Su imagen y atractivo siguen vigentes 70 años después
Manuel Guillén
Hace poco más de 70 años (su primera aparición fue en
Dizzy Dishes de Max Fleischer), emergió al mundo de los cómics la primera gran figura femenina del color y del papel: Betty Boop.
El éxito de su imagen, que pasara de ser una canina humanizada (de hecho, el resto de los personajes
con los que surgió eran simpáticos perrillos humanoides) a una extraña
femme fatale de desproporcionadas dimensiones, es el de la representación del
sex appeal de una época.
En efecto, la carga iconográfica de la Boop la convirtió en su tiempo en un verdadero fetiche de la
sexualidad femenina; en motivo de sensualidad y agasajo de sus innumerables fans que cosechó en la década de los
30 y buena parte de los 40 (cuántos aviones gringos de la Segunda Guerra Mundial no llevaban su imagen en
los costados).
El diseño final de su imagen (que sufriera diversas modificaciones menores en los días de su
nacimiento), basado en los contornos de Mae West, así como en sus versiones animadas la voz sexy de Mae Questal,
junto con los rulos en la cabeza, la boca diminuta, los ojos inmensos y las minifaldas a punto de un pubis ficticio,
la convirtieron en verdadera causa de alaridos, ensoñaciones y fidelidad en un tiempo en que el siglo XX
alcanzaba su espesor.
Ciertamente, en nuestra época es difícil imaginar cómo era posible que un personaje tan
inverosímil, dibujado sin volumen ni perspectiva y decididamente fantástico (con una cabeza enorme y escaso rango
de movimientos), pudo ser durante años motivo de sexualidad entre la sociedad estadounidense y parte del
resto del mundo.
La clave radica en el
momentum semiótico que la vio surgir. En un tiempo sin pornografía masiva
(por supuesto, existía la pornografía, pero era un placer reservado para privilegiados), sin televisión y, muy
importante, sin "heroínas" de papel, el personaje de Betty Boop arrolló la imaginería de su tiempo. Con sus
ligueros al descubierto, pantalones entalladísimos; de enfermera en minifalda o de camarera
ídem, recogía
múltiples fetiches que flotaban en el aire de la sociedad de los 30, que a duras penas salía del quebranto económico
y la fatiga anímica.
Asimismo, Betty Boop es un personaje de aventuras pedestres, cotidianas, sencillas. Es una campeona del
sex appeal, pero nunca una heroína a la usanza de sus contemporáneos masculinos. Por ello no es de extrañar
que se haya convertido más en un icono que en una leyenda.
Si el más grande inmigrante de todos los tiempos, Superman, dechado de poderes y virtudes, ha
muerto, resucitado y es hoy un rutilante contemporáneo nuestro, lo mismo que el triplemente
noir (oscuro en su psicología, oscuro en su entorno y oscuro en su estética) Batman, héroe mitológico por excelencia, no así
Betty Boop. No obstante, tampoco en un cómic para la gran familia americana, al estilo de Mickey Mouse. No, su
lugar está más acá del soft porno comiquero (primitivo y sencillo, pero ya embrionario) y más allá de Disneylandia.
Actualmente, en especial tras una rehabilitación de su personaje con motivo de su sexagésimo
aniversario a principios de la pasada década de los 90, existe un nuevo interés por la iconografía boopiana. Nuevos
fanáticos y adeptos han accedido al extraño encanto de Betty, aunque cabría especular si el interés de estos
noveles seguidores es meramente arqueológico o ciertamente hormonal, por llamarlo de algún modo.
Al respecto, es difícil pensar que tras el bombazo que resultara ser Lara Croft en la imaginería
iconográfica sexual de los tiempos que corren, un ser tan inocuo como Betty pudiera mantener esa misma fuerza
simbólica de la que gozara en otros tiempos. Entre uno y otro personaje el paralelismo es claro: ambos compilan
las necesidades, deseos y características de su época. Por supuesto, este hecho no excluye que Betty pudiera
seguir siendo la tremenda fémina del trazo que fuera, aunque tal vez con menos adeptos.
No obstante todo ello, el personaje se ha mantenido vigente en la larga serie de mundos posibles de
nuestra hechura que llega hasta hoy. Quizá una renovación contemporánea de su imagen pudiera revitalizar su
ahora dormido y alguna vez boyante atractivo sexual representativo. Prueba de ello son las innumerables
versiones no oficiales de su imagen con contenido porno explícito, conocidas en la tradición japonesa como
doujinshi. Al contemplarlas, es claro que Betty puede no tanto ser una estrella del cabaret, sino del cine XXX algo
muy acorde con este inicio del siglo XXI.
Finalmente, lo central del bonito personaje de Betty Boop es la radicalidad fantástica de su
significado simbólico. Por primera vez en la historia del cómic, un personaje femenino inequívocamente caricaturesco
(es decir, sin intención figurativa puntual, sino sólo evocativa) tocó fibras sensuales en el ánimo de sus
receptores; fue el gran ascenso del cómic sin más (es decir, que no pretendía ser una fotografía dibujada) al estrellato
de la popularidad sexual masiva, por más que su hechura fuera "inocente" y pudorosa.
Sin Betty y el camino de la estética popular que abriera al iniciar la segunda gran era industrial, no habrían sido posibles el resto de curvilíneas aventureras del cómic; de Batichica y Wonder Woman a
Vampirella y Lara Croft. Y, sí, quizá ya no como antaño, pero su imagen y atractivo siguen vigentes 70 años después,
más que bien cumplido por esta abuela de nuestros sueños húmedos de trazo, tinta y papel.
* * *
Una banda sonora jazzística
Una de las innovaciones interesantes que Fleischer introdujo con su creación fue la incorporación de
temas verdaderamente jazzísticos en algunas de las animaciones de Betty Boop. A manera de corto
documental, algunos de los episodios iniciaban con las estrellas del jazz ejecutando la pieza que serviría de banda sonora
al capítulo.
Fue la primera vez que esto se hacía en la industria. Poner jazz negro, de arrabal, profundo y decadente
en una animación para el gran público. Incluso, para algunos críticos, no sólo la incorporación de la música
jazz en algunas piezas de Betty, sino de la temática que envolvía a dichas ejecuciones musicales fue parte
importante del desarrollo de las historias de la primera época de la Boop. Temas de cabaret, sugerencias y alusiones al
uso de psicotrópicos como la marihuana y la heroína, desamor y una atmósfera semisórdida se encuentran
en salpicaduras, aquí y allá, en algunas de las narraciones visuales de Fleischer.
La primera aparición de uno de los grandes del jazz en estos cortos introductorios fue la de Cab Calloway, en 1932, en el episodio Minnie the Moocher; apareciendo también posteriormente en los cortos The Old Man of the Mountain y Snow White. Por igual, Louis Armstrong hizo su aparición en I'll be Glad When You're Dead You Rascal You, del mismo año de 1932.