Daniel E. Jones
Apesar de los casi 30 años transcurridos desde la muerte del Caudillo Francisco Franco y de los
cambios positivos de todo género que se han producido en España en este periodo, parecería que un fantasma continúa planeando sobre su sistema político.
Se trata de los persistentes escándalos, es decir de los dichos o hechos reprensibles que ocasionan daños
y ruina moral al prójimo, y que, lamentablemente, son más frecuentes e importantes de lo que debieran.
Los escándalos públicos aparecen por doquier y salpican a gobiernos de muy diferentes países y
regiones, aunque parecería que afectan más a los Estados menos desarrollados y con una cultura democrática más
frágil. Es decir, con unos mecanismos de control político y social poco eficientes, tanto los que corresponden
por mandato constitucional a los poderes Legislativo y Judicial, como también a los presumiblemente
legitimados por el mercado: los medios de comunicación social privados.
Pero, precisamente, hay que tener en cuenta que estas malas artes practicadas de manera reiterada
y deliberada, en especial por parte del Poder Ejecutivo y la administración pública en general (al margen del
color político), adquieren la dimensión de escándalos públicos merced a la intervención del sistema mediático
"independiente", pues éste hace de altavoz y lleva su mensaje mucho más allá de donde quisieran los interesados.
Los medios de comunicación social están para lo bueno y para lo malo, y generalmente encuentran
mayor interés y atractivo en aquello que provoque estupor en las audiencias (es decir en los ciudadanos, en
los electores), aunque esto se dé sobre todo en regímenes democráticos. En los autoritarios, la difusión de
los escándalos políticos (y económicos, sociales o de cualquier otro carácter) es mucho más difícil, pues las
amenazas de quien detenta el poder político suelen ser mucho más contundentes.
En Europa y en América Latina estamos bastante acostumbrados a este tipo de escándalos políticos
(prevaricación, abuso de poder, desfalcos, compra de conciencias, intercambio de favores e incluso violencia,
torturas y muertes indiscriminadas), aunque parecería que en los últimos años asistiéramos a una mayor
conciencia social sobre esta lacra, quizá debido a la creciente dificultad que tienen los gobiernos para ocultar sus fechorías y sus malas artes.
Por ello, podríamos tener la impresión de que en la actualidad hay un aumento cuantitativo y cualitativo
de los escándalos políticos y una corrupción casi generalizada, aunque en realidad habría que pensar que
esta percepción se debe en gran medida, precisamente, a que existen más canales mediáticos para difundir los mensajes porque nos encontramos en sociedades cada vez más abiertas (sobre todo debido
al desarrollo general, al aumento de la alfabetización, y al auge de los medios transnacionales, como
consecuencia de la utilización de los satélites, la Internet, la telefonía móvil y otras tecnologías).
Repercusiones de los escándalos políticos en España
La actual España democrática (es decir la que inició su andadura tras la muerte de Franco en 1975, se
diseñó con la Constitución de 1978, se construyó con la monarquía parlamentaria y el "Estado de las
autonomías", se transformó con la transición política y social, sufrió el golpe de Tejero de 1981, entró en la Unión
Europea en 1986 y se consolidó económica y políticamente durante los largos gobiernos socialistas y populares)
acaba de entrar en estos momentos en una nueva etapa, como consecuencia en parte del atentado terrorista del
11de marzo de 2004 y del posterior e inesperado triunfo socialista en las elecciones generales de tres días más tarde.
Desde luego, la historia de España en estas tres décadas es demasiado compleja y diversa como para
ser resumida en unas pocas frases y reducida sólo a acontecimientos coyunturales. Sin embargo, encontramos
una cierta sucesión de escándalos (de muy diferente naturaleza) que han propiciado (aunque no sólo ellos)
los cambios de signo político que se han dado a lo largo de este periodo, y en los cuales el sistema
mediático nacional ha desempeñado un papel destacado, tal como intenta resumirse en los siguientes párrafos.
El gobierno de Adolfo Suárez (con el relevo final de Leopoldo Calvo Sotelo) y su Unión de Centro
Democrático (UCD), iniciado con grandes expectativas en 1977, terminó por desintegrarse tras el incruento golpe de
Estado de 1981, no sólo con el consecuente impacto sobre la opinión pública que provocó la propia crisis y
suresolución, sino también el largo e intrincado juicio y condena posterior. En el feliz desenlace de este
acontecimiento desempeñaron papeles decisivos, además de figuras clave como el propio rey Juan Carlos I, algunos medios
de comunicación claramente defensores del nuevo orden constitucional, como los rotativos
El País, Diario 16, Mundo
Diario y El Periódico, y cadenas radiofónicas como la SER, entre los más significativos.
Desde 1982 hasta 1996, Felipe González, al frente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), gobernó
con mayorías absolutas o relativas y un gran respaldo popular, lo que le permitió no sólo alentar grandes
transformaciones en la propia sociedad, sino situar nuevamente a España en la escena internacional (gracias, entre
otros aciertos políticos, a la entrada en la Unión Europea y en la OTAN, y a su apoyo a los Juegos Olímpicos
de Barcelona y a la Exposición Universal de Sevilla, de 1992), aunque sus últimos años de gestión se vieron cada vez más opacados por los escándalos de corrupción que aireaban los medios y que terminarían
beneficiando a la oposición. Sobre todo el diario
El Mundo, nacido en 1989 y dirigido hasta hoy por el histriónico Pedro
J. Ramírez (inspirado en el famoso caso Watergate), se ocupó de denunciar los delitos cometidos por
personas muy próximas al gobierno socialista: delitos económicos, políticos y hasta de sangre.
El malestar general que fue creándose durante los últimos años del periodo (sobre todo entre 1993 y
1996) favoreció, sin duda, que un líder de un talante muy diferente a González accediera al poder.
Consecuentemente, José María Aznar y su Partido Popular (PP) gobernaron España con mayoría relativa entre 1996 y 2000, y
con mayoría absoluta desde ese año hasta 2004. A pesar de algunos logros económicos y políticos innegables
que podrían atribuirse a su gestión (tanto nacionales como internacionales), ha sido no sólo su altanería y
prepotencia, sino la aparición de nuevos errores, sobre todo de carácter político, los que han desencadenado
su debacle y el inesperado triunfo socialista del 14 de marzo, de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero.
La puntilla que ha dado al traste con la era de Aznar (y que no ha permitido el acceso al poder de su
"tapado" Mariano Rajoy), ha venido dada por la mala gestión de la crisis desencadenada tras el atentado terrorista
del 11 de marzo en Madrid. En efecto, sus electores le habrían perdonado la catástrofe del
Prestige en las costas gallegas, el manifiesto encono contra los nacionalismos vasco y catalán, así como su enfrentamiento con
los gobiernos de Francia, Alemania, Marruecos y Cuba. Incluso, parecía que no suponía un desgaste grave el
hecho de que hubiera comprometido al país con una guerra a pesar de contar con una opinión pública
manifiestamente adversa, y sólo por su obsesión antiterrorista y para congraciarse con el "emperador" Bush.
Pero el mazazo que supuso la masacre de Madrid, con dos centenares de muertos y más de un millar
de heridos, y la obsesión del gobierno de Aznar por atribuir la autoría a la banda terrorista vasca ETA, cuando
los indicios más verosímiles llevaban ya hacia el terrorismo integrista islámico, ha resultado ser la causa decisiva
de su derrota política. Aunque fuera explicable la confusión y el desconcierto inicial, la opinión pública
española no pudo digerir el escándalo que supuso la manipulación de la información hecha con posterioridad con
fines claramente electorales.
Y sus motivos tenía Aznar para atribuir a ETA el horrible atentado, pues de esta manera podía
aparecer nuevamente como el gran adalid defensor de la unidad e integridad del Estado frente a los
nacionalistas radicales que desean destruirlo. Al mismo tiempo, podía justificar ante la ciudadanía que, a pesar de
haber favorecido la guerra contra Irak (con la manifiesta oposición popular), España no había sido un
objetivo terrorista de los radicales islámicos. Pero la realidad es terca y, cada día que pasa, las pistas policiales
descartan más la autoría etarra y confirman la de Al-Qaeda (o alguna de sus facciones).
La manipulación informativa fue manifiesta durante las 48 horas anteriores a las elecciones: con
llamadas personales del propio Aznar a los directores de los principales diarios españoles, con comparecencias
públicas permanentes de líderes del gobierno del PP insistiendo en la autoría etarra, y con la utilización de todos
los medios controlados por el propio gobierno (como los dos canales de Televisión Española, las cinco cadenas
de Radio Nacional de España y la Agencia Efe) y la aquiescencia de los medios afines, es decir el entramado
que ha sido bautizado como "Brunete mediática": canales televisivos como Antena 3, cadenas radiofónicas
como Cope y Onda Cero, y diarios líderes como
ABC, El Mundo y La
Razón.
Pero la reacción popular no se hizo esperar y (con la agitación deliberada o no de los partidos de la
oposición) se convocaron manifestaciones callejeras aparentemente espontáneas (merced a la utilización del
teléfono móvil) que culminaban ante las sedes nacional y regionales del PP, sobre todo en las grandes ciudades
como Madrid y Barcelona.
La manipulación del sistema mediático
A pesar de la gran resistencia por parte de los partidos en el gobierno (la UCD en 1982, el PSOE en 1996
y el PP en 2004) y de la intoxicación informativa para ocultar sus vergüenzas (que hicieron a través de los
medios propios o afines), la realidad ha demostrado que la marea del cambio ha sido imparable las tres ocasiones.
Y esto es debido a que la opinión pública, a pesar de múltiples manipulaciones mediáticas que han
intentado encubrir escándalos de diferente naturaleza, ha actuado con una razonable conciencia crítica y cívica, y
ha castigado cuando ha podido los abusos del poder.
En 1982, la UCD intentó desesperadamente evitar el cambio político mediante la utilización ilícita de
los medios de comunicación públicos (una entonces monopólica Televisión Española, las cadenas estatales
de radio, la Agencia Efe y los diarios que todavía quedaban en manos públicas), así como la complicidad de
los medios privados afines. Trece años más tarde, en 1996, el PSOE hizo lo propio, aunque ya no contaba con
un aparato mediático público tan potente a causa de las privatizaciones pero sí con el decidido apoyo de
un consorcio privado crecido a su sombra: el Grupo Prisa (diario
El País, Cadena SER, Canal +, etcétera). En
2004, la historia parece querer repetirse, aunque con otros actores y circunstancias, y el gobierno del PP ha vuelto
a manipular los medios públicos (de todos los españoles) y a contar con el apoyo incondicional de los
grupos mediáticos afines para intoxicar a la población con un interés partidista.
Sin embargo, los pueblos no son tontos y cuando advierten los engaños del poder (político,
económico, religioso, militar, mediático, etcétera) actúan en consecuencia y rechazan el abuso. Las audiencias no
son necesariamente pasivas y dóciles como quisieran quienes controlan los resortes del poder, sino que se
sublevan y reaccionan (aunque no siempre espontáneamente) con los mecanismos que tienen a su alcance,
utilizando los cauces democráticos que les permiten quitar a quienes han demostrado su desvergüenza, para poner en
su lugar a otras personas de las que se espera, entre otras cosas, "humildad", como acaba de afirmar el
candidato socialista ganador, Rodríguez Zapatero. Un ejemplo de democracia que el pueblo español acaba de dar al mundo.