Carlos Puig
Cualquier profesión que se respete tiene normas aceptadas universalmente. Un cirujano, por el hecho
de serlo, sabe que debe lavarse las manos antes de entrar a un quirófano. Un ingeniero sabe que se
necesitan cierto número de columnas y muros de carga para soportar un techo. Un delantero centro sabe que
será sancionado si no hay, entre él y la portería, al menos dos contrarios en el momento que le dan un pase.
Cualquier periodista en buena parte del mundo sabe que no puede publicar información que no haya
pasado por un mínimo proceso de verificación. Sabe también que debe ser lo más transparente posible respecto de
sus métodos de reporteo y fuentes de información. Las técnicas para hacer todo esto se enseñan en las
escuelas de periodismo. Como en las de medicina los alumnos aprenden a lavarse las manos.
Por razones históricas, políticas y económicas, esto no sucede en el periodismo mexicano.
Desde hace diez años, cuando las intervenciones gubernamentales y los subsidios escondidos y
abiertos comenzaron a desvanecerse, la explosión de una nueva libertad no dio como resultado un mejor
periodismo, más útil a la sociedad en nuevos tiempos de incipiente democracia.
En la prensa escrita, el género rey del periodismo mexicano es el columnismo. Ese espacio gris
donde cualquiera que escriba en un periódico se cree periodista. En los medios electrónicos la tendencia ha sido a
crear figuras. Protagonistas que están muy por encima de la información. Si lo dice López-Dóriga debe ser cierto,
no importa lo que diga. En el colmo, el nuevo noticiero de Canal 52 lleva el nombre de sus conductores. Lo
que importa son ellos, no la información. En el colmo está
Brozo, payaso metido a informador que destapó el
mayor de los escándalos políticos de la temporada.
El ejemplo de Brozo es ilustrativo. Imaginemos qué dicen en España, Francia o Estados Unidos cuando en
la televisión ven que nuestro líder de opinión, el mexicano que informa es un cómico de pelos verdes y nariz
roja que grita a sus entrevistados: "¡No me pendejees!". La verdad, los que nos decimos periodistas
deberíamos estar un tanto ruborizados. Si
Brozo existe es porque llenó un hueco que otros no supieron ocupar.
Como avergonzados deberían estar los políticos que lo eligen como su comunicador de cabecera.
Una pista de cómo llegamos a esto, estoy convencido, es la falta de normas consensuadas socialmente
de cómo deben actuar los periodistas. Nuestro presente es parte de una tradición híbrida que no ha llegado
a madurar en un modelo propio y al que se le ha impuesto la necesidad del rating.
Me explico. Por años, en México han convivido periódicos fundados en la tradición estadounidense de
la "objetividad", la separación del periodista de los intereses gubernamentales o partidistas; el periodista
cuya única responsabilidad es hacia los lectores y la información. A su lado han existido periódicos de
tradición europea, sobre todo francesa, ligados a causas e ideologías, en los que se valora la información de
acuerdo con causas superiores: el país, la democracia, los pobres, el capital.
En medio de ese lío, llegó la ola mundial que juntó al periodismo con el entretenimiento
(infotainment, le llaman los gringos) y nos puso, en los medios electrónicos, divos en lugar de informadores. Pontificadores
en lugar de periodistas.
Joaquín López-Dóriga se ofendió cuando Martí Batres le insinuó que la sociedad necesitaba saber quién
había filtrado los videos del escándalo. La verdad es que en cualquier país civilizado, normas periodísticas
básicas obligan al informador a revelar, tanto como pueda, sin traicionar la confianza de una fuente anónima, de
qué lado de la disputa política viene una información. Es un servicio a la audiencia y una protección al
periodista para no ser manipulado por quien le da datos.
En los días posteriores al escándalo, la columnista Marcela Gómez Zalce afirmó con la contundencia que
la caracteriza que Carlos Ahumada tenía una relación con el ex montonero José Manuel Abal Medina. Abal
le llamó, le comprobó que no era cierto. Gómez Zalce dijo que "le fallaron sus fuentes". Se acabó la
historia. ¿Cuántas veces le han fallado sus fuentes, nunca reveladas, a cuántos columnistas? ¿Cuántas mentiras
se publican a diario en las decenas de columnas que se leen cotidianamente?
Para ninguno de estos comportamientos, sin embargo, hay sanción social. Al contrario, porque el
escándalo da rating, se venden más periódicos, parece que esa es la ruta.
Me hace pensar en la manera en que los automovilistas se detienen, casi como acto reflejo, a ver los
cuerpos tendidos en el asfalto en un accidente carretero. Puro morbo.
Pero la verdad es que, aunque pasaron por los noticieros y los diarios, los videoescándalos tuvieron poco
que ver con el periodismo. Con ese oficio que recopila, investiga, analiza, jerarquiza y narra los hechos de la
vida pública.
Los medios fueron utilizados a placer por la clase política para dirimir sus diferendos. Engolosinados por
las ventas y el rating, nunca se detuvieron a pensar. A utilizar las herramientas básicas del oficio para
poner distancia de los hechos. Nunca pensaron en la audiencia ni en los lectores, más que como consumidores
de anuncios vendidos a millones el minuto.
Por unas semanas, ya lo he dicho, fue como si Pepillo Origel y la Chapoy estuvieran a cargo de todas
las redacciones.
Siempre parece tarde, pero nunca lo es. Es momento de retomar las normas fundamentales de nuestro
oficio e instaurarlas en las nuevas generaciones de periodistas. Enseñar que nuestro quehacer es,
fundamentalmente, un ejercicio de verificación. Llegar como colegio de profesionales a consensos públicos básicos que nos
permitan a todos, periodistas y ciudadanos, saber quién lo hace mal y quién lo hace bien. Debemos poder
distinguir y sancionar al médico que no se lava los manos, al ingeniero que no sabe calcular un edificio.
Tucídides escribió hace más de dos mil años en su introducción a su historia de
Las guerras del Peloponeso:
"Y en lo que concierne a los avatares del conflicto, me he creído en el deber moral de historiarlos
no apoyándome en el testimonio de cualquier informador, o como yo me los imaginaba; declaraciones de
terceros, minuciosamente controladas por una rigurosa crítica. Investigación laboriosa, porque los testigos oculares
de los acontecimientos no coincidían en sus referencias, sino que cada cual hablaba conforme a su partidismo
o a su grado de memoria."
Lo que ya sabía el griego, debemos aplicarlo hoy. Sólo así (citando a Kovach y Rosensteil en su
Elements of Journalism) podremos distinguir entre la información periodística y el rumor, el chisme, la memoria que
falla y las agendas políticas que intentan manipularnos. Sólo aplicando las técnicas propias de nuestro oficio, nos distinguiremos de los payasos de pelos verdes,
La Oreja, Ventaneando o TV Notas. Ellos, qué vergüenza, también se dicen periodistas, y nadie les dice nada.