Sí. Pero con reglas
Nancy Ayón
Nadie cuestiona que es obligación de todo periodista revelar la corrupción, sacar a la luz las negliencias,
desenmascarar delincuentes, etcétera. Pero sí es motivo de polémica y de largas discusiones tener claro como medio y como
periodista la frontera cuando un periodista hurga en la vida privada de los personajes públicos (artistas,
políticos o intelectuales).
Los partidarios de que los medios invadan la privacidad de los personajes públicos argumentan que la vida de
éstos es de interés para el gran público y, en esa medida, puede y
debe ventilarse para satisfacer una demanda
sentida (¿morbo?) de los espectadores. Un argumento más sólido sostendría que siempre es de interés la vida privada
de los personajes públicos cuando en ésta pueden encontrarse valores y buenos ejemplos para la sociedad. Con
todo, estos argumentos no bastan por sí solos para resolver la disyuntiva.
En el otro extremo, hay quien sostiene que bajo ninguna circunstancia es admisible que los medios
ventilen públicamente la vida privada de nadie público o
privado y, en ese sentido, repudian por inmoral esta
atribución. Pero frente a este argumento habría que matizar que muchos personajes públicos persiguen afanosamente
notoriedad ventilando precisamente su vida privada.
En este caso, difícilmente se podría
cuestionar a los medios por hacerle el juego a estos buscadores de fama. Tal parece que los argumentos extremos sobre este punto siempre
se topan con un límite. Quizá ninguno se justifique plenamente y, en consecuencia, sean dos posiciones para
cubrir un hecho cotidiano de los medios electrónicos comerciales.
No es mi interés colocarme aquí en una posición intermedia ni mucho menos, sólo quisiera añadir
algunos elementos a la discusión para contar con mejores criterios de juicio. En primer lugar, me parece que los
medios no pueden ser censurados por lo que indagan de los famosos, si es que hay un público que consume esa
información. Con todo, debería existir un marco legal adecuado para hacer valer el derecho de réplica de aquellos personajes
que se sientan dañados en su imagen o vulnerados en su integridad porque un medio levantó un falso en su contra
o sin haber dado su consentimiento para ello. Sin embargo, en nuestro país estamos muy lejos de que las
leyes preserven esta prerrogativa a quienes han sido ofendidos o difamados.
En ese sentido, me inclino porque un medio ventile la vida privada de los famosos, llámense artistas,
políticos, intelectuales, etcétera, siempre y cuando haya el consentimiento explícito del aludido o éste cuente con las
armas legales para defenderse por daños y perjuicios y, sobre todo, si el hecho que sale a luz tiene impacto en la
vida pública.
Por otra parte, también son muchos los casos en que son los propios medios los que invaden la vida privada
de los famosos en busca de rating y no se les puede culpar por ello. En todo caso, un medio tenderá a cuidarse
cuando los propios afectados cuenten con los instrumentos para defenderse. Por último, tampoco puede cuestionarse a
los espectadores por consumir este tipo de productos . Muchas veces son los propios famosos quienes lo propician
en contubernio con los medios. Sin embargo, pienso que los espectadores tienen la capacidad de decidir.
Afortunadamente, muchos prefieren valorar a un personaje por sus obras públicas más que por sus preferencias privadas.