Virgilio Caballero
Quizá no debiéramos quejarnos tanto de las horas que vivimos. Están tan cargadas de interrogantes,
nuevas para las dos generaciones que deciden, la última de la revolución mexicana, y la que impugnó a esa
revolución y sus miserias sociales en el 68, que será sin duda memorable lo que el futuro inmediato y el de mediano
plazo nos deparan según las respuestas que conjuntamente esas generaciones vienen construyendo. Para ellas
es asunto vital, sin la menor duda, el uso manipulador de los medios, la televisión y la radio en particular.
(Pertenece al anecdotario antediluviano la respuesta del presidente Adolfo Ruiz Cortines a su secretario
de Hacienda cuando le comunica al final del sexenio, por supuesto la inminente devaluación del peso, y
le pregunta si debe difundirlo. Le dice: sí, publíquelo en
El Nacional porque el Presidente recomienda que
nadie se entere de la devaluación.)
Es asunto común, por fortuna para el debate, preguntarse y discutir si los videos inculpadores de los
funcio narios y los líderes expuestos ante sí mismos debieron o no ser transmitidos. La respuesta radical es sí.
La percepción general es que algo hay de democrático en el régimen en que vivimos y que desde luego es
sano mirar y conocer de cerca los modos y los mecanismos precisos con que han hollado la dignidad ciudadana
desde siempre los políticos que gobiernan y los que parece que no gobiernan.
Nada parece separarlos. Tampoco se ve el hilo a veces finísimo que separa lo público de lo privado. Los
medios para alcanzar lo que se busca (siempre el poder) nunca tuvieron límite en esta nación; la normatividad
constitucional es sólo una referencia. El límite hoy es que los minutos de fama que te tocan, alguien los decida
por ti mostrándote exacto como eres.
El líder del parlamento de la ciudad más grande y numerosa del mundo fue literalmente citado a acudir
de inmediato, de un minuto a otro, de un estudio televisivo a otro, sin que mediara la menor consideración
de formas, sino como un mandato imperativo e irrecusable, a lo que él no sabía que era su banquillo de
los acusados. El conductor del noticiero del Día del Juicio Total no sugirió, ni de lejos, que el acusado (ya se
habían presentado las evidencias de su corrupción) pudiera resistirse al Mandamiento de comparecer ante el
tribunal que la televisión ha erigido para castigar a los corruptos.
Alguna vez habrá que rescatar para el acervo de Chaplin aquellos minutos memorables. No hay nada
que hacer ante el Destino. El diputado y líder de diputados agacha suavemente la cabeza cuando le mienta la
madre y le dice que no lo pendejée el juez que en ese rating lleva su causa. El diputado apenas alcanza a
sugerir, acongojado, que respeta la inteligencia con la que se le juzga y condena, que en ese instante (piensa,
quizá), cualquier pinche mandamiento constitucional le vale madres-y-que-renuncia-en-ese-momento (¡ante el
conductor y su público!) al mandato constitucional que lo hizo representante del pueblo.
Todo está consumado, agregan
¿Quién responde mientras tanto a interrogantes fundamentales acerca de lo que significan, agregan,
suponen y juegan como vida propia los medios de comunicación, en particular los electrónicos?
Hay formas de escribir, investigar, publicar, responder, que se corresponden con el ámbito social en el
que los periodistas cumplimos con lo que creemos es nuestro deber. Es un ámbito inmensamente subjetivo,
arbitrario, atrabiliario con frecuencia. Esa aparente anarquía, la solemnidad y los desaguisados con los que se la
vive y se le muere enriquecen la libertad de expresión y dan vida y agonía a los temas y sus personajes. Hoy son
piel y carne de lo que la gente quiere conocer en todas partes.
Son también el principio y el fin de una interpretación equivocada del mundo que se transmite como
plaga invencida al cuerpo miserabilizado de la sociedad.
La Constitución
En sus dos primeras líneas el artículo 13 de la Constitución dice que "nadie puede ser juzgado por
leyes privativas o tribunales especiales...".
¿Quién eligió, con fundamento en qué leyes al tribunal de la televisión? Quizá habría que hallar
respuesta en la corrupción, otra vez, pero sobre todo en la complicidad absoluta, consanguínea, entre el poder
monopólico de la política, de siete décadas (en realidad, si se revisa el porfirismo en serio, mucho más), y el
ámbito discrecional absoluto, también monopólico de la televisión.
Estos años y sus días trajeron la realidad brutal de la decadencia de las instituciones, todas apenas
semioperantes, en el mejor de los casos. Congreso de caciques, Poder Judicial ultrasecreto, Ejecutivo virtual. Gobiernan los
40 políticos que hoy controlan el sistema de partidos, hacia donde por obra y gracia de nuestra democracia
se trasladó todo el poder. Una burbuja de 40 personajes que deciden los negocios propios: en primer lugar,
las negociaciones y resultados de todos los puestos políticos de la República; la composición del Congreso,
la repartición arbitraria del poder...
En ese contexto de infamia generalizada los empresarios de la televisión confirman y llevan más adelante
el poder que argumentan que la sociedad les entrega sin decir jamás cómo ni dónde.
Hasta donde hoy nos ubica el inmedible daño que la corrupción en el gobierno de la ciudad de México y
en el Partido de la Revolución Democrática les han causado a sus seguidores y al impulso que la sociedad
mexicana llevaba para transformarse a sí misma, es previsible que la dictadura de los inmensos intereses de los
poderes que hoy se entrecruzan: los de todas las cúpulas, incluidas las de la Iglesia católica y el narcotráfico,
coincidan pronto en una conciliación que ponga a salvo los intereses de todos.
Mi previsión es que todos ellos encontrarán la fórmula de que prevalezcan algunos rasgos formales de
la nación como sombra benefactora que auspicie la negociación para que México prospere.
Los periodistas
Aquí me sumo a los compañeros que a veces por instantes deciden los temas de la discusión nacional, el operar de los corruptos, nuestra miseria. Las amenazas contra ellos nos tocan a todos Si el poder busca repartirlas, ¡hágalo! Hoy en día no estamos solos.
Carlos, Joaquín, Brozo el brazo hermano.