A Kirchner no le gusta la crítica
Emilio Fernández Cicco
En la ciudad de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, en el corazón de Argentina, a las tres de la tarde todo el mundo duerme su siesta y los lugares se vacían como si hubiera una epidemia. Hasta en las redacciones, los periodistas se toman un descanso para reponerse, de lo que sea que tengan que reponerse.
En el diario El Argentino, sin embargo, mientras todo el mundo duerme, un redactor escribe un artículo sobre la gestión impositiva en una oficina silenciosa y vacía. Trabaja hace cinco años en el periódico y vive desde hace diez en la provincia. Se llama Nahuel Maciel y, como está solo, es él mismo quien atiende el teléfono.
Necesitábamos hablar con Nahuel Maciel.
Él habla.
Queríamos hacerle una nota contando su historia.
Se produce un largo silencio en la línea, la pausa que se toma una mosca antes de ser aplastada por un
zapato. Es lógico que esto ocurra. Basta con recordar quién es Nahuel Maciel, o quién vendría a ser Nahuel Maciel,
uno de los mayores impostores del periodismo gráfico en Latinoamérica.
Si uno cree en la palabra escrita, puede decirse que Maciel, cuando trabajaba para el diario argentino
El Cronista Comercial, en 1991, consiguió entrevistas magistrales con Carl Sagan, Ray Bradbury, Juan
Carlos Onetti, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, de quien compiló sus encuentros en un
libro prologado por Eduardo Galeano y editado por el propio periódico.
Pero si uno cree en lo que se supo más tarde, en cambio, puede decirse que las entrevistas que
consiguió Maciel eran un ejercicio muy motivador para enriquecer su imaginación. Maciel hacía las preguntas y en
los casilleros en blanco, Maciel conjeturaba una respuesta.
Fuera de las redacciones, afirmaba ser aborigen mapuche de nacimiento la historia, en verdad,
apuntaba a una visita de su madre a una reserva indígena donde habría sido ritualmente violada. De ese modo,
convenció a la cúpula del Partido Comunista local para apoyar la causa aborigen.
Como carta de presentación, aseguraba haber trabajado en el diario
Le Monde y National
Geographic, y se ganó el respeto de colegas del diario. Un día, como enviado del periódico a la provincia de Tucumán a
confirmar la existencia de un supuesto museo de la subversión, Maciel regresó con una investigación exhaustiva y
fotos tomadas por él mismo de fetos y extremidades que, alertaba en la nota, utilizaban los militares como
trofeos de guerra. El artículo fue portada de
El Cronista, un tema que mereció comentarios en agencias
internacionales, entrevistas a Maciel en las radios, y un alboroto en la gobernación de Tucumán y en los grupos de
derechos humanos. El escándalo, sin embargo, no duró todo lo que Maciel hubiera querido. Será porque Ramón
Ortega, el entonces gobernador de Tucumán, declaró en una conferencia de prensa que se trataba de un
disparate, afirmación que, todo experto en el tema, reafirmó a su debido momento.
 |
Nahuel Maciel |
Cuando Mario Diament, director de
El Cronista Comercial, descubrió que uno de sus redactores estrella
había metido el perro, ya era tarde. Su libro de conversaciones fraguadas a García Márquez estaba en la calle.
Sus decenas de entrevistas a celebridades de las letras, y sus instántaneas del horror del museo, también.
Galeano, quien, se suponía, escribió el prólogo al libro, redactó una carta donde abría el juego a dos clases de
lectura: o Galeano padecía el mal de Alzheimer, o, como él juraba, nunca había escrito aquella infamia para
Maciel. Galeano emprendió una demanda penal, pero el juez consideraba que aquel prólogo no afectaba su
patrimonio y desistió de sancionar a Maciel. Hoy, el escritor mira las cosas con un poco de optimismo y otro poco
de resignación: "Haré todo lo posible por creer que ese prólogo me pertenece y hasta quizá, con los años,
podré empezar a quererlo", explicó. "No será fácil, porque es horroroso".
Todo esto ocurría en la primera vida de Maciel, una impostura que lo llevaría a emprender sabiamente
un retiro en 1992, en el sur de Argentina, poco antes de que sus colegas y sus lectores lo asaran vivo como
un cordero patagónico. Dedicó años a repasar sus metidas de pata, mientras planificaba un nuevo desembarco
en los medios, quizá el definitivo. Hoy, tiene 40 años.
Desde el diario El
Argentino y con colaboraciones en el sitio de Internet
El Nuevo Siglo, y un programa en Radio Nacional Gualeguaychú llamado
La isla, el impostor más exquisito de las redacciones, busca sepultar
su pasado. Busca y, como se verá, le resulta endiabladamente duro.
¿Maciel, está ahí?
Sí, estoy acá. Lo escucho.
¿Podríamos tener una pequeña charla?
Mire, me toma de sorpresa. Estoy trabajando.
Queremos contar su historia a través de su transformación. La posibilidad de que usted nos cuente
cómo se ha convertido en un periodista de fiar.
Tiene que hablar con la comunidad de Gualeguaychú. Hable con ellos que leen mis artículos hace
cinco años.
¿En qué tipo de notas trabaja ahora?
De todo. En la edición que está en la calle hay diez notas mías, dos de tapa.
Maciel se pone a enumerarlas. Dice que por política del diario, los artículos no llevan firma. Lo cual,
aunque no lo dice, le viene como anillo al dedo. Maciel habla de sí mismo en un tono apesadumbrado como si
hablara de un difunto.
¿Rescata algo de aquella época?
No hay nada que rescatar. Pero esto es parte de mi vida. Me hago cargo.
¿Lo llamó García Márquez u otro escritor para denunciarlo?
Prefiero no hablar de eso.
¿Tuvo un momento de quiebre?
No puedo decirte fue tal día. Es un proceso. Como toda cicatriz, es una huella que está. Es difícil
reinsertarse. Tal vez, yo hago una nota crítica sobre vos, y me decís: "Si este Maciel en 1992 hizo un libro donde
inventó todo". Estoy condenado. Pero le agradezco a la gente que me aceptó. Hay que abrazar al pecador, no sé si
me entendés. Tengo que hablar ahora por mis hechos. Es esta oportunidad y no hay más.
Cuando entró al periódico, ¿les contó su verdadera historia?
Yo sabía que necesitaban gente en el diario y me presenté. Lo primero que hice fue contar quién soy.
Es lo primero que blanqueo. Éste es el segundo diario de la provincia. De a poco fui ganándome la confianza
de la gente. Pero lo principal es que recuperé la confianza en mí mismo. Como yo sé lo que es quedarse
sin confianza en uno mismo, es algo que privilegio.
¿Cuando ve su libro de entrevistas fraguadas a García Márquez, qué piensa?
Debo tener el libro. Seguro que lo tengo. No hay nada elogioso en él. No siento que sea algo que hoy
me represente. La identidad así como es un concepto de oposición, yo no soy vos, también es un concepto
de acumulación de hechos. Y a mí me interesa el de acumulación.
¿Por qué cree que mintió tanto?
Tenía una dificultad muy grande para percibir la realidad. Es todo lo que puedo decirle.
¿Es verdad que ni siquiera se llama Nahuel Maciel?
 |
Ilustración: Marc Chagall |
Todo el mundo me conoce así. Hasta mis hijos. Pero en mi documento figuro con mi nombre real
(en verdad, se llama Arquímedes Benjamín Maciel, su lugar de nacimiento es la provincia de Corrientes. Por
otra parte, según parece, este hombre jamás habría salido de Argentina).
Yo podría haber empezado a utilizarlo luego del escándalo pero decidí afrontar los hechos. Para
corrobar el renacimiento ético de Maciel, propone que entrevistemos a distintos popes de Gualeguaychú, a quienes
él ha entrevistado en distintas oportunidades. Entre ellos, a Liliana Lound, decana de la Facultad de
Bromatología. La académica se deshace en elogios. "Ah, Nahuel", suspira, "un periodista muy inteligente. Sabe cómo
llegar a los entrevistados. Me habrá hecho unas seis notas y sus artículos fueron muy favorables. Obtuvo una
licenciatura en periodismo en la UNAM, en México. En 2001, organizamos un curso en la facultad sobre cómo
leer un diario y lo invitamos para dictarlo junto a otros colegas. Pero cuando se enteraban de que iba a estar
Maciel ninguno quiso ir. Lo suspendimos".
¿Algún otro elemento que pueda servirnos para describirlo?
Claro. Nahuel es muy imaginativo. A veces leo los artículos y me pregunto: "¿Cómo es que aparezco diciendo estas cosas? No recuerdo haber dicho algo así". Él, cómo puedo decirlo, digamos que deduce lo que uno piensa. No sé cómo hace.