que Nueva Orleans o Los Ángeles tenían más créditos
históricos, y él y yo los defendimos a fondo, hasta que se vio claro que el Presidente no cambiaría de idea porque
contaba con Miami para la reelección. "Olvídese de los votos, señor Presidente", le dijo Carlos Fuentes. "Pierda la
Florida y gánese la historia". La frase marcó el tono. Cuando hablamos del narcotráfico el Presidente oyó mi
opinión con oídos benévolos: "Los treinta millones de drogadictos de los Estados Unidos demuestran que las
mafias norteamericanas son mucho más poderosas que las de Colombia y mucho más corruptas sus autoridades".
Cuando le hablé de las relaciones con Cuba pareció aun más receptivo: "Si Fidel y usted pudieran
sentarse a discutir cara a cara no quedaría ningún problema pendiente". Cuando hicimos un repaso espectral de
América Latina supimos que su interés era mucho mayor de lo que suponíamos pero le faltaban datos esenciales.
Cuando la charla amenazó con volverse demasiado formal le preguntamos por su película favorita y contestó que
era High Noon, de Fred Zinnemann, a quien había condecorado días antes en Londres. Cuando le preguntamos
qué estaba leyendo lanzó un suspiro de alivio y mencionó un libro sobre las guerras económicas del futuro,
cuyo título y autor no reconocí. "Mejor lea el Quijote", le dije. "Ahí está todo". La verdad es que ese libro único
no se lee tanto como se dice, pero muy pocos admiten que no lo han leído. Clinton demostró con dos o tres
frases que lo conocía muy bien. Entusiasmado, nos preguntó por nuestros libros preferidos. Styron le contestó
que el suyo era Huckleberry Finn de Mark Twain. Yo hubiera escogido
Edipo Rey de Sófocles, que es mi libro
de cabecera desde los veinte años, pero preferí
El conde de Montecristo, sólo por razones técnicas que me
costó mucho explicar. Clinton dijo que el suyo eran las
Meditaciones de Marco Aurelio, y Carlos Fuentes no vaciló
por Absalón Absalón, sin duda alguna la novela estelar de William Faulkner, aunque otros preferimos
Luz de agosto por gustos personales. Clinton, como homenaje a Faulkner, se puso entonces de pie y con largas
zancadas alrededor de la mesa recitó de memoria el monólogo de Benji, que son las páginas más asombrosas
pero también las más herméticas de
El sonido y la furia. Faulkner nos llevó a preguntarnos una vez más sobre
las afinidades entre los escritores del Caribe y la pléyade de grandes novelistas del sur de Estados Unidos.
Nos parecieron más que lógicas, si tomábamos en cuenta que el Caribe no es en realidad un área
geográfica, circunscrita al mar, sino un espacio histórico y cultural mucho más vasto, que abarca desde el norte del
Brasil hasta la cuenca del Misisipí. Mark Twain, William Faulkner, John Steinbeck, y tantos otros, serían entonces
tan caribes por derecho propio como Jorge Amado y Derek Walcott. Clinton nacido y formado en la
sureña Arkansas celebró la ocurrencia y proclamó con alegría su propia filiación caribe.
Entonces iban a ser las doce de la noche, y tuvo que interrumpir la charla para contestar una llamada
urgente de Gerry Adams, a quien autorizó desde aquel momento para recaudar fondos y hacer campaña en
Estados Unidos a favor de la paz en Irlanda del Norte. Este debió de ser el final histórico para una noche
inolvidable, pero Carlos Fuentes lo llevó más lejos cuando le preguntó al Presidente a quiénes consideraba sus
enemigos. La respuesta fue inmediata y brutal:
"Mi único enemigo es el fundamentalismo religioso de derecha".
Dicho esto concluyó la cena. Las otras veces que lo vi, en privado o en público, me dejó la misma
impresión que la primera: Bill Clinton era todo lo contrario de la idea que los latinoamericanos tenemos sobre
los presidentes de Estados Unidos.
Ahora bien: ¿sería justo que este raro ejemplar de la especie humana tuviera que malversar su
destino histórico sólo porque no encontró un rincón seguro donde hacer el amor?
Pues ese es el caso: el hombre con más poder sobre la Tierra no ha logrado consumar sus ardores
secretos por el estorbo invisible de un servicio de seguridad que sirve mejor para impedir que para proteger. No
hay cortinas en las ventanas de la Oficina Oval ni un cerrojo de caridad en el baño reservado a las obras
mayores del presidente. El florero que se ve a sus espaldas en las fotografías de su escritorio ha sido denunciado por
la prensa como un escondite de micrófonos para consagrar en documentos de Estado los misterios de las
audiencias. Más triste, sin embargo, es que el Presidente sólo quiso hacer algo que el común de los hombres ha
hecho a escondidas de sus mujeres desde el principio del mundo, y la estolidez puritana no sólo impidió que lo
hiciera sino que le negó hasta el derecho de negarlo.
La literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres
días de retraso porque se lo había tragado una ballena. Amparado en esa argucia atávica, Clinton negó ante
la justicia que hubiera tenido alguna relación sexual con Monica Lewinsky, y lo negó con la cabeza en alto,
como todo infiel que se respete. A fin de cuentas, su drama personal es un asunto doméstico entre él y Hillary, y
ésta lo ha respaldado ante el mundo con una dignidad homérica. Perfecto: una cosa es mentir para engañar y
otra bien distinta es ocultar verdades para preservar esa instancia mítica del ser humano que es su vida privada.
Con todo derecho: nadie está obligado a declarar contra sí mismo. De haber persistido en la negativa inicial, a
Clinton lo habrían procesado de todos modos pues de eso se trataba pero es mucho más digno ser perjuro en
defensa del fuero interno que ser absuelto contra el amor.
Por desgracia, con la misma determinación con que negó la culpa la admitió más tarde, y siguió
admitiéndola por todos los medios impresos, visuales y hablados hasta la humillación. Error mortal de un amante
inconcluso cuya vida secreta no pasará a la historia por haber hecho mal el amor sino por haberlo vuelto todavía
menos eterno de lo que suele ser. Llegó hasta el escarnio de someterse al sexo oral mientras hablaba por teléfono
con un senador. Se suplantó a sí mismo con un cigarro frígido. Apeló a toda clase de artificios elusivos para
burlar a natura, pero cuanto más lo intentaba más motivos contra él encontraban sus inquisidores, pues el
puritanismo es un vicio insaciable que se alimenta de su propia mierda.
Ha sido una vasta y siniestra confabulación de fanáticos para la destrucción personal de un adversario
político cuya grandeza no podían soportar. Y el método fue la utilización criminal de la justicia por un fiscal
fundamentalista llamado Kenneth Starr, cuyos interrogatorios encarnizados y salaces parecían excitarlos hasta el orgasmo.
El Bill Clinton que encontramos hace cuatro meses en la cena de gala que ofreció al presidente
Andrés Pastrana en la Casa Blanca, era un hombre distinto. Ya no era el universitario desprejuiciado de
Martha's Vineyard, sino un convicto enflaquecido e incierto, que no lograba disimular con una sonrisa profesional
el mismo cansancio orgánico que destruye a los aviones: la fatiga del metal. Días antes, en una cena de
periodistas con la señora Katharine Graham, la dama de oro del
Washington Post, alguien había dicho que a juzgar
por el juicio de Clinton Estados Unidos seguía siendo el país de Nathaniel Hawthorne. Aquella noche en la
Casa Blanca lo entendí en carne viva. Se referían al gran novelista norteamericano del siglo anterior, que
denunció en su obra los horrores del fundamentalismo en la Nueva Inglaterra, donde quemaron vivas a las brujas
de Salem. Su novela capital, La letra
escarlata, es el drama de Hester Prynne, una joven casada que tuvo un
hijo secreto de un hombre que no era el suyo.
Un Kenneth Starr de la época le impuso el castigo de llevar de por vida una camisa de penitente con la
letra A del código puritano con el color y el olor de la sangre. Un agente del orden la seguía a todas partes con
un tambor batiente para que los transeúntes se apartaran a su paso. El desenlace, por cierto, podría quitarle
el sueño al fiscal Starr, pues el padre clandestino de la hija de Hester resultó ser el ministro del culto que la
martirizó hasta la muerte.
La técnica y la moral del procedimiento fueron en esencia las mismas. Cuando los enemigos de Clinton no encontraron méritos para juzgarlo por lo que querían, lo acosaron con interrogatorios minados hasta que lo pillaron por aquí y por allá en trampas secundarias. Entonces lo forzaron a acusarse en público a sí mismo, y a arrepentirse incluso de lo que no había hecho, en vivo y en directo, a través de una tecnología de la información universal que no es más que la versión trimilenaria de los tambores persecutorios de Hester Prynne. Por las preguntas del fiscal, capciosas y concupiscentes, hasta los niños de pecho se enteraron de las mentiras que sus padres les contaban para que no supieran cómo los habían hecho. Vencido por la fatiga del metal, Clinton llegó hasta la locura imperdonable de castigar a sangre y fuego a un enemigo inventado a cinco mil trescientas noventa y siete millas náuticas de la Casa Blanca, sólo para desviar la atención de su desgracia personal. Tony Morrison, premio Nobel de Literatura y gran escritora de este siglo agonizante, lo resumió con una plumada genial: "Lo trataron como a un presidente negro".