Quizá después del
boom se sintió más responsabilidad en esa búsqueda de identidad...
Sí, claro, porque el
boom se vio como un gran fenómeno continental. Hoy lo que nosotros estamos enfrentando
en este comienzo del siglo XXI es una gran crisis de identidad, más que nunca. Qué es el continente, cuáles son
sus corrientes principales de pensamiento, sobrevivieron o no sobrevivieron a la vuelta del siglo. Entonces, quizá
esas voces ecuménicas ya no existan tanto, porque se trata de abarcarlo todo. Las preocupaciones de los escritores,
al tratar de definir su propio pensamiento, pueden ser más particulares. Ahora hay quienes defienden sólo el
liberalismo a ultranza, como en el caso de Vargas Llosa; otros se encargan del medio ambiente, otros contra la
globalización, vista como un fenómeno importante e inexplicable. Hay una mayor especialización en las preocupaciones
del intelectual latinoamericano, pero tiene que ver con que el intelectual siempre tiene una necesidad de
pronunciarse. Eso no existe en Estados Unidos, salvo en el caso de Susan Sontag, que siempre estaba pronta para decir con
valentía lo que pensaba.
Hablemos de los medios de comunicación. ¿Cree que uno de los mayores desafíos que éstos enfrentan en
la actualidad es cómo fortalecer la credibilidad de su información?
Sin ninguna duda. Y la credibilidad se basa en la independencia. Nadie ve ahora canales oficiales ni lee
periódicos de partido, porque además, siempre son previsibles. Un diario que le haga propaganda a un gobierno, cualquiera
que sea, cerraría pronto por falta de lectores. La gente espera siempre una conducta crítica y valiente.
Entonces otro de los desafíos es el de mostrarse independientes respecto de los gobiernos, los
monopolios mediáticos y los anunciantes.
Parece más difícil ser independiente frente a los anunciantes que frente a los gobiernos, porque el plano es
más sutil. Los gobiernos amenazan con cierres, y los anunciantes con cortar la propaganda, pero eso se hace de
manera menos obvia. Pero la otra cara de la independencia es el respeto. Un medio que se gana el respeto por su calidad y
su objetividad será menos vulnerable. Con los monopolios mediáticos la indefensión es aún mayor. Las grandes
cadenas televisivas globales se jactan de su seriedad e independencia, de ese balance de objetividad que es la insignia de
la prensa de Estados Unidos. Pero a la hora de la verdad, sus alineamientos son descarados.
¿En los medios existen estas presiones por parte de los gobiernos o los anunciantes?
He visto en Centroamérica el fenómeno de que los diarios pertenecientes a familias tradicionales, dueños de
una línea conservadora, se han abierto a permitir plantas de periodistas profesionales y de columnistas que no se
dejan someter fácilmente a algún dictado o presión y, por lo tanto, eso ha abierto a su vez espacios de información y
de opinión que antes eran impensables. Esos dueños saben que el prestigio de sus medios, por muy antiguo que sea, depende de la credibilidad. Si ahora retrocedieran, no les iría tan bien con una planta de periodistas dóciles.
Según el editor del diario británico
The Independent, Simon Kelner, "la principal presión a la que está
sometida la tarea periodística es la que impone el tiempo, la hora límite para definir la edición y entregar la nota".
¿Estas presiones, están antes o después de las presiones económicas y políticas?
Si un medio denuncia las presiones políticas, o la de algún anunciante, puede blindarse contra ellas y poner a
la defensiva a los hechores. A nadie que tiene poder de algún tipo le gusta verse expuesto, pero tampoco en
esto podemos ser inocentes. Estas presiones seguirán existiendo, todo el que tiene poder quiere tener de su lado a
los medios. La otra presión, la de la hora del cierre, es una presión profesional, y será más intensa en cuanto el
periodista y el medio quieran ser más profesionales, porque obviamente una buena nota toma más tiempo que otra escrita a
la ligera. Pero los medios que quieren tener prestigio, deben dar más espacio a los trabajos de investigación, que
claro está, no pueden estar sujetos a los mismos plazos. Esto es válido sobre todo para los medios escritos. En la
medida en que las ofertas de información instantánea crecen, a los diarios les toca cada vez menos informar, y su
mejor campo será en el futuro el del análisis y los reportajes documentados, un mejor espacio para formar opinión.
Usted dice que a nadie que tiene poder le gusta verse expuesto, pero es cierto que existe un juego entre
ambas partes, siempre hay una tensión entre periodistas, políticos y opinión pública.
Entre políticos y periodistas, es obvia. Los políticos quisieran tener siempre a los periodistas a su entero
servicio. Y los periodistas son más formadores de opinión que los políticos, tienen más prestigio, sobre todo hoy día
cuando los políticos están por el suelo.
¿Los medios llegan a distorsionar la verdad? ¿Existe clientelismo y demagogia periodística?
Esto es un asunto de lucha por la modernidad. No hay que olvidar que los periódicos nacieron en América
Latina en el siglo XIX como hojas políticas y panfletos encendidos de proclamas y discursos a la letra. Después
fueron reductos de la oligarquía. Ninguna de las dos cosas puede hacerlos sobrevivir hoy, aunque las distorsiones de
la verdad sean infaltables, mucho más que la demagogia. La demagogia es cada vez menos utilizable.
Respecto de las nuevas tecnologías, ¿los medios gráficos se vieron o no afectados por la aparición de Internet?
Creo que es algo que aún no está definido. Desde luego que la información por Internet está todavía en
pañales. Un día tendremos televisión, radio, portales de noticias, videos y fotografías como parte de un solo sistema
de Internet, pero tardará mucho antes de que el gusto por las fotos impresas en diarios y revistas pase a mejor vida.
¿Qué opina de cómo se está empleando nuestra lengua en los medios? ¿Existe un deterioro?
Los periodistas medios escriben por lo general como lo hace la media de la población, con los mismos errores
de sintaxis y ortografía, lo cual no es tan malo, porque se dejan entender, pero demuestra pobreza profesional.
Siempre pienso que a muchos periodistas les falta leer, porque leyendo es que se aprende a escribir. En un taller con
periodistas activos quería explicarles la importancia de un libro como
A sangre fría, y muy pocos lo habían leído. Les hablé
de un reportaje literario como El diario del año de la
peste, que tampoco habían leído. Escribí el nombre de Defoe en
la pizarra, y pregunté si les recordaba algo. Nadie me pudo decir que era el autor de
Robinson Crusoe.
¿Quién es el responsable de esto?
Las escuelas de periodismo, ahí es donde debería enseñarse a escribir bien, y por tanto a leer buena literatura.
Y luego los editores, que deberían cuidar lo que les llega mal escrito. Debe ser también un maestro y tener las
cualidades para asumir ese papel.