Daniel Viglione / Sergio Ramírez
Es casi imposible sentarse frente al escritor nicaragüense Sergio Ramírez y hablar sólo de un tema. Es casi imposible -insisto- no preguntarle acerca de su infancia en Masatepe, de su pasión por el cine y la fotografía, de su temprano amor por la lectura, de su impostergable necesidad de contar -o como él lo llama: el viejo oficio de mentir-. Cómo no hablar de esa anécdota que Julio Cortázar cuenta en Apocalipsis en Solentiname, ésa en la que el argentino, junto a Ramírez, Ernesto Cardenal y Óscar Castillo, ingresan clandestinamente a Nicaragua a bordo de una avioneta Piper Aztec. Indudablemente -al menos para uno- es casi imposible sentarse frente a Ramírez y no preguntarle acerca del 20 de julio de 1979, del triunfo de la revolución sandinista, de lo que vino después. Cómo no preguntarle acerca de cuáles son sus mejores o peores recuerdos de su paso por el poder... cómo no hacerlo luego de recibir, gratuitamente, ese apretón de manos y ese fuerte abrazo que los nicaragüenses brindan como gesto de amistad.
Sentarse frente a la inmensa figura de Sergio Ramírez es sentarse frente a un hombre comprometido con la
vida política, social y cultural de su país; un hombre al que le preocupan aspectos que lo desvelan y apasionan: la
identidad, el lenguaje, el nacionalismo, la educación, los sectores de poder e quistados o las desmesuradas ambiciones
privadas -generalmente provenientes del ámbito público- son sólo algunas de las obsesiones en las que trabaja incansablemente.
A su paso por Montevideo, Ramírez fue imprimiendo su voz y sus ideas, fue construyendo espacios para
dialogar acerca de cuáles son las pistas para detenerse a observar el mundo, de cómo ir tejiendo redes para entender
cuáles son los indicios de cómo hablarle a este mundo enfrentado, cada día más, a una gran crisis de identidad.
Antes de hablar acerca de los medios de comunicación me gustaría preguntarle algunas cosas de su más
reciente novela, Mil y una muertes. En una parte, el protagonista de la historia dice que "Nicaragua es un país más digno
de misericordia que de ilusiones". ¿Cuál es la mirada crítica que está puesta allí? Para usted, ¿Nicaragua es un
país de sueños perdidos?
Sí. Nicaragua es un pequeño país de grandes quimeras perdidas, de sucesivos sueños rotos, de
permanentes frustraciones; ésa es mi propia experiencia de la historia. No es que yo calcule que esto siempre será así, en
algún momento esa maldición o ese conjuro oscuro se va a romper y el país va a entrar por otros caminos. Pero hasta
ahora, la historia ha sido así y creo que en los ojos del protagonista de
Mil y una muertes, en cómo ve a su país, quizá
hay algo de mis propios ojos, quizá hay algo de cómo yo veo a Nicaragua.
¿Esto está influenciado por el hecho de haber sido uno de los actores importantes en la política de su país,
por haber estado en el poder?
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Sergio Ramírez |
Sí, pero también por mi lectura constante de la historia de Nicaragua, que se remonta a la llegada de los
conquistadores. El primer gobernador que tuvo mi país fue un traficante de cerdos; podría decirse que fue el primer
Somoza que tuvimos, un hombre que abusaba de todo, que mandaba a
perrear a los indios para que los despedazaran...
un tirano. Claro que no todos los gobernadores coloniales fueron así. Luego viene la historia de la independencia, de
las sucesivas guerras civiles, la anarquía que reinó en el país por tantos años, la invasión de Walker, las
invasiones militares estadounidenses, dos invasiones en el siglo XX, una dictadura de medio siglo, una revolución
frustrada, terremotos, huracanes, maremotos... Nicaragua es un país de grandes relieves dramáticos que lucha mucho
para sobrevivir en estas condiciones.
Haber estado en los recintos donde se cuece la ley y la trampa, ¿le sirvió para tomar una distancia crítica
y resolverla, ya no desde la política, sino desde la literatura?
Sí, indudablemente.
¿Por qué?
Porque me adentré mucho en las entrañas del poder, lo viví desde adentro, conozco sus juegos, sus trampas,
sus espejismos, y puedo hablar con propiedad de estas reglas oscuras del poder y utilizarlas para la creación
literaria. Ésta es una gran ganancia que yo tuve por experiencia directa.
¿En Mil y una
muertes utilizó esa experiencia?
Sí, claro, hay muchos elementos de ficción que provienen de esas experiencias en el poder.
Uno de los temas que toca la novela es la búsqueda de identidad. ¿Existe en Nicaragua o en otros
países latinoamericanos esa búsqueda de una identidad?
Creo que cada país tiene su búsqueda de identidad. En los países pequeños como Nicaragua, creo que está
en cómo nos ven los países grandes, en cómo preservar esa identidad a pesar de tener un choque permanente con
estos países más poderosos, más abusivos en sus relaciones. Creo que es algo propio de los países pequeños, pero
también de los que son demasiado grandes, como Brasil. Cómo puede definirse la identidad de ese país es algo muy
difícil. Una identidad falsa de Brasil la daba Carmen Miranda, con un frutero arriba de su cabeza y bailando samba.
Así también está la Nicaragua con identidad folclórica, la invadida, la de la revolución.
El papel social, político y cultural del escritor latinoamericano, ¿es distinto que el del europeo? ¿Hay en
esa búsqueda de identidad algo que tenga que ver con esto?
Es muy diferente. Por ejemplo los alemanes han tenido siempre esa vocación de convertirse en los grandes
filósofos de la historia, como Thomas Mann o Günter Grass, sobre todo este último, en la época de la gran debacle de
la Alemania destruida por el nazismo. Grass se vuelve la voz de identidad de Alemania y creo que lo logra, él
puede enfrentar al pueblo alemán en su ambición de olvidar lo que ocurrió y de hacerse los sonsos; él les refriega en la
cara las circunstancias históricas que este pueblo debe enfrentar. Me parece que los intelectuales
latinoamericanos heredamos esa ansiedad y esa ambición por definir al continente, no así a nuestro país. Esa ha sido una especie
de tarea ecuménica con la cual los intelectuales siempre se han sentido comprometidos.