Manuel Ángel Núñez Soto
Cuando reflexionamos sobre el papel que los medios de comunicación deben jugar en la transición
democrática mexicana, encontramos una vasta literatura cuyos argumentos pueden resumirse así: "a más
libertad corresponde una mayor responsabilidad"; "veracidad y objetividad deben imperar sobre amarillismo o
escándalo"; "la calidad periodística e informativa debe fomentar la cultura cívica"; "el derecho a la información
(bien público) debe prevalecer sobre el rating
(bien privado)".
Sin embargo, existe menos exploración sobre el tema de cómo tener medios democráticos y a la
vez competitivos.
De hecho, para este artículo, la gran tentación era escribir sobre las obligaciones éticas y morales que
"nos gustaría" que los medios asumieran en el nuevo ambiente de libertades cívicas. ¿Qué tan útil es esta discusión?
Lo cierto es que muchos medios de comunicación han dejado de ser proyectos individuales o
grupales, comprometidos con agendas ideológicas, a los que no importaba su viabilidad económica. Los medios
de comunicación masiva son hoy por su necesaria escala empresas que tienen accionistas y cuya viabilidad
y utilidad social en el largo plazo depende de su penetración y de su posicionamiento de mercado.
Claro que muchos medios de comunicación sobre todo los informativos aspiran a elevados
estándares éticos en su función y quienes colaboran en ellos son casi siempre conscientes de sus responsabilidades con
la sociedad. Pero en ningún caso los medios escapan a la lógica económica de los ejemplares vendidos,
los radioescuchas que los sintonizan o el rating de un cierto conductor de noticias frente a otro. Es más, no
es deseable que fuese de otra forma.
Medios pobres, son medios sin capacidad de profesionalizarse en la búsqueda de noticias y, por tanto,
inútiles a la hora de llamar a cuentas a los actores sociales. Yo prefiero medios fuertes, así ello implique
cálculos mercadológicos; que medios poco competitivos y escasamente meritocráticos, con capacidades limitadas
para dar a conocer y evaluar las acciones políticas y económicas de la transición mexicana.
Es iluso pedir a los medios que no privilegien el encabezado atractivo o incluso el escándalo y que, en
cambio, presenten únicamente sesudos artículos o programas de televisión que nadie compre o vea, por más
"importante" que éstos sean. No sólo es iluso lo repito, no es deseable.
Los medios, obviamente, son libres de escoger la estrategia que deseen para posicionarse en el mercado
siempre y cuando ésta no sea ilegal o se construya sobre la invención de noticias. Al final es el público
quien, con su bolsillo, los sostendrá o los sacará del mercado y con ello de forma definitiva probará su
credibilidad como medio de comunicación. Cualquier ley que intente ir en contra de esa corriente fracasaría, como ya
ocurrió en algunos países. Por eso, si queremos medios fuertes y confiables, que hagan escrutinios rigurosos y
permanentes de la política y la función pública, entonces necesitamos medios que vendan.
¿Pero cuál es el arma de venta de los medios informativos? Las noticias. Cito aquí a Reuven Frank,
expresidente de NBC: "Las noticias son algo que la gente no sabe que le interesa hasta que las conoce. La labor
del periodista consiste en tomar lo importante y hacerlo interesante". Yo agregaría que si queremos fortalecer
la cultura democrática y la cultura cívica en nuestro país, los actores políticos debemos aceptar que lo que
decimos debe ser no sólo importante, sino también interesante, a fin de facilitar la labor de intermediación con
una ciudadanía que, según todos los estudios, muestra un bajo interés por los asuntos de la esfera pública.
Ahora bien, en México, así sea el noticiero de las diez de la noche, un formato radiofónico que transmita
las 24 horas o un periódico que circule en todo el país, la labor de comunicación se limita casi siempre a
reportar. Se reporta lo que ocurre, se reporta el hecho que ya se hizo escándalo, se reporta el video que
presume corrupción, etcétera, es decir, se reacciona a eventos y no se propone la agenda pública.
Los medios mexicanos suelen ser más reactivos que propositivos: primero ocurre el evento o la crisis y
luego los medios sirven de caja de resonancia; primero un político hace una declaración o comete un error, y
luego los columnistas opinan; primero ocurre un mal manejo de recursos públicos, y luego los medios
reportan; primero alguna agencia internacional anuncia una noticia y luego los medios nacionales la difunden. Así,
los mexicanos son más un sistema de reporte, que el
cuarto poder de muchas naciones del mundo
desarrollado; no han llegado a ser los auditores incisivos y persistentes de la conducción del país en el nivel federal,
estatal o local.
Por eso, es tiempo de que los encabezados atractivos, el formato radiofónico líder y el presentador
carismático dejen de limitarse a reportar y dar opiniones superficiales, y empiecen a evaluar y generar mejores noticias.
Es hora de que los medios trasladen toda su artillería en la difusión de noticias que aseguran su
supervivencia comercial y económica, también a la arena de la evaluación de programas públicos.
¿Dónde están los equipos de análisis económicos, no los "expertos de ocasión", que día a día "analizan"
la economía nacional? ¿Dónde están los evaluadores de política pública y de política social que ayuden a darle solidez y no sólo atractivo a los encabezados de mañana?
Vamos, ¿dónde está el diario, la cadena de radio o televisión que con su evaluación mañana va a cancelar un programa público o hacer que otro se fortalezca y extienda? Ésa es una obligación real con la democracia, con los pies en la tierra y sin aspirar a etéreos medios de comunicación puros en sus acciones y altruistas en su compromiso.
Es tiempo de que los medios empleen su libertad para proponer también la agenda y evalúen cada acción del gobierno, no sólo las acciones más escandalosas o amarillistas.
En suma, hoy la obligación de los medios de comunicación con la democracia mexicana es profesionalizar y extender sus acciones, estrategias y formatos a más esferas de la actividad colectiva. Dejar sólo de reportar y opinar, y empezar a evaluar con más seriedad.