Javier Darío Restrepo
"Un día más con vida" es un relato escalofriante del cubrimiento que hizo Ryszard Kapuscinski de la guerra en Angola. Había seguido en detalle la lucha entre el Movimiento para la Liberación de Angola y el Frente Nacional de Liberación, FLNA y Unita, y había vivido los que él llama unos días de "tanto miedo que no me olvidaré de aquello en lo que me reste de vida". Se refería al recorrido de un escabroso trayecto que era un pasaje de la muerte. Los del Frente y de Unita tenían en la mira de sus fusiles y ametralladoras esa carretera recorrida por los del Movimiento. Un reportero que leyó el relato le preguntó a Ryszard Kapuscinski: "¿estuvo usted también en las posiciones de
Unita?". Y escuchó esta respuesta: "No, porque nadie me habría dejado pisar esas
posiciones".1
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Ryszard Kapuscinski / Foto: Julián Martín/EFE |
En los relatos de aquella guerra, Kapuscinski no había mencionado la otra fuente, tal como mandan los
textos, por eso al reportero lo inquietaba la pregunta: ¿se había sacrificado la objetividad en este caso? Una cosa es la
teoría de consultar todas las partes, fácil de enunciar y motivar en un texto sobre la objetividad, y otra la realidad. Por
eso Kapuscinski agregó después, recordando aquella conversación, "toda crónica de guerra está condenada a
contener cierta dosis de subjetividad".
Cuando uno recorre la abundante producción periodística de Kapuscinski el problema de la objetividad aparece como un objetivo real, no teórico, que el gran reportero persigue con los inciertos resultados de aquel pescador que describe Hemingway y que, cuando cree tener por fin en su anzuelo el gran pez soñado, amarrado al costado de su embarcación, contempla impotente cómo va desapareciendo dentellada a dentellada a medida que los tiburones se lo arrebatan. Con la objetividad no se puede contar con la seguridad de que se tiene o no se tiene. La objetividad se busca, como un medio, no como un fin, pero aun así nadie puede decir que tiene amarrado a su barca e intacto, el pez de la objetividad.
La objetividad hoy
El fin no es ser objetivo; más aún ser objetivo podría convertirse en un obstáculo. Kapuscinski
reflexionaba sobre el asunto en diálogo con el reportero mexicano Gilberto Meza en 1987:
"No creo en el periodismo que se llama a sí mismo impasible, tampoco en la objetividad, en su sentido formal.
El periodista no puede ser un testigo impasible, debe tener eso que en sicología se llama empatía. Algunos no se
sienten vinculados o comprometidos, o les parece que la del periodismo es una vida muy peligrosa. Por eso el llamado periodismo objetivo, desapasionado, no puede existir en situaciones de conflicto. Lo que quiero decir es que por tratar de ser objetivo, en realidad se desinforma".2 Es el momento de revisar, pues, la idea que durante mucho tiempo tuvimos de la objetividad como un ancla, que nos agarraba a la realidad a pesar de las aguas tormentosas de la subjetividad.
A Kapuscinski le preocupa más la desinformación en nombre de la objetividad que la pérdida de objetividad; al fin y al cabo uno es objetivo, no por ser objetivo, sino para informar. Ese gran propósito es el que Ryszard ve en peligro en este tiempo:
"Hoy al cronista que llega de hacer una cobertura, su jefe no le pregunta si la noticia que trae es verdadera,
sino si es interesante y si la puede vender". Y agrega Ryszard: "Es el reemplazo de una ética por otra. ése es el cambio más profundo que se está dando en el mundo de los
medios".3
Anterior a cualquier discusión sobre objetividad y subjetividad, está el hecho de la información exacta observado por Kapuscinski cuando al comparar sus datos sobre las masacres en Ruanda en 1994, con el relato construido por la televisión, comprobó, indignado, que "esa construcción ficticia fue la única que hubo y quedó. Como ésa, cada vez más historias virtuales ocupan el lugar del mundo real en nuestro imaginario".4
En un ensayo sobre el mundo que reflejan los medios, Kapuscinski les siguió la pista a esas informaciones virtuales. ¿Cómo se producen? Se preguntó. Y de nuevo encontró el perverso efecto del manejo de un medio de comunicación como si fuera una empresa cualquiera. "El reportero dice se ha convertido en un simple peón movido a través del mundo por su jefe, desde la redacción. El jefe dispone de informaciones facilitadas por muchas fuentes y puede tener una imagen de los acontecimientos muy distante de la del reportero que cubre el suceso. Pero el jefe no puede esperar a que el reportero termine su labor, por eso es el jefe el que informa al reportero sobre el desarrollo de los acontecimientos y lo único que espera de él es que confirme la imagen que él ya se ha hecho sobre los acontecimientos".5 El endemoniado ritmo de cadena industrial de producción que se le impone a la redacción, agrega Kapuscinski recordando sus propias experiencias, "deja a los periodistas muy poco tiempo para juntar la información; resolver las cosas en poco tiempo conduce a la superficialidad y la falsedad".6
De un recuerdo de Ruanda extrae otra observación: "Durante la matanza de 1994 noté que muchos periodistas de tan conectados con la redacción por teléfono y correo electrónico, no veían lo que pasaba en el lugar".7 Y de una conversación con un equipo de televisión de alguna cadena de Estados Unidos, recordó la desconcertante respuesta: "¿Qué pueden exigir de mí, si en una sola semana he filmado en cinco países de tres continentes?".8 En efecto, en dos días, el reportero de noticias industrializadas cree tener elementos suficientes para informar sobre un país, o sobre sus más graves problemas. éste es el contexto en que Kapuscinski destaca una forma de aproximación a la verdad en la que se debe dar el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo y que permite hacer frente a las presiones empresariales que pretenden convertir la noticia en mercancía y al periodista en cómplice activo de esa degradación y engaño. Según Kapuscinski todo esto cambia cuando el periodista se convierte en testigo.
Exclama al recordar sus despachos, crónicas y relatos sobre el nacimiento del Tercer Mundo: "A mí se me había otorgado la posibilidad de ser testigo y cronista de ese acontecimiento".9 Así, en ese orden: primero testigo y
después cronista.
¿Qué es un testigo? En 1994 se lo respondió a Magdalena Lebecka: "Es dar fe de lo visto; no se puede hacer
a distancia porque exigen nuestra participación. Hay que estar allí, es una regla básica".10
Tres años después le haría a Krzysztof Lek su descripción del relato objetivo: "La escritura más próxima a
la vida es la que relata determinados hechos tal como se han vivido en el momento de producirse".11
¿Pero basta estar ahí, como testigo de primera fila, para ser objetivo? ésta es una de las muchas preguntas posibles cuando se siguen la práctica y el pensamiento de Kapuscinski sobre la objetividad. El suyo, sin embargo, no es un pensamiento caprichoso o personal sino que trasluce el conflicto que a lo largo de la historia del pensamiento han lidiado los filósofos. Para entender el problema de la objetividad, tan vinculado al problema del conocimiento, hay que seguir las reflexiones de los filósofos.
Los filósofos
Cuando uno estudia filosofía escucha, con la misma sonriente incredulidad con que se oye a los locos, a Pirrón de Elis, quien 200 años antes de Cristo proclamaba en Atenas que no podemos conocer las cosas como son sino como apariencia. Y uno razonaba con un grueso sentido común que no es apariencia sino realidad esta mesa en la que escribo, este papel, este teclado y esta pantalla de computadora. Y así uno quedaba satisfecho con la apodíctica demostración de que Pirrón y sus seguidores de la escuela escéptica debían estar mal de la cabeza, en cambio subrayaba como una verdad de a puño la explicación dada en el siglo XII por Santo Tomás de Aquino y por los escolásticos, sobre la verdad de las cosas como la adecuación de la mente y el objeto del conocimiento. Hay verdad cuando la mente y el objeto calzan como el guante y la mano, el zapato y el pie, el tornillo y la tuerca. Sin embargo, 22 siglos después Pirrón de Elis, hay que decirlo con honestidad intelectual, se reivindica.
A lo largo de estos siglos los filósofos han acumulado razones para dudar sobre la capacidad del entendimiento para ir más allá de las apariencias. A fines del siglo XX Teodoro Adorno concluye que "la filosofía no sirve para otra cosa que para velar la realidad [] la idea de lo existente agrega quizás se haya desvanecido para siempre a los ojos humanos". Heidegger echa mano de dos comparaciones: la verdad, dice, es un relámpago. En otra parte cambia esta imagen visual por una auditiva: es el son del silencio. Para Walter Benjamin "la verdad pasa de puntillas", como temerosa de hacerse sentir. Y es inevitable recordar a Platón en el mito de la caverna, donde la verdad es una sombra proyectada sobre el fondo irregular de la caverna, confundida con otras sombras. Hannah Arendt respira satisfacción cuando encuentra en la metafísica de Aristóteles que pensamiento y vida se identifican y luego, que la actividad del entendimiento en busca de la verdad es un movimiento circular. No sigue esa dirección pretensiosa y rectilínea de la flecha que deja atrás, para no volver sobre ellas, las etapas recorridas, el del conocimiento es un movimiento circular porque el entendimiento siempre estará necesitando volver a los anteriores conocimientos para rectificarlos, renovarlos o complementarlos, así una y otra vez, porque nunca se puede tener una verdad definitiva, siempre nos movemos entre verdades provisionales.12
Sea como relámpago o eco del silencio, como sombra o apariencia que huye y desaparece en la penumbra,
la verdad aparece esquiva y apoderarse de ella es un intento tan vano como el de los niños que quisieran, cerrando
la mano, asir el humo, que es la expresión de Bergson.13
Periodistas y escritores quizá no se lo formulan así, pero es evidente que enfrentan la precariedad del conocimiento cuando apelan a la metáfora como a un instrumento indispensable. Leo en un manual para editores, que una de las preguntas que deben hacerse en la conversación con el reportero que da cuenta de su trabajo, es: ¿a quién o a qué se parecía el hecho, o la persona centrales en la noticia? ¿El sonido antes del terremoto, parecía un rugido? ¿El personaje tenía la apariencia de un espantapájaros, o de una estatua? ¿A qué se parecían? Es la búsqueda de la metáfora, ese recurso que permite dar expresión a lo invisible, a lo que queda haciendo falta cuando uno ha descrito lo que ha visto. Arendt llama a la metáfora un regalo que la palabra le ha hecho a la filosofía y lo confirma citando a Kant cuando dice que el pensamiento metafórico es el que salva al pensamiento especulativo de su irrealidad.14 La metáfora tiende un puente entre las actividades mentales interiores y el mundo de las apariencias, concluye la filósofa. Cuando el periodista utiliza la metáfora establece un intercambio entre lo que es sensible y lo que no es sensible. Tenía una figura de espantapájaros, es la imagen puente para describir el descuido y menosprecio del personaje por las apariencias; o su permanente estado de alerta. El texto con metáforas notifica que la palabra no lo es todo. Que el conocimiento siempre se queda corto. Que no hay que creer lo que dicen los ojos y los oídos porque vivimos en un mundo de apariencias. La apariencia no es lo real; siempre es inferior a lo real aunque uno lo describa con palabras y con los datos que dan los sentidos. El reportero que hasta el último minuto insiste en cambiar las palabras de su historia porque encuentra que ninguna refleja con fidelidad lo que él percibió, es alguien que está padeciendo y atestiguando las limitaciones de los sentidos y las palabras, descritas como sonidos significantes que se parecen a los
pensamientos,15 pero no son los pensamientos. Las palabras apenas si logran convertir en una apariencia los pensamientos, los sentimientos o los recuerdos, pero son insuficientes para transmitir la realidad. Hay, pues, un déficit de realidad en todos los intentos de periodistas y escritores para transmitir lo que sucede. Pero no es sólo la incapacidad de las palabras lo que hace un imposible la objetividad, o sea la correspondencia entre el conocimiento y las realidades.