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El ojo del gallo



Laura Islas Reyes



El gallo fue un regalo de Lidia. Cómo me gustaba ese gallo, sus plumas de bronce tornasol, su pico semiabierto, la soberbia de su cresta desafiante, y sus grandes ojos, negros, vidriosos y profundos. ¡Todo lo que podían ver sus ojos!

Lidia había comprado la escultura en un mercado de pulgas de Lille durante su último viaje. La tarde que regresó puso el gallo sobre la fría repisa de mármol, justo enfrente de la mesa que recién había mandado traer de Nueva York.

"De ahora en adelante, ése va a ser tu gallo", dijo Lidia, convencida y convincente, como solía serlo cuando tramaba algo y decidía guardarlo para sí. "Ya verás tú qué uso le das. A mí me gustó el gallo y pensé en ti, que eres tan gallito, ¿no?".

La verdad es que al principio no me gustaba la idea de tener un ave de corral en la oficina, así fuera en una pieza de metal, parada en una pata callosa, vigilante de mi nueva mesa redonda y todas mis reuniones.

Así surgió la idea. Al principio muy inocente, debo reconocerlo, después muy útil y necesaria.

El ojo del gallo era perfecto para el lente, primero pensé en el pico pero aun la cámara más minúscula rompería el perfecto equilibrio de la pequeña lengua de cobre del animal.

No fue difícil montar todo el dispositivo. Hice que un par de ingenieros y varios técnicos trabajaran toda una mañana en ello. Cuando se lo conté a Lidia asintió como si lo supiera o hubiera adivinado. "Ya te habías tardado con eso. De hecho, ahora que lo pienso creo que debí haber traído también la rana de ojos saltones que me querían vender junto con el gallo".

"¿Una rana? Olvídalo, no pondría un crustáceo en esta oficina bajo ninguna circunstancia."

"Querrás decir batracio, Charlie."

"Como sea... no voy a poner un sapo en mi despacho, junto a mi mesa de 15 mil dólares."

"Pues como quieras, pero igual pienso que deberías tener otro ojito de gallo para la oficina de San Ángel."

Ilustración: Margriet de Goede
Eso tenía Lidia que me gustaba tanto, era ambiciosa hasta en los pequeños detalles; no terminaban de instalar un ojo de gallo y ella ya pensaba en el siguiente. Lidia no era guapa, era más bien simple, de piernas flacas, espalda ancha y un cabello enmarañado que a ella le gustaba presumir como rizos cerrados. Pero su poca gracia física la sabía muy bien compensar con el precio de su atuendo y una ambición titilante en sus pequeños ojos miel. Además de que era una excelente compañera de juego cada vez que volaba a Las Vegas.

El día que el sistema quedó instalado decidí pasarlo casi todo detrás del ojo del gallo, en mi privado donde quedaron instalados los monitores para seguir las imágenes de la cámara.

Zoom de ida y vuelta, más y más me acerqué a las líneas que dibujaba la cadera de Sylvia, la asistente de 17 años que hice contratar nada más por el gusto de desafiar a Lidia que se escandalizaba con su edad. "Es una niña", solía reclamarme cada vez que se iba mi atención tras los pasos de aquella Lolita, mientras ella trataba de explicarme algunos de los últimos estados financieros de mis empresas en creciente bonanza.

Apenas me di cuenta de que las curvas de Sylvia habían desaparecido de la pantalla cuando Julio llamó a la puerta del privado. Sabía que yo estaba ahí, Sylvia se lo habría dicho antes de conducirlo hasta mi despacho sin mayor anuncio: a últimas fechas nuestra relación prescindía de esas formalidades.

Por alguna razón temí que decidiera entrar a mi nuevo refugio y viera lo que yo, a través del ojo del gallo. Empujé la puerta para salir con tal fuerza que alcancé a golpear el rostro de Julio.

"¿Qué te pasa, güey?".

"Perdona, que no medí mi fuerza."

"Ya ni la chingas, cabrón."

Cuando nos sentamos a la mesa, yo podía ver cómo el párpado de Julio se hinchaba de a poco y deseaba tener el zoom del ojo del gallo para acercarme hasta los pelos desordenados de sus cejas.

"¿Qué, qué te pasa, por qué me miras así?".

"No, nada, nada... Perdón. ¿Trajiste los documentos?".

Julio puso los contratos sobre la madera color crudo. Todos firmados y autorizados cual lo convenido con el delegado.

"Mano de obra y materia prima están inflados a un 35%. Nos vamos a michas con esa feria. No hay pedo con los güeyes de obras, ya todo está arreglado."

El ojo. No había apagado el ojo. No lo había olvidado pero tampoco lo recordaba. Quizá debía excusarme un momento y detener la grabación, pero casi imaginaba el preciso correr de la cinta y las imágenes suspendidas en los monitores y qué pensaría Julio si supiera que el gallo, que el ojo del gallo nos miraba.





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