La "revolución bonita" de Hugo Chávez
Ibsen Martínez
Durante años fui libretista de telenovelas.
De aquella época recuerdo a uno de mis pares escribidores, un galeote peruano a quien la sorna de la
gerencia general bautizó "la llama cuzqueña", no porque su escritura tuviese alguna fuerza o eficacia
especialmente flamígera, sino por considerarlo una bestia de carga de la palabra escrita: era un estajanovista del libreto
de 45 minutos de dramón. Continuamente nos lo ponían de ejemplo.
El culebrón venezolano fue en sus orígenes, y en más de un sentido, un subproducto de la revolución
cubana: a partir de 1959, muchos productores y libretistas de la fidelísima isla emigraron a mi país donde, muy
pronto, transformaron la hasta entonces provinciana y candorosa televisión local en un formidable medio de
comunicación.
Uno de aquellos emigrados precursores logró sacar de Cuba un arcón lleno de libretos de radionovelas
que habían sido muy populares en los años 40 y 50. El curador de aquellos infolios, hoy vicepresidente de
espacios dramáticos de un canal de televisión caraqueño, los entrega desde entonces a sus escribidores con la
instrucción de transmutarlos en libretos de telenovela siguiendo un sencillo método de sustitución léxica: donde
dice güagua debe decir
autobús, donde dice malanga debe decir
ocumo, donde dice La Habana, Matanzas,
Santiago de Cuba, debe decir Caracas, Puerto Ordaz, Maracaibo
y donde dice chévere puede y debe decir
chévere.
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Escena de Mi esposa se divorcia |
En los años 80 el culebrón alcanzó a ser un importante rubro de exportación del sector privado en países
como México, Venezuela y Colombia pues la telenovela es, para muchos mercados televisivos, literalmente eso
que los economistas llaman un "bien no transable". Existen páginas Web que, en ruso, checo o polaco, y con
fines de mercadeo, difunden sinopsis argumentales de los culebrones y fotos de sus protagonistas femeninas.
Ver un episodio de telenovela mexicana, colombiana o venezolana doblado al turco, ruso o al bahasa
la lengua franca de Indonesia, da mucho qué pensar sobre los márgenes de la globalización y las premisas
del "altermundismo".
Se trata de un producto cuyo soporte electromagnético requiere de muy baja tecnología y cuyos
viles contenidos están destinados a la señal del espectro más asequible a los pobres. Al menos en Venezuela,
los canales de TV que las producen no pagan derechos de autor al escribidor de culebrones ni enfrentan
sindicato alguno digno de ese nombre a la hora de imponer a técnicos y actores las más leoninas condiciones
colectivas de trabajo.
Todo ello contribuye decididamente a la enorme rentabilidad de un género que lo mismo se presta
para programar exitosamente un pequeño canal "chicano" en Amarillo, Texas, que a alimentar una televisora
recién privatizada en Rumania.
Los previsibles argumentos de "invariable invención" y las mostrencas actuaciones que caracterizan
al culebrón le han ganado el interés de cierta industria académica estadounidense, tan ofuscada hoy día por
los llamados "estudios culturales". Al influjo de pensadores de la postmodernidad se organizan, en los centros
de estudios latinoamericanos de las universidades gringas, exhaustivos seminarios sobre, por ejemplo,
"telenovela y violencia de género en la región andina".
En nuestra parte del mundo de habla hispana no han faltado intelectuales devotos de la ingeniería social
que hayan querido "redimir" al culebrón convirtiéndolo en el fundamento de una especie de terapia
cognitivo-conductual colectiva capaz de extinguir la llamada cultura de la pobreza, la violencia urbana, el
alcoholismo, el analfabetismo, la deserción escolar, el tráfico y consumo de drogas, la venalidad de los jueces, la
crisis hospitalaria, la corrupción administrativa y el embarazo adolescente en las zonas marginadas. Tales tanteos
en los "usos filantrópicos del culebrón" parten todos de una banal interpretación de la teoría del reflejo según
la cual somos y remedamos lo que vemos en la pantalla chica.
Fundados en un popurrí de supersticiones mecanicistas acerca de la producción social de significantes,
este tipo de iniciativa que, de tiempo en tiempo, se promueve en nuestros países, se aviene bien con el
humano anhelo del escribidor de alcanzar algún tipo de respetabilidad, en especial a los ojos de la
intelligentsia de izquierdas.
No he conocido escribidor, ya sea en México, San Juan de Puerto Rico, Bogotá, Buenos Aires o Caracas,
que no asegure guardar en una gaveta de su escritorio la sinopsis de una telenovela llamada a cambiar para
siempre la faz y el alma de Hispanoamérica si tan sólo le dieran la oportunidad.
Lamentablemente, y para decirlo con palabras de Raymond Chandler, tales empeños redentores tienen
las mismas posibilidades de éxito que tiene un perro chihuahua de despertarse una mañana convertido en
gran danés. El más formidable obstáculo a todo ello se llama Delia Fiallo, indiscutible Fénix cubano de los
ingenios culebrónicos.
Delia Fiallo es el arma absoluta esgrimida por la industria del culebrón ante cualquier intento de
subversión del género. Cuando por alguna veleidad esnobista, o por simple descuido de los cancerberos del piso
ejecutivo, se llega a programar en horario estelar una telenovela didáctica con comentario social y moralina
brechtiana hace años un productor escéptico y guasón bautizó el subgénero como "culebrón no aristotélico", el
canal de la competencia no tarda en ponerlo fuera de combate y sacarlo ignominiosamente del aire. Lo fulmina
el favor continental de que gozan desde hace más de 40 años los ya incontables
remakes de Delia Fiallo.
"La televisión es genealógica y no tiene memoria". La observación la ha hecho Umberto Eco y la justifica
así: genealógica, porque toda nueva invención suya produce imitaciones en cadena; desmemoriada, porque
una vez producida la cadena de imitaciones, nadie puede recordar quién la empezó. El fundador de la estirpe
llega a confundirse con sus descendientes.
Además, la televisión no sólo es capaz de aprender, sino que puede hacerlo muy rápidamente y, con
frecuencia, el modelo parece imitación. La proliferación de los llamados
reality shows son apenas un ejemplo más
del fenómeno tan sucinta y elegantemente descrito por Eco; fenómeno de génesis y reproducción que, sin
embargo, todavía espera una explicación satisfactoria. El caso es que a
Betty la fea, por citar un culebrón exitoso,
le han aparecido ya, en apretada sucesión, media docena de series competidoras tituladas
Mi bella gorda o Qué buena se nos puso
Lola. Sus escribidores, previsiblemente, rechazan cualquier insinuación de remedo
deliberado.
Con el culebrón no aristotélico sucede exactamente lo mismo. Cabal ejemplo de ello es la serie
Amores de barrio adentro con la que el proteico comandante Hugo Chávez acaba de inaugurarse como productor
de culebrones. La serie es un descacharrante destilado de todos los tópicos frecuentados por el culebrón de
interés social latinoamericano, el mismo que la impertérrita Delia Fiallo acostumbra a derrotar.
El culebrón chavista, que incorpora en el título el nombre de un "programa social" de Chávez la
llamada "Misión Barrio Adentro" es una cruza de Corín Tellado y el Mariano Azuela de
Los de abajo, una desaforada parodia involuntaria de
Los olvidados de Buñuel en la que no hay opositores sino "indecisos" o
"confundidos" por la propaganda de la oligarquía y en la que los actores se ven forzados a decir parlamentos como éste:
"Dejé de amarte cuando te plegaste a la huelga petrolera".
La trama incorpora ocasiones, como el cumpleaños de Chávez, que dan pie a que los personajes
entablen interminables diálogos imbuidos de un rastrero culto a la personalidad o se hagan eco de las acusaciones
que, en su show dominical, el máximo líder suele hacer contra la oposición.
Al canal de televisión estatal le fue destinado una porción considerable de los casi mil 700 millones de
dólares sustraídos del ingreso petrolero con fines electorales y que la archipopulista y clientelar revolución
bolivariana dispuso gastar, sin auditoría alguna, en la campaña electoral que precedió al referéndum del 15 de agosto
de 2004.
La telenovela bolivariana confronta inescapablemente a Chávez con el desempeño de su "revolución
bonita": en los últimos seis años, Venezuela ha registrado ingresos petroleros que superan los 108 mil millones
de dólares, un aumento de 43% respecto del ingreso del gobierno anterior. Al mismo tiempo, la pobreza
crítica ha crecido brutalmente, muy por encima de los niveles en que la encontró Chávez en 1998, cuando,
apenas electo, prometió solemnemente cambiarse el nombre si en un año no reducía a cero las cifras de
niñez abandonada.
En 2003 se supo ya que la "revolución bolivariana" había dejado de hacer obligatorios aportes de ley al
Fondo de Inversiones de Estabilización Macroeconómica y que más de cuatro mil millones de dólares de la
factura petrolera se habían extraviado en las rutas de la corrupción disfrazada de inversión social.
En 1992, el año en que Chávez comandó su fallida intentona militar contra el gobierno del presidente
Carlos Andrés Pérez, en Venezuela, país de 24 millones de habitantes, se registraba la ya alarmante cifra de cuatro
mil 200 asesinatos al año. Para 2003, quinto año de la revolución bolivariana, la cifra alcanzó los 21 mil
37 homicidios: en la Venezuela de Chávez mueren asesinados por el hampa 25 venezolanos cada día, la
mayoría de ellos habitantes de los barrios marginados.
El PNUD informaba en 2000 que en los primeros dos años de "gestión" chavista se registraron en
Venezuela dramáticos retrocesos en la lucha contra el hambre: en aquel entonces la desnutrición alcanzaba a 16% de
la población; hoy día está desnutrido 21% de los venezolanos. En seis años el empleo productivo ha caído de
33 a 24%.
En 1992, Unicef reportaba dos mil 500 niños de la calle en Venezuela; hoy el Instituto Nacional del
Menor da cuenta de más de un millón de niños fuera del sistema de escolaridad y ocupados en la llamada
economía informal, y más de 200 mil menores de edad captados para actividades que la pudibundez oficial
llama "marginales" y que incluyen el robo y la prostitución.
Si tuviesen un mínimo de probidad, los escribidores de
Amores de barrio adentro admitirían tener ante
sí un panorama social que ríete de
Germinal, de Viñas de ira y de
Cañas y barro. Pero, ¡ay!, los libretistas del comandante encarnan esa otra patética irrisión latinoamericana: el intelectual "comprometido" que
acaba siendo la tapadera de un dicaz demagogo, inepto, tiránico y corrupto.