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Emilio Fernández Cicco  El enemigo número 1


 Michael Moore, entre el amor y el odio


 Emilio Fernández Cicco




Es gordo. Es feo. No se ríe casi nunca y cuando se ríe es aún peor. Los pantalones, el suéter y la gorra le cuelgan con tan poca gracia que por momentos da la impresión de que le hubiesen regado desde un balcón con caldo de sopa. Por esa y por otras razones más irritantes, jamás verá al documentalista Michael Moore, ganador del Oscar con su vigorosa Bowling for Columbine, desfilando en una pasarela. O posando cerca de Salma Hayek. O diciendo cosas con suave diplomacia, cosas que le caigan bien a todo el mundo ­cuando recibió el Oscar, maldijo a Bush, rió una risa deshilachada de roedor acosado, y se convirtió en el personaje más amado y odiado del momento­.

De cualquier modo, estos son asuntos que a Moore lo tienen sin cuidado. Para él, la vida en las calles, en el trabajo, en el Congreso, se vuelve día a día más brutal, la realidad más desahuciante, y el futuro aún más horrible, más negro, más fangoso con decenas de miles de trabajadores de nalgas en la calle, chicos que respiran violencia y madres estupefactas. Y estos sí son asuntos que a él lo tienen preocupado, con el ceño más fruncido, con la campera más raída. "A medida que envejezco ­reconoció Moore al respecto­ voy enojándome más. Pienso: 'Hey, esperen un minuto. La vida avanza y no veo los cambios que esperaba que ocurriesen'. Y cuanto más intenso es el enojo, más intenso es mi humor. Todos los grandes comediantes, desde Richard Pryor a Chris Rock, desde Groucho Marx a Charles Chaplin, eran gente enojada. ¡Gracias a Dios! Porque las grandes críticas sociales a través del humor nacían de esto".

Si la verdad tuviera un rostro y una silueta, y uno empleara a Moore como dibujante para confeccionar su identikit, seguramente la dibujaría monstruosa. Cuando tituló su documental en serie sobre la otra cara de Norteamérica, lo llamó The awful truth ­La terrible verdad­. Y ponía el dedo en lugares en carne viva. La serie fue nominada a los premios Emmy ­para ellos, según parece, el dibujo de Moore no estaría tan errado­.

Michael Moore
Además de la tira, el hombre gordo, feo y provocador puso la firma en un noticiero satírico, TV Nation (cadena NBC, 1994), donde llegó a retar con un altavoz a los gerentes de una compañía para que hicieran lo mismo que sus empleados. Así le fue ­más tarde contaría la trastienda en su libro Adventures in a TV Nation­. Un año después, concibió un largometraje de ficción, Canadian Bacon, que costó diez millones de dólares. Fue bastante provocador ­narraba un conflicto inventado con Canadá para distraer la atención sobre los verdaderos problemas internos, una idea que le vino durante la Guerra del Golfo, imaginen los motivos­, pero tuvo poco éxito. De cualquier forma, Moore estaba entusiasmado con los resultados y con el mensaje de su película: "Nosotros, los estadounidenses, aceptamos todo lo que el gobierno nos cuenta. Si dice: 'Vayan a la guerra', vamos a la guerra. Incluso, contra un país que desconocemos completamente".

En 1989, dio un tarascón a General Motors, en Roger & me, la historia de cómo la compañía devastó al pueblo de Flint, en Michigan, la ciudad natal de Moore. Tuvo tal éxito que en 1992 regresó al lugar y filmó un epílogo de 22 minutos con las consecuencias del filme ­escasas, una pena: sólo más devastación y más desempleo­.

En 1998, dio un nuevo mordisco pero a la compañía Nike en The big one, un documental donde, entre otras cosas, acusaba a la empresa de emplear en sus fábricas en Indonesia a menores de edad. Dolió: poco tiempo más tarde, el CEO de la compañía prohibió contratar a trabajadores con menos de 18 años.

Poco a poco, el hombre ganaba popularidad y respeto. Era molesto para un puñado de empresas pero el resto se divertía y tomaba conciencia con sus películas de cómo alguna gente de poder les estaba tomando el pelo ­y en cierta medida, les tomaba sus vidas­. Hasta que un año atrás cambió todo de un golpe y para siempre.

Bowling for Columbine, basado en una masacre estudiantil por parte de dos chiflados, que sirve de eje para develar la naturaleza violenta de los estadounidenses, se convirtió en uno de los documentales más vistos de la historia ­en México casi 100 mil espectadores­, y cortó a Estados Unidos al medio. Doscientas horas de filmación a lo largo de tres años, que culminaron en dos horas de película, tajantes, provocadoras, vertiginosas. Un trabajo que, en principio, buscaba mostrar los contrastes con Canadá, una sociedad que, suponía Moore, estaba prácticamente desarmada. Pero la realidad era otra: "Yo tenía esta idea: 'Hey, vayamos a Canadá y mostremos qué pocas armas tienen y cómo eso lleva a que tengan menos crímenes'. Y llegamos y nos encontramos que había un montón de armas. Bueno, ok. Me gusta eso. Me gusta que mis pensamientos me traicionen y encontrar que estuve equivocado. Y pensaba que, si permitía al espectador ingresar en ese mismo viaje, estarían tan sorprendidos como yo. Es lo opuesto a aquellos que hacen un documental de acuerdo con un guión. De ese modo, lo único que hacen, es tratar de que el contenido se ajuste al guión, la idea, la tesis. Pero no creo que sea lo mejor. Tus pies no deben pisar sobre cemento. Uno debe estar abierto a cualquier cosa que pase e ir en ese sentido".

Luego de Bowling for Columbine, la gente dejó de observar al cineasta como a un gordito divertido y tomó partido en el asunto. De un lado, se ubicaron los que consideran a Moore un nuevo abanderado del periodismo comprometido. El primero que supo comprender la voracidad oculta del sistema económico. El único hombre que se atrevió a oponerse al mercado de las armas ­en Estados Unidos, 90% está en manos de gente blanca en barrios seguros­. El único que detectó que el miedo puede ser el peor enemigo de una sociedad y, además, la clave para la más brutal manipulación política.

Los que lo apoyan afirman, incluso, que cuando Moore dio su discurso anti Bush en la entrega de los premios de la Academia, la CNN habría potenciado digitalmente la intesidad de abucheos para denostarlo, mientras que la cadena ABC los mantuvo, dicen, tan bajos como fueron.

Del otro lado, se ubicaron los que tratan al cineasta de farsante, cretino y feo. Existe un sitio en la red dedicado exclusivamente a juntar firmas para que el hombre devuelva el Oscar ­aseguran que el filme altera las estadísticas y está tan editado que saca cosas de contexto, lo cual lo convertiría en una lisa y llana ficción­. Hasta hoy, reunieron a mil 617 adherentes. No son los únicos. Estadounidenses enojadísimos iniciaron una producción cinematográfica basada en facetas ocultas en la vida del cineasta ­bueno, así dicen­, que piensan estrenar el año próximo, el mismo día en que Moore lance su próxima película, Fahrenheit 911 con inesperadas revelaciones sobre los intereses de Bush en Medio Oriente. Para reunir fondos, solicitan donaciones en un sitio en Internet (www-michaelmoorehatesamerica.com) y amenazan con difundir un avance de un momento a otro. A quienes colaboran con una cifra considerable, les ofrecen tomar las riendas de la página durante cinco días y golpear por escrito a Moore a indiscreción, como si fuera un monigote de feria.

"No sé si uno puede llamar a Bowling for Columbine un documental", reconoció él. "Es un filme de no ficción. De verdad, no hay nada creado. Todo lo que ves es real. De verdad ocurrió y está filmado tal como ocurrió. Pero no me gusta la palabra documental", titubeó Moore. "Tiene una mala connotación y además no sé lo que significa. Para ser directos: sólo quise hacer una película que me gustaría ir a ver al cine un viernes a la noche. Cuando hago un filme, no lo hago por cuestiones puramente políticas. Si quisiera hacer sólo eso, me candidatearía para algún cargo".

En septiembre de 2001, cuando dos aviones se estrellaron en las Torres Gemelas y las derrumbaron como si fueran cajas de cartón, las librerías aguardaban la llegada de 50 mil ejemplares del nuevo libro de Moore: Estúpidos hombres blancos, donde hablaba pestes de Bush, pestes de la violencia del estadounidense modelo y pestes, en fin, de todo aquello que oliera a gato encerrado y armado.

Estados Unidos se había teñido de un recargado fervor patriótico y Moore, en ese contexto con un discurso pacifista y solidario, podría haber acabado con sus nalgas, sentado en la corona de la Estatua de la Libertad. La editorial entró en pánico, pidió disculpas a las librerías y guardó uno por uno los ejemplares bajo siete llaves en un depósito y le solicitó al cineasta que le bajara los decibeles. "¡Querían que me censurara a mí mismo y luego que pagara por el derecho de censurarme! No iba a hacerlo, claro". Pero nada de eso ocurrió. Al contrario, tras una conferencia del cineasta donde revelaba el asunto y parte del contenido del libro, los libreros presionaron para que saliera a la venta. Y así fue: el texto, finalmente editado en febrero de 2002, lleva tres millones de copias vendidas y se ha traducido a 24 idiomas. La respuesta que Moore temía podía llevarlo ya saben adónde, terminó dándole un respaldo extra. "Esto se debe a que la mayoría de los estadounidenses coinciden conmigo, ven que la economía se ha ido a la basura y no votaron por George W. La gente ahora se da cuenta que uno puede cuestionar al gobierno y aun seguir con atención el destino de nuestros soldados".

El 7 de octubre salió su nuevo libro, Dude, where's my country? ­algo así como "Viejo, ¿dónde está mí país?"­, donde llama al presidente Bush: George de Arabia y Jesús W. Cristo. La investigación lleva el mismo espíritu que su próxima película, Fahrenheit 911, producida por la compañía de Mel Gibson ­extraño, ¿no?: Gibson es republicano, pero, según dicen, pudieron más los 40 millones de dólares que recaudó Moore con Bowling for Columbine para decidirse, que su corazón conservador­.

Hace poco, el cineasta dio un reportaje en la revista Variety donde anticipó a grandes rasgos su futuro documental. "La película contará qué ocurrió con el país desde el 11 de septiembre y cómo el gobierno de Bush usó la tragedia para lograr sus propios intereses", explicaba. "En esencia, tratará sobre los vínculos entre Bush y Bin Laden".

Moore lleva un año de pesquisas y Gibson desembolsó de su cuenta diez millones de dólares para que el hombre no reparara en gastos. Quieren llegar con Fahrenheit completa para el Festival de Cannes del 2004. Será poco antes de las elecciones presidenciales de noviembre. Moore no es ningún tonto para elegir las fechas.


Emilio Fernández Cicco es redactor especial de Revista Noticias (Argentina). Autor de las biografías El secreto de Cortázar y Rodrigo superstar.
Correo: Efernandezcicco@perfil.com.ar

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