No. La privacidad es un derecho
Gastón García Miranda
Entre los derechos universales que la humanidad ha creado para garantizar el entendimiento entre pueblos
y personas figura el del respeto a la vida privada. En México es un derecho constitucional que debemos preservar
con celo y defender.
Los personajes públicos están expuestos a diario a ver violentada esa intimidad, desde el momento cuando
la sociedad demanda conocerla, ya por morbo, ya con fines de lucro o incluso con fines de investigación
periodística o literaria para el caso de un biógrafo. Aunque es preciso distinguir entre la invasión forzada a la privacidad
y aquella que se da con la autorización del personaje de que se trate. Existen personajes que al ver expuestas sus
cuotas de fama o popularidad apuestan al escándalo para volver a la palestra. Pero existe un tercer aspecto no
menos importante: la intervención en la vida privada con propósitos de investigación para denunciar hechos anómalos.
No es lo mismo que el presidente Vicente Fox revele en una entrevista lo que le agrada en el desayuno, que
publicar conjeturas sobre las razones de su soltería. Y es que no está debidamente delimitada la frontera entre la
libertad de expresión y el respeto a la privacidad de los personajes públicos, lo que ha relajado el criterio de quienes
tienen en sus manos los medios de comunicación para publicar cualquier acontecimiento susceptible de venderse.
En nuestro país se viola la intimidad de los personajes públicos, sin que los afectados tengan a su alcance
los recursos legales necesarios para evitarlo. No obstante, la Carta Magna establece como límites de la libertad
de imprenta el respeto a la vida privada, a la moral y la paz pública. La Constitución establece además que ninguna autoridad puede molestar a nadie en su persona o en su familia, salvo por un ordenamiento judicial escrito;
por analogía es congruente deducir que si una autoridad está impedida a violar esa privacidad, con mayor razón
un particular.
Pero la feroz competencia entre los medios constituye un caldo de cultivo para la anarquía y la falta de
respeto hacia las personas. Un claro ejemplo son los programas dedicados a revelar cuanto hacen los artistas, como
ocurre con los programas televisivos Ventaneando
o Trapitos al sol.
La falta de una política interna de información en las empresas de comunicación ha creado un escudo
de impunidad detrás del cual se protegen quienes atentan contra ese principio del derecho internacional.
Otra justificación de quienes gustan de invadir los espacios de la privacidad suele darse en el hecho de que
los datos revelados ayuden a evitar la consumación de un delito, como sería el caso de la intervención de la
llamada de los hermanos Adriana y Raúl Salinas, sin la cual la maquinaria legal en su defensa estaría más cerca de
su exoneración por el delito de enriquecimiento ilícito.
Sin embargo, se trata de un arma de doble filo, pues de no contarse con las pruebas de lo que se deja
consignado, la acusación se vuelve contra el comunicador. Ahí está el caso de Isabel Arvide, quien fue demandada por
difamación en contra del matrimonio López Portillo-Montenegro. O aquel otro de la amante de José Córdoba Montoya,
Marcela Bodenstedt, a quien se acusó de tener nexos con el narcotráfico, pero nunca le pudieron comprobar nada.
Con toda seguridad, Ricardo Miguel Cavallo estaría buscando hacer nuevos negocios en México de no haber
sido indagada su vida privada. En este sentido, el periodismo tiene un compromiso con la sociedad. El periodismo se
está consolidando como un poder alterno en los momentos en que se erige como protagonista dentro de la escena
social, convirtiendo en noticia a los propios medios y sus hacedores. Esta relevancia debería traducirse no en el abuso
sino en el uso responsable de los medios.