Ignacio Rodríguez Reyna
Uno de los avances tecnológicos más importantes en la vida cotidiana es la aparición del control remoto
de la televisión. Las dos últimas generaciones de la humanidad se han educado con él, han hecho uso
exhaustivo de sus bondades, se han convertido en maestros del
zapping. Es hora de sacar ventaja de ello.
Y hoy es el momento, justo cuando las dos televisoras más importantes del país Televisa y TV Azteca
han comenzado a actuar por encima de las instituciones de esta endeble democracia mexicana: a juzgar, a
condenar, a linchar, cuando nadie les ha pedido que sustituyan a los jueces.
Lo que pretenden es peor: colocarse como las piezas que reemplacen las débiles instituciones de justicia.
Lo que desean es que personajes de la pantalla, como
Brozo y Joaquín López-Dóriga, ocupen en los hechos
la jefatura del nuevo tribunal de la inquisición popular.
Los escándalos de los videos ejemplifican este nuevo papel que ellas, protagonistas y copartícipes de
abusos de poder y tropelías de todo tipo, se han pretendido asignar.Ahora resulta que su gran poder de
penetración las ha investido de la noche a la mañana con la gracia divina de convertirse en jueces absolutos.
Nadie busca despojar a los medios de una de sus principales obligaciones: vigilar, obsesivamente, las
acciones de quienes ocupan el gobierno. Por el contrario, hay que aumentar los esfuerzos para mostrar los abusos,
los excesos, la corrupción, las injusticias que se cometen al amparo del poder. Pero ésa es una cosa y otra que
las televisoras en los últimos acontecimientos destacadamente Televisa quieran sustituir de la noche a la
mañana las funciones de los tribunales y los jueces. Nadie le ha pedido al conductor caracterizado como
Brozo Víctor Trujillo debe ser una persona respetable, creo que insulte, que jalonee, que pendejee a René Bejarano.
¿Quién le dio la representación de la sociedad para actuar en nombre de los mexicanos?
Dejo de lado, por grotesca, la gandallada, la trampa tendida a Bejarano para conducirlo al matadero de
la transmisión en vivo del video en que éste aparece, obscenamente también, metiéndose fajos de billetes en
el saco. ¿Quién la he dicho a
Brozo una caricatura de sí mismo en comparación con el personaje que era
hace unos cuantos años que tiene el poder para gritonear, calificar y convertirse en el juez moral de un
gobernador tan poco defendible como José Murat? Una impunidad se corresponde con otra.
Habría que preguntarle también a Joaquín López-Dóriga periodista que ha mostrado en otros tiempos
que puede ser un profesional por qué se atreve a desafiar, como macho de barrio con una navaja escondida
en la mano, de una manera tan soez a un funcionario capitalino como Martí Batres que sólo pide que junto
con los hechos de la corrupción de Bejarano & Cía. se investigue el origen de los videos. A él también habría
que preguntarle si le parece que su argucia periodística de propiciar confrontaciones en vivo, sin aviso previo y
con alevosía, de todo tipo de personajes de la política le parece una herramienta válida e incuestionable.
Las televisoras y sus conductores no pueden erigirse en el máximo tribunal de la limpieza. No tienen con
qué. Les sobra oscuridad y les falta transparencia. No pueden hacerlo. No pueden, entre otras cosas, porque
ellas son responsables y beneficiarias de las prácticas enloquecidas de querer ganar la democracia a golpe de
millones de pesos y de cientos de spots. No tienen estatura moral porque ellas se han embolsado cientos, y quizá miles, de millones de pesos que pertenecen a la sociedad con las prerrogativas públicas se paga una buena parte
de la publicidad política que transmiten por sus canales.
Por eso, porque son como el cerdito que grita "ahí viene el lobo" y al mismo tiempo le abre la puerta de
atrás, por eso hay que ejercer el poder del control remoto: apretar el botón de
mute y callarles.
Hoy existe una forma de hacerlo: cancelar por ley la transmisión de toda propaganda política en televisión. Pero esa es otra historia.