Juan Villoro
Los videoescándalos recientes han dado una curiosa autoridad a la palabra.
Aunque las imágenes se erigen como tribunal de la verdad y prueba inculpatoria, son tan grotescas que obligan a interpretarlas. La escena de un político presuntamente de izquierda que mete en las bolsas de su saco los dólares que no le cupieron en el portafolios, hace que la cabeza se nos llene de hipótesis e incrementa nuestro vocabulario.
Con los videos de cámara escondida ocurre lo mismo que con los anuncios de Benetton: la inquietante realidad que revelan obliga a discutir (la verdadera propaganda o la verdadera denuncia está en lo que se dice sobre las imágenes). En esta situación, no es casual que México sea un país donde los opinionistas son, no sólo profesionales, sino extrañamente necesarios. Se ha repetido hasta el cansancio el refrán contemporáneo: "Una fotografía dice más que mil palabras", pero ¿cómo decir esa frase con una fotografía? Tarde o temprano, llegan las palabras.