José Luis Durán King
En 1974, la periodista británica Sandy Fawkes, especialista en moda, tomó un vuelo hacia Estados Unidos. Meses antes de su viaje había recibido una invitación para trabajar en el semanario estadounidense National Enquirer, oferta que rechazó pero que la motivó a cruzar el Atlántico para ir en busca de lo que ella denominó "el reportaje de mi vida".
El 7 de noviembre, en el bar del hotel Holiday Inn de Atlanta, conoció e inició un romance con un hombre atractivo que se presentó como Daryl Golden. Cuando Sandy mencionó que debía trasladarse a Florida para entrevistarse con unos amigos periodistas, Golden le propuso que hiciera un reportaje sobre él, pues tenía el presentimiento de que pronto iba a morir. También comentó que tenía grabado en cintas la información que a la postre podría ser la causa de su muerte. La confesión, según Daryl, la guardaba su abogado en Miami.
El individuo en realidad se llamaba Paul John Knowles, un hombre que recorrió 32 mil kilómetros de las carreteras interestatales de Estados Unidos asesinando por lo menos a 18 personas, una cifra que las autoridades consideran conservadora.
Después de una batalla legal extenuante, el abogado Sheldon Yavitz entregó las cintas que estaban en su posesión. Es uno de los documentos grabados más aterrorizantes de los que se tenga memoria y que sirvieron de base para que Sandy Fawkes escribiera "el reportaje de su vida", al que tituló Tiempo de matar.
Un caso similar ocurrió entre Ann Rule, una periodista y escritora estadounidense especialista en temas de crimen, y el ya legendario Ted Bundy. Durante aproximadamente tres años, Rule mantuvo amistad con Bundy, un profesionista de personalidad híbrida capaz de proyectar públicamente una imagen encantadora, pero que en su universo privado era un ogro que coleccionaba partes o cuerpos enteros de jovencitas.
La amistad de Ann Rule y Bundy terminó cuando la periodista leyó la descripción de un sospechoso de asesinato que empataba a la perfección con la de su amigo. El libro Un extraño junto a mí, publicado en 1980, es uno de los acercamientos más íntimos que se hayan escrito acerca de la amistad entre una oveja y un lobo.
El crimen como espectáculo
En la construcción social del asesino serial, el periodismo ha jugado un papel importante. Los sentimientos de poder que experimentan los criminales más extraños y elusivos del universo delictivo han encontrado una poderosa resonancia en los medios y éstos, en reciprocidad, explotan generosamente los fulgores homicidas que, cada vez con mayor regularidad, alumbran el amanecer del nuevo milenio.
Desde las mujeres asesinas que irrumpieron en la tercera década del siglo XIX británico, acusadas con epítetos como "medusas" o "hijas de Lilith" y cuya actuación horrorizó y satisfizo al mismo tiempo el morbo del público, el periodismo ha estado presente, registrando a manera de una bitácora oscura el corpus delictivo de Occidente. En las postrimerías de esa misma centuria, cuando Jack el Destripador sembró el terror en el abismo de Whitechapel, la maquinaria del periodismo de la época estaba perfectamente aceitada para convertir al maniático de las vísceras en una estrella del crimen.
Pero los papeles estelares en la carpa de los medios corresponden a los estadounidenses Charles Manson, autor intelectual de dos carnicerías perpetradas en Los Angeles y que al ser aprehendido él mismo condujo la conferencia de prensa organizada por las autoridades para paliar las protestas de la sociedad californiana, y Gary Gilmore, el asesino introvertido que ganó el juicio que le conmutaba la cadena perpetua por la pena de muerte. Ambos proscritos, dueños de un enorme poder de convocatoria mediática que ya lo quisieran para un domingo en el gobierno federal, sólo tuvieron que caminar los senderos trazados por Edgar Allan Poe y sus cuentos de misterio y Truman Capote quien, con la obra A sangre fría inauguró flamantes derroteros periodísticos en una sociedad en la que la nota roja está íntima y fuertemente ligada
al espectáculo.