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José Saramago  La cuadratura del círculo


 


 José Saramago



En primer lugar, dar las gracias por la oportunidad que me ha sido proporcionada de regresar a Santander, a la Universidad Menéndez Pelayo.

He estado aquí no sé cuantas veces, pero por lo menos tres, y una de ellas, toda una semana, y es un lugar donde siempre he encontrado centenas y centenas, por no decir miles y miles, de personas, de maestros, de escritores, de técnicos, de economistas, de filósofos, de historiadores, y alumnos, y alumnos y alumnos y alumnos, como si esto fuera una pequeña tribu que se reúne periódicamente aquí todos los años para cambiar, para intercambiar opiniones, para aprender con la experiencia de los demás y para aprender incluso con la ignorancia o con la situación de progresión en el conocimiento, que es lo que caracteriza a los estudiantes.

Esta vez, Álex (Grijelmo) me ha invitado por las razones que ha dicho ya. Me ocurrió haber escrito el Ensayo sobre la lucidez; a lo mejor, si no hubiera escrito la novela, no me invitaría, pero bueno... afortunadamente para mí, y espero que "afortunadamente", entre comillas, para todos, mi venida aquí encuentre al final alguna justificación.

Y en primer lugar hay que aclarar por qué llamo a esto "La cuadratura del círculo".

Los que tienen una información que no necesita ser especializada, de la geometría, saben que durante siglos se intentó alcanzar, llegar a lo que se llama la cuadratura del círculo, reducir el círculo a un cuadrado. Sólo en 1882 es que se ha llegado a la demostración final de que cuadrar el círculo es imposible.

Si yo digo que la información es la cuadratura del círculo estoy diciendo, aparentemente, que aunque no existieran periódicos ni radios ni televisión, siempre estaríamos recibiendo información del medio en el que nos encontramos, del paisaje, del río, de la luz, del cielo, todo eso va informando, pero cuando ahora nosotros decimos información, los que escriben y los que no escriben, pero presentan imágenes o leen lo que otros han escrito, los fotógrafos, todo ese mundo, viven para informarnos.

Si yo digo que la información es la cuadratura del círculo, repito, estoy aparentemente diciendo que es imposible. Claro que no es imposible todos los días recibir información, lo que es realmente imposible es la información total, lo que por otra parte es una obviedad que no merece mucho la pena que se pierda el tiempo para confirmar o para demostrar que la información total es imposible.

Lo que es imposible verdaderamente, eso sí, y ahí estamos en el centro del problema, es la objetividad.

Sobre la objetividad en la información o en cualquier actividad humana, sobre eso se ha discutido infinitamente; si es posible, si es imposible, hasta qué punto, por qué sí es objetivo, por qué no es objetivo.

Por lo menos desde mi punto de vista, la única conclusión sensata a la que se puede llegar es que vivimos enfrascados, rodeados de subjetividad. Yo diría incluso que no hay nada más que subjetividad, que podemos decir de todo tipo: las subjetividades ideológicas (y aquí se incluyen las subjetividades religiosas, que quizá sean lo más subjetivo que hay), las subjetividades de clase, las subjetividades de intereses personales, las subjetividades de grupo, subjetividades de sentimientos, subjetividades de cultura, subjetividades de costumbres, y se puede decir un infinito, enorme y largo etcétera.

Pero alguna vez creemos en una declaración, en una afirmación impositiva, como esa que dice "un hecho es un hecho", y parece que con esto se cierra la puerta. Si un hecho es un hecho, entonces no tienes más que describirlo, y si describes un hecho, entonces, en principio, toda la subjetividad está excluida de la descripción.

Sería estupendo, pero si el lenguaje es un ejemplo perfecto y acabado de subjetividad y sólo por el lenguaje se puede describir el hecho, digan ustedes a dónde va el hecho como hecho, y por lo tanto parece que inamovible, alrededor de eso ya no hay nada más que el hecho, pero no es así.

En el momento mismo en que yo estoy describiendo el hecho estoy utilizando un lenguaje que, como todo el mundo sabe ­y si hay lingüistas aquí lo saben muchísimo mejor que yo­, es subjetivo.

La elección digamos que yo haga de las palabras con que describiré el hecho ya es una subjetividad, y esto se encuentra todos los días.

Si hay un accidente en la calle y se encuentran diez testigos, pues hay diez versiones de lo que ha ocurrido del hecho, y si sobre el hecho pasan una semana, dos o un mes, y vamos a preguntar otra vez a los diez testigos qué es lo que ha pasado estarán dando una versión que no coincide con la primera, porque la memoria no sólo se pierde, sobre todo en lo que tiene que ver con los detalles, y sobre todo porque la memoria, a veces tenemos la memoria que queremos tener, y excluimos lo que nos molesta.

Basta pensar que cada vez que tengamos que hablar de la infancia nuestra, pues, en primer lugar, lo que hacemos es borrar lo que nos ha hecho mal, y entonces siempre tenemos una tendencia para hablar de lo que ocurrió, no quiero decir una imagen idealizada, pero la que nos conviene en cada momento.

No es que seamos falsos o hipócritas, es que somos sencillamente humanos, y no se puede esperar de un ser humano ­que es un campo de batalla interior­ que reaccione cuando pregunten "¿qué ha pasado?" como si fuera una grabadora que mecánicamente, electrónicamente o lo que sea ha registrado algo.

Por lo tanto, mejor es que no pensemos que tiene algún sentido esa declaración aparentemente autoritaria: "un hecho es un hecho y, por lo tanto, tú no tienes nada más que describir".

Estás describiendo con tus palabras y otros, con otras palabras y con otras intenciones y con otros motivos para hacer su objetivo, darían una versión del hecho distinta, no opuesta, y quizá, incluso, alguna vez opuesta.

Pero hay algo, que hablar del hecho ha ganado un prestigio verdaderamente extraordinario, en mi opinión no merecido, no justificado, que es la imagen.

De la imagen siempre se está diciendo que vale por mil palabras y no es cierto, y no es cierto, porque, con independencia de que (y de eso puedo hablar un poco más adelante) efectivamente sean necesarias palabras, muchísimas de ellas, para explicar qué es lo que la imagen está mostrando, el mismo acto de fotografiar puede hacer de lo que se muestra, según el ángulo, la luz, el objetivo que se utilice pueden mostrar aspectos distintos.

Todo eso puede aparentemente estar captando una realidad, algo que está ahí, pero la técnica, la inspiración del fotógrafo o lo que sea hará de eso una u otra cosa. De alguna forma se superpone una realidad a otra realidad, sin olvidar algo en lo que no se piensa mucho, creo yo, y es que la foto siempre aparece en un rectángulo o en un cuadrado y es como si el mundo se terminara allí, como si más allá de esto, para arriba, para abajo, para un lado y para el otro no existiera nada. No, la foto ha captado esto, y ha ignorado, porque no podía captarlo todo evidentemente.

Les voy a dar un ejemplo: la Cumbre de las Azores. Han estado ahí el señor Bush, el señor Blair, el señor Aznar y el señor otro que pasaba casualmente (parece que su destino es pasar casualmente), que ahora es el presidente de la Comisión Europea y que entonces era el primer ministro del gobierno de Portugal, (José Manuel) Durao Barroso.

Quizá en las fotos publicadas en Portugal aparecieron los cuatro, pero sabíamos que en la prensa internacional aparecían los tres. Eso no existía, eso se quedó fuera de la foto, y aquí está.

Por razones políticas o por lo que sea se consideró que aquel señor, estar o no estar, era totalmente indiferente y por lo tanto vamos a quitarlo. Aquí está, fuera del cuadrado o del rectángulo de la foto existía algo más, existía otra persona, pero esa persona ¡puff! Y por tanto, fuera.

Una razón más para decir con las palabras, en el pie de esta foto se diría: "el señor Durao Barroso estaba con estos señores, pero no sabemos muy bien por qué razones no lo incluyeron en la foto". Ya está.

Todo esto, en el fondo, lo que está haciendo es subjetivar la imagen, es decir la imagen auténtica, la que diría (y aún así habría mucho que discutir), pero la que daría la idea de lo que ha pasado aquí, tendría que incluir al señor Durao Barroso, pero eliminarlo es un factor de subjetividad, la subjetividad del director de la cadena, o del director del periódico o la agencia informativa mundial que ha dicho: "bueno, ese señor aquí no cuenta, así que vamos a quitarlo", y eso es algo subjetivo, es decir, en el fondo, lo que está pasando tiene que ver sólo con tres señores: Aznar, Blair y Bush, por tanto, éste era el portero de la casa, que abría la puerta y cerraba la puerta.

Los hechos, pero los hechos cuando decimos: "esto es un hecho" y parece que el mundo empieza y termina allí, como si el hecho no fuera una consecuencia de una infinitud de hechos anteriores que convergen por un instante, por un momento, en un hecho que en el fondo es fruto, consecuencia, resultado de la acción múltiple, y de algunas de sus contradicciones, que llevan a un hecho determinado, y a partir de ese hecho se abre o ves para un número igual de infinito de posibilidades que llamamos consecuencias.

Entonces ­claro que eso ya sería tarea de un filósofo­ eso nos lleva a la imposibilidad (aunque a la vez es una especie de tentación diabólica; bueno, los novelistas a veces son un poco filósofos y también es cierto que a veces los filósofos son un poco novelistas) de inventarización de los hechos del mundo desde que todo esto empezó. Vamos más allá de cualquier capacidad imaginativa que tengamos, porque todo esto es una interacción de causas que son efectos y de efectos que van a ser causas, que se multiplican como si explotaran, como si fueran otra especie de Big Bang.

Es decir, esto se expande a una velocidad increíble, creando un Himalaya de hechos, causas y consecuencias que, y esto nos reporta al efecto mariposa, es decir una mariposa que bate las alas en Pekín o en Tokio, es la causa de un terremoto en California.

Yo diría que la historia del mundo, la historia del planeta, de todo lo que ha pasado aquí, en el fondo son infinitas mariposas que dan origen a infinitos terremotos, y nosotros vivimos en esta especie de seguridad falsa que es el hecho de que somos un cuerpo, tenemos una inteligencia, nuestros límites y nuestras referencias están determinadas no tanto por nosotros sino por la costumbre, por la herencia, por lo que encontramos cuando nacemos.

Y esto es nuestra seguridad, pero si nos paramos a pensar un poquito en lo que efectivamente está ahí, yo creo que esto tendría como consecuencia un vértigo infinito, sería un vértigo espiritual en la mente, que sería casi incapaz de ubicarse, porque en el fondo nosotros decimos: "el Universo está ahí y, bueno, hasta ahora no hemos podido comprenderlo, quizá algún día se pueda reducir el Universo a una ecuación, quizá no". Dejémoslo.

Pero yo diría que lo que pasa aquí en el pequeño planeta es tan incomprensible, en el fondo se trata del caos, aunque en una novela que está por ahí que se llama El hombre duplicado hay un personaje que dice sencillamente que el caos es un orden por descifrar. Y quizá sea cierto.

Pero hay otra cuestión que todos la conocemos, pero que no se le da ­por lo menos en mi opinión­ la atención que merece, que es la cuestión del punto de vista.

Hay un ejemplo muy sencillo que muestra hasta qué punto el punto de vista lo determina todo y el ejemplo es éste: nosotros miramos el cielo por la noche y encontramos las constelaciones, algunas las conocemos, otras si tenemos un mapa celeste podemos más o menos identificarlas, pero hay unas cuantas que están ahí. Y una de ella es la Osa Mayor y la Menor, también la Estrella Polar. Ésta es la disposición o el diseño de unas cuantas estrellas que configuran lo que se llamó metafóricamente esa imagen, como si fuera una osa, la Osa Mayor por oposición a otra que era la Osa Menor; no se parecen en nada a una osa, pero en fin, la hemos llamado así y así se quedará seguramente hasta el final de los tiempos.

Pero ¿existe realmente?, ¿existe ese dibujo, está en el cielo? Sí está, pero está para nosotros, que estamos donde estamos, es decir, viajando en la galaxia y mirando constantemente a esas estrellas nos daríamos cuenta de que en el viaje por la galaxia ­suponiendo que diéramos la vuelta­ el dibujo iría cambiando.

Entonces la Osa Mayor lo es para nosotros. E iría cambiando por una razón muy, muy sencilla, porque las estrellas no están a la misma distancia de nosotros, ellas no se mueven, así, una está aquí y otra está allá. Y es el hecho de que nos situemos aquí que al mirar y olvidar completamente que ellas no se encuentran a la misma distancia, que podemos decir: "ahí está un diseño, un dibujo que llamamos Osa Mayor".

Ahora, no vamos a quedarnos en la astronomía, pasemos a la realidad del curso: el punto de vista. Al cambiar el punto (desde) donde se mira, cambiará igualmente aquello que es visto. Y esto es fundamental y es fundamental tanto para pensar ahora en la Osa Mayor como para pensar en lo que está pasando aquí, en todo lo que tiene que ver con la vida humana, en lo que sea.

Cambias el punto de vista (desde) donde miras y cambia lo que has visto.

(Y ahora aquí yo debería levantarme y una vez más invocar la presencia y la figura de mi anfitrión, porque ahora sería el momento en que él debería sentarse aquí y yo me sentaría ahí para aprender.)

Y la cuestión es ésta: ¿por qué pensamos lo que pensamos? Parece una pregunta estúpida, pero no lo es. ¿Por qué pienso yo lo que pienso? ¿Por qué pensamos lo que pensamos?

Hay una afirmación que es a la vez interesante y problemática que dice que el pensamiento es el conjunto de ideas propias de una persona o colectividad. Eso se encuentra en un diccionario, no filosófico, sino de lengua. Esto que yo les estoy diciendo es una de las más interesantes y problemáticas definiciones. El conjunto del pensamiento como el conjunto de ideas propias de una persona o colectividad.

Pero esto significa que pensamos lo que hay para pensar, eso significa que no podemos pensar fuera de lo pensado, estamos otra vez en el reino de la subjetividad.

Cuando se están diciendo ideas propias que, aparentemente, nosotros pensamos lo que la época en que vivimos piensa y nos expresamos en el lenguaje de esa época. De ahí, ¿qué es lo que expresamos? Sencillamente la parte del pensamiento común que hemos sido capaces de asimilar.

Para mí, como novelista, esto es fundamental: por qué pienso yo lo que pienso. ¿Por qué no pienso lo que se pensaba en el siglo XIII? ¿Y por qué puedo estar seguro de que en el siglo XXIV no se pensará lo que yo pienso ni como pienso? El ser humano, que siempre está creciendo, y que es igual en todas las circunstancias en que se mueve, es una forma de entender como si fuera una identidad, como si existiera una identidad humana, igual para todo el mundo, con independencia de todas las subjetividades de que hemos hablado antes, y sabemos que no es cierto.

Y tanto no es cierto en el espacio, en la contemporaneidad de espacios, sino también en el tiempo, somos otros.

Umberto Eco, por ejemplo, ha dicho hace dos años o tres que pasará ahora otro ser humano que no tendrá mucho que ver con nosotros. Bueno, si pensamos en lo que en ella está ahí, en la ingeniera genética, el cambio tecnológico, claro que se puede decir que si nos sentimos diferentes, distintos, de los romanos, de los griegos, de los visigodos o de los árabes, o de lo que sea en el pasado, pues seguramente vamos a parecer poco visigodos de aquí a tres o cuatro siglos.

Entonces, lo único que cuenta es que cada uno de nosotros, de cada generación. Y no es por casualidad que yo hablo de generación, porque un poco desafiando el escándalo, yo digo que los pueblos no existen, es una falsedad, es una retórica que normalmente tiene intenciones con la verdad, y siempre están hablado del pueblo, el pueblo portugués, la identidad del pueblo portugués, y todo eso.

No, lo que dicen son generaciones, generaciones capaces de soñar, de tener ilusiones, coraje, valentía, ideas para el futuro; y otras generaciones, a veces, la siguiente a quienes importa un pepino, que no les importa nada, incluso se sorprenderán porque ellos no han hecho todo eso. "Eso a nosotros no nos importa", pero habrá algún ejemplo que sea... Basta decir que desde la Revolución de Abril, lo que vosotros llamáis la "Revolución de los Claveles", pasaron 30 años, y no tiene nada que ver. No tiene nada que ver. El pueblo, genéticamente, es el pueblo portugués, así llamado, pero la generación de ahora ha dado la espalda a todo lo que ha sido el motivo de vida, el objetivo, el faro de la generación anterior.

Foto: Sergio Pérez Sanz
Por lo tanto, pensemos en términos de generaciones, que por otra parte se da mucho en la literatura: la Generación del 98, la Generación del 27. Por algo será, por algo será.

Bueno, adonde quiero yo llegar es a que toda la información es subjetiva y no puede evitarlo. Subjetiva en su origen, según la apreciación particular o inducida que tengamos del hecho que nos hemos propuesto informar. Subjetiva en la transmisión, por influencia de los canales por donde el hecho comunicado tenga que transitar. Subjetiva en la recepción. No hay ninguna exageración en decirlo, que el mismo mensaje tendrá tantos entendimientos cuantos sean sus receptores.

Casi, casi uno llega a la conclusión de que la información es imposible, lo que hay son mariposas palpitando por ahí, y en ese momento no podemos saber qué consecuencias va a tener esa cantidad ingente de mariposas que anda palpitando por ahí y que luego podemos ­quizá mañana, en diez años o 50­ establecer una relación entre lo que en este momento era incomprensible y lo que 50 años después se pueda conocer como una consecuencia, un efecto de eso que antes no pudimos comprender.

Lo que pasa es que como somos muy vanidosos siempre tenemos muy claro que somos objetivos. Los otros, no. Los demás son subjetivos. Entonces, siempre tenemos una pelea eterna, que durará para siempre, entre lo que creemos es nuestra objetividad. Porque tenemos de la realidad un punto de vista, entonces, como ese punto de vista es nuestro, todo lo que no coincida con mi punto de vista es subjetivo.

Éste es el origen muchas veces de polémicas y debates que cuando miramos con atención nos damos cuenta de que en el fondo todo es una cuestión de puntos de vista.

Hay una expresión un poco bizarra, que es la creadora de opinión. Tengo que decir que me irrita profundamente: el creador de la opinión. Porque es inevitable que yo me descubra a mí mismo preguntándome: ¿pero qué derecho tiene un señor o una señora ­por el hecho de que publica una columna en un periódico o participa en la radio o en la televisión o lo que sea, que se presenta como maestro­ dando su opinión, que por el hecho de que sea suya parece que por lo menos tiene la ambición de que otros lleguen a la misma opinión, no por un trabajo mental suyo, sino porque se lo ha oído decir al periodista, o al articulista que así piensa?

Pero el problema es que alguien pueda creer que estar capacitado para expresar opiniones destinadas al consumo público.

Hay otra cosa más. Y quizá más importante, y es ¿qué espacio de libertad le queda al consumidor de la información para poder elaborar opiniones que son las suyas? Pero, peor aún, a lo mejor cuando suponga que ya está habilitado a expresar opiniones que cree suyas, ¿serán realmente suyas? ¿No será al contrario, en la mayor parte de los casos, al menos, un conjunto más o menos coherente de fragmentos de ideas subjetivas de aquellos creadores de opinión que se acostumbró a leer o a escuchar? Es decir, ¿tenemos nosotros realmente ideas propias?

Ahora estoy hablando desde el punto de vista del receptor, pero incluso ¿el supuesto, el llamado creador de opinión, tiene ideas propias? ¿No tiene todo esto que ver con la pregunta que yo he formulado antes de por qué pensamos lo que pensamos? Lo que significa que pensamos lo que hay para pensar y pensamos, y no podemos pensar fuera de lo pensado.

¿Cómo se resuelve esto? Ah, no sé, yo siempre digo que yo soy un médico incapaz de curar, pero hago diagnósticos estupendos.

Imaginemos dos periódicos o tres o cuatro. Uno con opiniones y análisis de lo que denominamos izquierda y otro con opiniones y análisis de lo que denominamos derecha. Es una evidencia de que los lectores de cualquiera de estos periódicos tienden a adoptar opiniones distintas ­y no raro contrarias­ a aquellas que los lectores del periódico competidor defienden. Es decir, tenemos el lector del periódico A, que piensa lo que el periódico A piensa, y tenemos el lector del periódico B, que se comporta igual.

Es que los lectores que se encuentran en esa situación no se dan cuenta de que esas opiniones que están defendiendo, por lo menos en lo fundamental, no son la consecuencia lógica y natural de sus propias reflexiones sino de la acción de penetración que los innumerables creadores de opinión vienen operando en su espíritu.

Es terrible esto, pero es mejor que lo entendamos así. Y esto no significa: "bueno, si usted lo plantea así, ¿qué es lo que me queda, me paralizo, no pienso, no opino?". No, no, piensen, opinen y además no tienen más remedio que pensar dentro de lo que la época piense, dentro de lo que ha pensado, pero al menos de que tenga conciencia de que esto es lo que pasa. O al menos esto es lo que yo pienso que pasa. Porque es obvio: no podemos tener opiniones a partir de la nada. Se necesita conocer algo o tener una idea de lo que pasa alrededor nuestro para tener una opinión.

Por lo tanto, eso significa que la cuestión no está en el hecho ineludible de que nuestras opiniones son resultado de una red de información en que nos movemos y orientamos, tal como la araña se va moviendo y orientando en la tela. Curiosamente la misma araña que es productora de la tela no puede, salvo excepciones, fuera de ella. Nuestra tela se llama opinión.

La cuestión está en el sector de afinidad subjetiva en el que preferentemente circulamos y en el que nos reconocemos con nosotros mismos. Es decir, aceptemos que la objetividad es imposible. Reconozcamos que en el fondo todos somos subjetividad, pero hay afinidades subjetivas y ésas son las que nos acercan unos a otros, acabando por formar grupos afines de subjetividad. Y es interesantísimo observar cómo es mucho más fácil cambiarse de partido político que de club de futbol, porque al cambiarse de partido político, la persona buscará razones que por lo menos aspiran a ser objetivas para decir "yo estaba en este partido y por esto, por aquello y por aquello, cambié de partido". Por lo tanto, aparentemente, son razones objetivas.

Mientras que aquel del club deportivo, que está inmerso en total subjetividad no tendrá, en el caso de cambiar, sino razones de orden subjetivo para expresarlo. Esto en el caso no del todo probable de que sea capaz de formularlo de un modo inteligible, porque cuando uno se mueve y tiene conciencia de esto por una subjetividad yo diría total, bueno, difícilmente puede formular razones en sentido propio.

Cambiemos un poco. Se habla mucho de las relaciones peligrosas, relaciones de complicidad, que con cada vez más frecuencia se observan en la prensa (y cuando digo prensa, aquí hay que entender los medios) y los partidos políticos. Esa especie de concubinato que acabó por hacer de ciertos periódicos órganos difusores de los mensajes y de los intereses del partido que por una razón u otra le sea "simpático". "Simpático" aquí tiene todas las comillas del mundo, porque lo que pasa es que hay otros intereses que no tienen nada que ver con eso muy humano de la simpatía.

En todo caso hay que reconocer que se habla mucho menos o nada de la corriente sanguínea, del cordón umbilical que en general une, liga, la prensa a los grandes grupos económicos, a la banca, a la industria, al gran comercio. En algún caso ­y eso lo sabemos todos­ la simple amenaza de retirar la publicidad es suficiente para que ningún periódico ose denunciar abusos muy notorios, particularmente los que sean cometidos en el área laboral. No debemos que hacer a propósito la vieja frase que dice que los periódicos sirven para vender clientes a los anunciantes y esto es tan cierto para las carísimas publicidades de página entera, como para los pequeños anuncios de contactos personales. Los periódicos sirven para vender clientes a los anunciantes.

Claro que no sirven sólo para eso, y aquí se plantea otro problema y es la independencia, la siempre invocada independencia del periodista. En mi opinión se trata de una ficción, de buenas intenciones, con la cual se trata de amortizar las consecuencias negativas de la conciencia infeliz en el espíritu de los profesionales de la información.

Yo creo que todos o casi todos los profesionales de la información viven con lo que yo llamo la conciencia infeliz. De una forma o de otra no puede impedir darse cuenta de todo lo que sucede alrededor suyo, no tienen más remedio que vivir con ello, pero quizá sin que se perciba, eso penetra en su espíritu y yo no lo quiero llamar mala conciencia, remordimiento, conciencia de que está siendo utilizado, yo lo llamo simplemente conciencia infeliz.

Cada uno de los periodistas que se encuentran aquí se preguntan si no notan en su conciencia infelicidad.

Y bueno, está claro que ningún trabajo es independiente, y no se puede hablar de la independencia del periodista.

Yo dependo de mis lectores. El día en que se me acaben yo puedo seguir escribiendo, pero no viviré de lo que escribo. Por lo tanto, la independencia es un mito que no vale la pena imaginar.

No podemos vivir en un planeta que ahora mismo tiene casi ocho mil millones de personas, seguramente no vamos a ponernos aquí a pensar que se trata de ocho mil millones de independencias. Sería algo de pésimo gusto.

Entonces, entre el jefe que está al lado y el patrón, que a veces no se sabe dónde está, el periodista lleva lo mejor de su vida a palpar el terreno inestable que más o menos lo sostiene y a preguntarse ­y aquí es el gran problema otra vez­ si está fuera o está dentro de la verdad del día, porque cada día tiene su verdad y en cada día no existe sólo esa verdad y es por lo que él se pregunta: "¿estaré yo dentro de la lo que es la verdad del día para mi periódico, o estaré fuera?".

Entonces yo creo que mucho más útil que ese sempiterno y frustrado debate sobre la independencia del periodista, lo mejor sería examinar lo que yo llamo aquí las franjas (¿se puede decir franjas?... ¿y por qué no hablamos todos el mismo idioma?) de independencia relativa, porque en todo caso se pueden encontrar algunas franjas de independencia relativa, que le son permitidas a los periodistas.

Sin olvidar, en todo caso, que eventuales aplausos internos dependen mucho más de factores extraperiodísticos que de la exactitud de una información o de un análisis. Es decir, el periodista puede ser felicitado por sus jefes no tanto por la exactitud de una información o del análisis sino más bien por factores extraperiodísticos que puede conducir, en el mejor de los casos, al camaleonismo periodístico. El camaleón, como todos sabemos, toma el color el entorno. Si el entorno es verde, el camaleón es verde. Si el entorno es marrón, el camaleón es marrón.

Esto es, en lo que tiene que ver con el tema del debate de este encuentro, yo creo que es la peste más nociva de nuestro tiempo.



El libro más reciente de José Saramago es Ensayo sobre la lucidez.

Versión estenográfica de la intervención del autor durante la clausura del curso "La prensa, cuestionada. Un análisis de la aventura informativa", organizado por la agencia EFE, que se celebró en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, España, el pasado 31 de julio.

Agradecemos a Manuel Fuentes, director de la agencia EFE-Oficina México, la autorización para publicar este texto.

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