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Héctor González Jordán  La TV acaba con todo


 Traté de reflejar cómo vive el mexicano


 Héctor González Jordán / Gabriel Vargas



Apenas se abre la puerta luce un restirador. Papel, lápices y un cutter rodean el cartón que antes de las tres de la tarde tendrá que ser llevado a Excélsior, la casa donde empezó ­y donde parece terminará­ la aventura de uno de los grandes historietistas mexicanos: Gabriel Vargas (1918, Tulancingo, Hidalgo). Ya no dibuja, sólo revisa y autoriza lo que habrá de mandar tanto al diario como a Porrúa, casa editorial encargada de publicar la colección completa de La familia Burrón, la exitosísima historieta que lo colocó en el lugar de los imprescindibles de la cultura nacional.


¿Qué le da fuerza para seguir trabajando pese a su enfermedad?

No sé, nunca me he doblado ante los problemas. Pero ahora lo he sentido muy feo, sobre todo en la pierna izquierda, se me dobla y doy cada guitarrazo, aparentemente está muy bien pero cuando se me dobla ¡púmbale, ahí te voy!

¿Cuándo descubre su facilidad para el dibujo?

La he tenido toda la vida. Desde los seis o siete años, las maestras me pedían que dibujara en los murales de la escuela. En primero y segundo año, hacía que el conejito o el pajarito, ya en cuarto me pedían cosas de historia. En quinto, los directores invitaron a toda la escuela a un concurso de dibujo organizado por Japón. Decidí participar, pero a mí siempre me gustó hacer dibujos grandes, no pequeños. Mis compañeros hacían sus dibujos del tamaño del cuaderno, yo no, siempre los hacía grandes. Para este concurso estaba haciendo uno en medio pliego de papel, claro que no me dio tiempo de terminar. Todos entregaron sus dibujos menos yo. El director de la escuela me apuró, y al final se lo di. Pasó el tiempo, llegó el año siguiente, ya ni me acordaba del concurso cuando me dijo el director: "Tienes que presentarte en Educación Pública porque te van a premiar por el dibujo que hiciste para Japón". Saqué el segundo lugar, y fue el segundo porque los japoneses daban una medida y yo la rebasé. El premio fueron como tres mil pesos mexicanos en yenes y un par de maletas, una con artículos escolares y otra con cosas para deportes.

Ese fue su primer premio, que imagino lo motivó para seguir dibujando...

Claro, el director me habló de otro concurso para todas las escuelas del Distrito Federal sobre El Día del Tránsito. Tenía un mes para trabajar algo pero se venció el plazo y todavía no terminaba. Lo que sucedió es que mi dibujo media casi tres metros. En la escuela me llamaron la atención porque no lo había entregado. Y también mi madre, no veía bien que dibujara, ella quería que hiciera una carrera profesional, me decía: "¿Qué vas a ganar de pintamonos?"; por eso lo trabajaba por las noches debajo de mi cama con la ayuda de mi hermano. Una vez me quedé dormido y las parafinas empezaron a quemar el colchón, el caso es que todos se espantaron porque yo me estaba ahogando debajo de la cama. Me pusieron una regañada que para que te cuento.

¿Por qué hacía los dibujos tan grandes?

Me era muy difícil reducir esos tamaños. Me gustaba explayarme. Unas vez nos encargaron un dibujo sobre la construcción de la catedral de México. Las dibujé de manera equivocada, porque las puse al revés pero el dibujo tenía gran detalle, al punto que cuando don Alfonso Caso lo vio dijo que había hecho un códice. Era muy meticuloso gracias a los libros que mi madre nos daba a leer, por eso me salían los dibujos tan grandes.

¿Cómo conoció a Alfonso Caso?

Cuando terminé sexto año el director me llevó a la SEP, decía que mis dibujos los tenían que ver. Todos los días me llevaba pero no conseguíamos ver al ministro. Después de varios días de infructuosa espera, el vigilante me preguntó a qué iba, le comenté que quería ver al ministro, y me dijo dónde estaba. Así por fin, encontré al director de Bellas Artes y él me llevó con el ministro. No podía creer que los dibujos fueran míos, de inmediato hicieron llamadas. Llegó don Alfonso Caso y fue cuando me dijo que mi dibujo era un códice. Los sorprendieron tanto mis dibujos que me citaron al otro día con mi madre, sólo que ella al principio no quería ir porque me habían expulsado de la secundaria, por no ir a la escuela, ¡cómo iba a ir si estaba en la SEP todos los días!, el caso es que ella no me dejaba ni entrar a la casa. Mi madre no creía que en la SEP quisieran hablar con nosotros, pero después de ver la carta que me dieron me creyó. Entonces me dijo: "Y yo que te prohibía dibujar".

La SEP le ofreció una beca para estudiar en Francia, ¿por qué la rechazó?

Al principio sí la tomé, pero luego a punto de irme decidí quedarme. Mi madre me llevó con el ministro y le comenté que no me iba, que mejor le cambiaba la beca por un trabajo para ayudar a mi madre. Le pedí trabajar en Excélsior. Me dieron tres cartas, una para Ernesto García Cabral y otras para don Gonzalo Herrerías y Manuel Becerra Acosta, y además nos dieron una pensión que duró tres años, porque luego cambió el presidente y nos tiraron de lucas.

Usted sabía que dibujaba, ¿pero el humor, en qué momento se descubre con estas dotes?

Gabriel Vargas
Foto: Guillermo Cardoso
En Excélsior había un pizarrón grande donde se ponía la nota del día. Ahí se hacían bromas sobre el personal del periódico. Una vez, se me ocurrió bromear con el gerente del diario puesto que había una foto donde aparecía con la boca abierta. Lo que hice fue utilizar esa imagen para completarla con un traje de Don Juan Tenorio y lo puse cantando. Se armó un lío tremendo, yo me quedaba callado, ya llevaba un año en Excelsior, tenía cerca de 14 años. Al final alguien me descubrió ante el gerente. Cuando me vio me abrazó y me felicitó. Desde ese día don Gilberto Figueroa se convirtió en un gran amigo, fue el primero que siendo un chamaquito me dio su firma para sacar un coche.

¿Cómo da el salto a la historieta?

Don Manuel Horta, director de Jueves de Excélsior, me pidió una historieta para la revista. Él me inició con una historieta que se llamaba Virola y Piolita. Luego Ignacio Herrerías me llevó a Novedades, trabajaba en los dos periódicos sin problemas. En Novedades de las seis de la mañana a los once, de las once en adelante estaba en Excélsior.

¿Cómo llega a La familia Burrón?

Eso es muchos años después. Antes hice La vida de Cristo con un éxito arrollador, fue difícil porque entonces estaba prohibido hacer proselitismo religioso, pero aun así me aventé. Don Ignacio no la quería sacar, me decía que le iban a cerrar el periódico, pero al final lo convencí. Me compró unas biblias impresionantes, me iba de lado cada vez que las cargaba. Tras revisarlas me lancé a hacer la historieta. Le fue muy bien pero tuvo un mal final: después de siete semanas y de aumentos de sueldo, la prohibieron y a mí me llevaron detenido al bote, sólo que como estaba chamaco no me hicieron nada. La policía pensaba que ocultaba a alguien, me decían que iban a llevar a mi madre detenida, ¡no creían que yo lo hiciera!, fue un día terrible, hasta que en la noche llegó don Ignacio Herrerías y me sacó.

¿Padeció otro caso de censura?

Cosas sin importancia. En El Sol de México sacaba dos planas diarias: una en el matutino y otra en el vespertino, ambas sobre problemas de la ciudad de México. Había de repente algún incidente porque publicaba que la policía era un nido de ladrones, algunas veces me amenazaron de muerte, pero nunca pasó nada.

Con La familia Burrón usted era una celebridad, llegó a vender 500 mil ejemplares a la semana...

En ese momento trabajaba en la revista Pepín. Yo le decía al dueño de la empresa que el ritmo de ocho cartones diarios era un sacrificio enorme. Casi no dormía. Pero él me decía que contratara equipo. La familia Burrón salía una vez a la semana, con todo lo demás llevaba un ritmo agotador.

¿De qué manera construía el lenguaje de La familia Burrón?

Desde el principio me preocupó mostrar cómo vive el mexicano. Agarré como tarea todas las noches recorrer la ciudad de México, entonces yo trabajaba a lo bestia. Todo mundo cree que sólo hacía La familia Burrón, ¡ese es puro cuento!, ¡hacía otras cosas, lo que pasa es que a nadie le han interesado! Yo me iba a los teatros, a los cafés, bastaba como caminar por San Juan de Letrán para saber cómo hablaba la gente.

¿Está cansado de hablar de esta historieta?

Hacía muchas otras cosas. La familia Burrón era tan sólo una cosa más comparada con mi genial y enorme obra. Durante dieciocho años manejé revistas de moda y de mujeres, en el Esto tenía diez páginas semanales. Trabajé muchísimo, por eso me enfermé. Este mal que tengo no fue gratis. Nunca tenía tiempo de nada, me querían mandar a Francia y Estados Unidos pero no podía, si me iba no salían los monigotes. Personas de gran talento se negaron a hacer mis textos, cuando me enfermé la primera vez, ¡perdí la memoria!, fue tremendo. Los médicos me decían que no volviera a trabajar, me recuperé gracias a que el tipo de amnesia que me dio fue incipiente. Falté sólo 20 días al trabajo, nadie podía suplirme. El coronel García Valseca ­entonces dueño de El Sol de México­ mandó llamar a Renato Leduc. Le explicó lo que me pasó, y Renato se negó a suplirme, le dijo que mi estilo era inimitable y si metía a otros la historieta se iba a venir abajo. También llamó a Efraín Huerta pero nadie quiso cubrirme, así que no pude descansar.

¿Cómo podría explicar el humor del mexicano?

No sé, no tengo talento para descifrar las cosas. Lo único que busqué era que mis historietas fueran netamente mexicanas. Retomé las actitudes del barrio y de las carpas, eso era lo quería. Traté de reflejar cómo vive el mexicano.

Incluso lo llamaron sociólogo...

Sí, un gringo habló de mí cosas increíbles, fue Oscar Lewis. Él me vino a ver de Nueva York porque estaba maravillado por la forma en que mis historietas retrataban la pobreza. Pero eso ya pasó, no podría retratar al mexicano de hoy. Hace muchos años dejé de salir a la calle. Las enfermedades me encerraron. El idioma no es estático, y mis formas se quedaron como hace 20 años.

¿Por qué cree que, salvo algunos casos, la historieta en México no ha pegado?

Ni pegará. Y mi historieta, que es la única decente, va a morir pronto. Lo demás es pura majadería, tanto en dibujo como en texto son de carcelarios. Además, la televisión está acabando con todo, ahí tiene a Los Simpson, caricaturas francesas, alemanas, va a llegar el día en que se prefiera ver en lugar de leer, entonces se acabará la historieta.

¿Usted ve Los Simpson?

No los veo, pero sé que ellos me imitan. Incluso en algunos diálogos hacen referencia a mi trabajo.

¿Le gustan los moneros de México?

Algunos sí, otros no. En lo personal Naranjo me parece genial, lo mismo que Efrén. Hay otros más dulces o más crueles, pero no puedo juzgar a nadie, no tengo derecho. Me conformo con ser como soy.

¿Ahora qué hace?

Trabajo todos los días para Porrúa. Ya entregamos el volumen siete de la serie completa de Los Burrón. Espero llegar al 50 antes de morir.


Gabriel Vargas es dibujante, creador de La familia Burrón, Los superlocos, Sherlock Holmes, Pancho López y La vida de Cristo.

Héctor González Jordán es periodista cultural.
Correo: hector_tito_mx@yahoo.es

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