"¿Qué te pasa, Charlie? ¿Estás drogado o qué pedo contigo?".
"No, nada. Disculpa, me distraje, te escuchaba, lo del 35% y las licitaciones."
Julio alzó las cejas resignado a de veras no entender lo que me sucedía, tomó un trago al Blue Label que Sylvia
le había servido. No podía decírselo. No debía. El ojo del gallo debía ser un secreto mío, incluso comencé a
lamentar que Lidia lo supiera.
Empecé a sentir un placer extraño cuando Julio detalló toda la operación. Cada uno de los pasos,
perfectamente bien explicados: él conocía muy bien su negocio, por eso y su buena posición es que había conseguido evadir
los juicios y sentencias que pendían sobre la diosa de su fortuna.
"Tiene muy buenos oficios", dije para mí mientras lo escuchaba y me dedicaba a hacerle todas las
preguntas posibles que permitieran dejar despejada hasta la más mínima duda.
Nombres, los dijo todos. Cantidades, también. Fechas y patrocinios. Destinos y destinatarios. Una compleja
red de lavado de dinero guardada en un VHS. Me sentía como en una película gringa o como me imagino que se
sienten los cabrones periodistas que les da por usar una cámara escondida.
Sonreí para mí cuando tomó el último sorbo de su vaso y tragó uno de los hielos. Yo daba la espalda al ojo
del gallo y me distraía un poco pensar en si podía tapar el rostro de Julio. No éramos amigos, no más que para
coincidir en ciertos negocios y algunos partidos de futbol a los que me pedía que lo invitara.
"Pues así quedamos, güey. Yo tengo todo arreglado, sólo hace falta que firmes unos papeles y cerramos el
trato". Julio tenía ascendencia alemana -su abuelo había peleado en la Primera Guerra Mundial- y no se cansaba
de repetirlo, presumía que ésta era notoria en sus gestos, aunque a mí me parecían que algunos de sus ademanes
eran exagerados y sin nacionalidad.
Me ocupé con una Montblanc de cada una de las hojas que me mostró.
"¿Y cómo vas con aquel asunto?".
"Ufff... Ya sabes cómo son las mujeres", respondí sin levantar la vista, como intimidado por el gallo avisor
que seguía de lejos cada uno de mis trazos.
"Me voy, cabrón, nos llamamos después". Julio me dio un abrazo e hizo una de las señas extrañas que solía
hacer cuando se despedía. Yo simplemente le dije: "Usted es mi gallo".
Me miró extrañado, sin saber, sin sospecharlo. Yo quería decirle como en los programas baratos de bromas,
que sonriera a la cámara, que saludara, pero me contuve, sabía perfectamente que Julio era capaz, en ese mismo
momento, de hacer un desmentido que desde ya lo deslindara de las imágenes.
"De veras que hoy has estado raro, Carlos, yo que tú me tomaba unas vacaciones."
Cuando me quedé solo, en el centro de la oficina me volví hasta el ojo del gallo, el ave me pareció ladeó su
testa con orgullo. Sylvia entró para avisarme que René recién llegaba, le dije que lo hiciera pasar.
Mire hacia la repisa de mármol, decidí que no apagaría el ojo del gallo.