Emiliano López Rascón
La tormenta, más tropical que huracán, que envuelve por estas fechas al Imer por la clausura de Café Encuentros sólo tiene sentido si es reconducida a una reforma profunda en los medios públicos, a los que benévolamente reconoceremos como medios públicos. Cuando el tema aflora, lo insustancial se vuelve grandilocuente y pasada la emergencia lo importante deja de serlo.
En octubre de 2000, Francisco Prieto, quien llevaba seis meses al frente de Radio UNAM, decidió cambios en la programación. 20 programas salieron del aire y se incorporaron nuevas producciones, cambios que emergieron de un diagnóstico de la oferta de la emisora, que sin duda los necesitaba (y los sigue necesitando). Cambios, necesarios o no, que se determinaron desde lo que está al aire y que expresa la salud de una institución de comunicación privada, oficial o pública. A una institución educativa, la hace su cuerpo docente, a una radio sus colaboradores. La fórmula parecía sencilla: cambiar de colaboradores es cambiar la radio. Lo que cambió a los pocos días fue el director.
El Prietazo, como se recuerda este episodio en Radio UNAM, fue producto de un correcto diagnóstico del exterior audible y de la ingenuidad respecto a la maquinaria de las radios permisionadas y las particularidades intransferibles del quehacer radiofónico. A pesar de ser Prieto un brillante teórico de la comunicación, conductor excepcional, persona íntegra y generosa, la operación fue repentina y con sólo dos alternativas para los afectados: la resignación, o lo que hoy se está repitiendo. Desde trincheras periodísticas muy parecidas y con argumentos similares. El desenlace, por la salud de la radio de interés público, espero que sea distinto. Quienes, como hacedores, formadores y analistas de la radio pública, pretendemos señalar el malestar estructural que la aqueja no tenemos otra que montarnos en el rebumbio con la esperanza de llamar la atención. Entremos, pues, en las tintas febriles.
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Dos líneas contrapuestas encabezan la polémica y ambas me parecen remedos de argumentos. Uno es la denuncia de censura, privatización, el regreso del autoritarismo y el control en este sexenio; como intentaré mostrarlo: falaz. El otro: que la decisión se tomó amparada en las facultades que le otorga la normatividad del Imer a su director, es decir: "Se actuó con estricto apego al derecho", argumento que, a pesar de ya apenas vender en liquidación, políticos y analistas insisten en esgrimirlo.
Y si se trata de remedos propongo el siguiente: siempre existe la posibilidad, al menos matemática, de que tanto Villarreal como los conductores despedidos sean miembros de una secta oculta con ideología de extremo centro que se haya escindido debido a que, si bien comparten su aversión por la izquierda y la derecha, afloraron recientemente graves discrepancias, que ahora se manifiestan públicamente, en torno a su ubicación en el eje vertical.
El remedo de los "censurados"
Ciertamente, ya llevamos un buen rato donde la estolidez ha prevalecido sobre el maquiavelismo en las acciones y declaraciones gubernamentales; pero ¿de veras puede uno imaginarse a funcionarios de alto nivel "preocupados e incómodos" por lo que emanaba de la barra matutina del Imer? Hace tiempo que los medios públicos, salvo casos aislados, ni eso generan. De ello se han encargado quienes han dirigido sus políticas.
Los dolores de cabeza provienen de los noticieros en los medios concesionados, periódicos y revistas con los que permanentemente tienen que cabildear, negociar, filtrar, premiar o castigar; con exclusivas o publicidad oficial. Si no: ¿para qué el desmesurado presupuesto en comunicación social en todas las áreas de los gobiernos federales y estatales? En principio para eso estaban los tiempos oficiales; pero eso implica despojarse de un poderoso instrumento de control.
Pero supongamos que, ni de tan de alto nivel, y con la torpeza proactiva de un Eduardo Garzón en RTC. ¿Era un espacio incómodo aunque tuviera baja audiencia, escasa participación y poca resonancia? Ni en las opiniones, ni en la investigación periodística que exhibiera ilegalidades. Hay espacios hoy en la radio pública como Del Campo y de la Ciudad en Radio Educación en los que se escucha hablar del espurio, convocatorias a la movilización, las reformas neoliberales, extrema derecha en el poder y solida-ridad con los compañeros, no era el caso de Café Encuentros. Ningún funcionario o político de ningún partido enfrentó un sarandeo por lo que allí se haya dicho, menos un desplome. A la única excepción que pudieran aspirar es a la del propio director del Imer.
Finalmente, si se tratara de un modelo de comunicación ciudadana, informada y plural que sin amarillismo construía una seria, aunque reducida corriente de opinión alternativa, pero contraria a la ideología personal del director del Imer, resulta que Héctor Villarreal no tiene ese perfil. Al menos en su trayectoria pública se le consigna un papel decisivo junto con Ricardo García Cervantes en el otorgamiento de permisos de transmisión a más de una decena de radios comunitarias. Durante su gestión la Hora Nacional Federal atenuó considerablemente su oficialismo e incorporó elementos de una radio plural, moderna y dinámica. El programa recibió incluso un reconocimiento de un jurado internacional e independiente en la Quinta Bienal Internacional de Radio. A propósito de ello, RTC distribuía en cadena nacional, Luces de la
Ciudad, la media hora local del gobierno del Distrito Federal en los tiempos del desafuero, y nunca impidió (y estaba facultado para hacerlo) que en ese espacio se atacara directamente al Ejecutivo federal, a pesar de que el GDF hacía un uso ilegítimo e ilegal del espacio.
Ciertamente, ya había sido antes acusado de censura: cuando su comité de contenidos cinematográficos dictaminó que el filme gore La pasión de Cristo de Mel Gibson era clasificación C, lo cual le costó el disgusto público de varios persignados poderosos. Decisión apegada, por lo sanguinoliento del largometraje, a los criterios aplicados a cualquier película de su tipo en México, aparte de lo "edificante" que para unos pudiera ser el mensaje, y que a otros nos pareció apología del sadomasoquismo.
Y hasta aquí también la apología (léase defensa según su etimología) de Villarreal. Su gestión de nueve meses ya es un periodo suficiente para escuchar el llanto de un plan de desarrollo para el Imer en este sexenio. Proyecto demorado, amoratado, cuando no embarazo psicológico. Seguramente hay algo en un escritorio o disco duro, pero nada hay al aire. Volveré al final con esto, pero antes deseo plantear mi hipótesis respecto al cierre de Café Encuentros.
Una cosa es ser especialista en temas específicos y otra serlo específicamente de la radio, y no dudo de la calidad intelectual de los comentaristas que perdieron el aire, son prestigiados conocedores y analistas de nuestra realidad; como tampoco dudo que, si su quehacer radiofónico era eficaz y convocante, a estas alturas ya les deben estar proponiendo otros foros en el cuadrante.
El primer reto como creador de la radio es mantenerse presente en los oídos. Aquí le creo a Villarreal: no hay
otra censura que el llamado rating. Si los costosos estudios que compró Imer a Arbitron en la gestión de la señora
Beistegui debían servir para algo, era para indicar cuáles barras y programas no reportaban mayor interés en la audiencia. Es
un grave error en los medios públicos basarse en ellos como único criterio para valorar la permanencia de una
serie; como es otro error grave ignorarlos. Su aplicación debe ser distinta: complementaria y no absoluta, cualitativa
además de cuantitativa, comparativa y retroalimentadora. La radio, en especial la pública, debe construir un concepto
de rating en función del público objetivo que incorpore, además el contexto horario: frecuencia, periodicidad,
oferta simultánea de otras emisoras, programas precedentes y consecuentes y que incorpore una variable fundamental:
los mutantes hábitos de escucha actuales derivados de la multiplicación de los dispositivos tecnológicos de audición y
la acelerada convergencia multimedia.