Bernardo Barranco
¿Se imagina un canal abierto de televisión católico y muchas estaciones de radio protestantes?
La lucha por el rating de las almas y por las conversiones electrónicas será delirante. No es ninguna
broma, el gobierno federal ha expresado su deseo de transformar la Ley de Asuntos Religiosos y Culto Público
(LARCP), vigente desde 1992, abriendo la discusión sobre la posesión por parte de las asociaciones religiosas de
medios de comunicación electrónicos.
Tanto el secretario de Gobernación, Santiago Creel Miranda, como el subsecretario Javier
Moctezuma Barragán, mostraron disposición para revisar el asunto, durante un foro internacional sobre libertad
religiosa realizado el 17 de octubre. Moctezuma se expresó en favor de que las asociaciones religiosas puedan
poseer medios masivos de comunicación no impresos, modificar el artículo 16 de la LARCP que actualmente
prohíbe a las asociaciones religiosas adquirir, administrar o poseer medios; asimismo, el funcionario se pronunció
por derogar el artículo 21 de la misma ley que obliga a toda iglesia a contar con la autorización de
Gobernación para transmitir actos religiosos a través de la radio y la televisión.
En términos de derechos humanos y de libertad religiosa no hay vuelta de hoja. Toda asociación como
todo individuo tiene derecho a expresar sus creencias y poseer los medios necesarios para llevar a cabo su
misión. A pesar de que en algunos estados de la República vemos casos de transmisiones religiosas, sobre todo de
las iglesias evangélicas, y la existencia del canal católico vía cable, Claravisión, el impacto de éstos, en la
sociedad, es mínimo. Porque ni las iglesias están verdaderamente preparadas para las emisiones masivas ni tampoco
las audiencias.
La pérdida de centralidad de la identidad religiosa, la urbanización, la individualización y la
complejización de la vida cotidiana han llevado a las religiones más tradicionales a utilizar los medios más modernos. Para
la religión, el futuro del proselitismo de cualquier creencia se juega en los medios, no en el nivel de poseerlos
sino de saberlos usar. En el caso de Brasil, por ejemplo, existen siete canales de televisión y 300 estaciones de
radio destinados a difundir y promover la religión. Aquella iglesia que tenga mayores recursos mediáticos
tendrá mejores resultados; de hecho, los movimientos pentecostales y carismáticos van sumando los mayores
niveles de audiencia. En América Latina hay más de dos mil radios comunitarias enfocadas a esta labor.
Las "iglesias electrónicas", fenómeno cultural estadounidense en los años 70, fueron capaces de
modificar drásticamente el panorama religioso de esa nación, tan sólo Billy Baker logró posicionar a su iglesia en
los primeros planos tras una década de transmisiones dominicales, transformando hasta en 10% la
correlación religiosa.
¿Está realmente preparada la Iglesia católica, no sólo para poseer sino para emitir una programación
atractiva y sugerente? La respuesta definitiva es no. El propio episcopado reconoce que la estructura católica carece
de experiencia, recursos humanos y, sobre todo, de contenidos para emitir una programación lo
suficientemente interesante y moderna para lanzarse en una costosa aventura de corto plazo. La Iglesia católica tendría
que echar mano de los equipos y técnicos existentes en las televisoras existentes, corriendo los riesgos de
"teletonizar" formatos, o caer en los ramplones estilos de las coberturas que las empresas de televisión nos han
recetado durante las visitas del papa Juan Pablo II. En ambas se exalta la emoción y la irracionalidad como fórmulas
básicas que tienen límites inmediatos. Si usted no me cree, revise el estrepitoso fracaso inicial del canal católico
de España. En ese sentido las iglesias evangélicas y protestantes no sólo tienen una mayor experiencia, sobre
todo en radio, sino mayor capacidad interna para socializar experiencias además de recursos.
Finalmente, el gobierno carece de autoridad y de condiciones para realizar grandes cambios en
materia religiosa sin que éstos sean vistos bajo la lupa de la sospecha. Primero, porque fue una promesa de
campaña contenida en el famoso decálogo de Fox; segundo, porque el gabinete está plagado de funcionarios
con arrebatos clericales y hasta escondidas vocaciones episcopales como Carlos Abascal; tercero, hasta el
propio Presidente se ha empeñado en violar la ley de asociaciones religiosas al invadir constantemente el
ámbito religioso. El beso al anillo pontifical puso en crisis el Estado laico y sobre todo el clima de equidad religiosa
que el Estado debe guardar. Sin duda, tanto la decisión como la implementación no serán tareas sencillas, porque el peso de la historia y de los símbolos están cargados. Si no, preguntémosle al padre Amaro.