La servidumbre de los periodistas responde
a los intereses políticos de los medios
María Antonieta Barragán / Almudena Grandes
Almudena Grandes es fuerza y radicalismo que no entiende lo "políticamente correcto". A los 28 años escribió Las edades de Lulú, novela erótica que subió la calentura de más de uno, y para la que hoy guarda buenos recuerdos pero reconoce como "mal escrita". Luego vendrían tres novelas más, Te llamaré viernes, Malena es un nombre de tango y Atlas de geografía humana, y desde hace unos meses arremetió con Los aires difíciles.
Durante su estancia en México habla con etcétera de varios temas, entre ellos acerca de la relación cada vez más estrecha entre periodismo y literatura, sobre Gabriel García Márquez, y los medios de comunicación españoles.
La discusión interminable sobre periodismo y literatura, esa mancuerna al parecer ha tomado nuevos
derroteros pues cada vez se comprueba que los escritores andan en la búsqueda de historias y en eso el periodismo representa una veta amplia de argumentos. ¿Qué opinas?
Creo, en efecto, que como nunca el periodismo y la literatura están más cercanos. Precisamente por eso
yo escribo en los periódicos. Lo hago en
El País Semanal en una columna donde prácticamente lo que hago
son artículos narrativos, una especie de cuentos brevísimos. En ellos describo la realidad de una manera
muy particular pero literaria. De igual manera, hay muchos periodistas, o los periodistas buenos, que al
mismo tiempo toman en cuenta fórmulas narrativas más estilizadas y literarias porque están preocupados de que
sus investigaciones periodísticas, crónicas o reportajes tengan una belleza en el lenguaje. Dice Manuel Vicent
que el periodista que ama la palabra, la belleza y la precisión es un escritor mientras escribe.
Ahora, en cuanto a los escritores, luego de la muerte de la experimentación formal de la novela que
murió de muerte natural porque nadie la mató ésta se ha centrado más en los argumentos, en una historia
que contar. Todos estamos escribiendo novelas donde se mezclan géneros que hace 20 o 30 años eran
impensables. Se toman constantemente préstamos de otros recursos narrativos y en eso veo un flujo constante
entre la ficción y la no ficción. El resultado es una literatura a partir de la no ficción y textos de no ficción con
una intención literaria.
Creo que por eso hay, como nunca, ese acercamiento tan estrecho entre literatura y periodismo aunque
me parece que es más mérito de los escritores porque están buscando historias, ahí está ahorita la experimentación.
Bueno, los latinoamericanos tenemos una referencia de esta combinación, entre periodismo y literatura,
en la pluma de Gabriel García Márquez.
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Almudena Grandes |
Yo admiro mucho a García Márquez, y no es Almudena Grandes la que lo está admirando sino
cualquiera que haya leído esos libros tan memorables que ha escrito. Y han sido más de uno, y no es cualquier cosa.
Yo lo disfruto pero no puedo escribir como él. Allí está la diferencia entre Europa y Latinoamérica. Es de los
pocos que se han inventado cosas de verdad. Sus grandes hallazgos los puedo disfrutar como lectora pero no los
puedo aplicar como escritora. Yo no puedo dudar de la contundencia de la realidad pues pertenezco a un
mundo donde la realidad es una. Yo no puedo escribir que están lloviendo ranas, nadie me lo creería. En todo
caso, hay otros escritores latinoamericanos, como Mario Vargas Llosa, con quienes me identifico más pues tiene
un registro más próximo al mío.
Pero eso sí, mis libros entrañables de García Márquez, además de
Cien años de soledad, es La cándida
Eréndira y su abuela desalmada, y sus relatos.
Sin embargo hubo una generación de escritores latinoamericanos posteriores al
boom, y ahora, más recientes, que han renegado del autor colombiano, han dicho basta de realismo mágico y se han ido al hiperrealismo.
Es algo como lo que pasó con la Generación del 27 en España. No es fácil como escritor cargar con ese
peso, con esa herencia literaria sin que te paralice o te provoque rebeldía. Sin embargo, siempre hay que hacer
ajustes y remontar y encontrar tu propio estilo. Con el
boom latinoamericano pasó lo mismo y es conmovedor
y comprensible. ¿Qué ocurrió? Que produjo muchos imitadores porque el resplandor deslumbra y luego,
pues llegó el rechazo. A mí me parece un error pero lo entiendo. Y ahí tenemos un cúmulo de escritores
latinoamericanos buscando salidas y escribiendo como estadounidenses o alemanes por no poder enfrentar ese
estigma. Pero también veo ahora a escritores de mi edad que están volviendo a escribir como latinoamericanos
sin pretender emular al boom. Ese es el camino.
A propósito del periodista vemos que en la actualidad ha sufrido transformaciones, la más grave, es
que ha olvidado la responsabilidad social de su oficio. El periodismo ha entrado en una vorágine del mercado
donde el espectáculo de dar información o noticias sólo reporta frivolidad e intrascendencia y, por supuesto,
ventas y ganancias.
Yo no sé cómo estén las cosas en México pero en Europa está pasando algo que es muy complicado
y peligroso: la acumulación de medios en manos de pocos grupos. Eso resta, por supuesto, independencia
y capacidad de análisis a la prensa escrita. Los periodistas no sólo tienen que tener en cuenta a su director
que finalmente termina siendo un títere manejado por intereses de los verdaderos dueños de los medios que
sólo persiguen beneficios políticos y económicos, y que saben de su capacidad de cambiar la tendencia política
de un país. No hay que ir muy lejos, tenemos el caso de Italia. El que tiene la información tiene el poder, así
de simple. Ya no se trata del cuarto poder, es el primer poder. Mira, yo soy una española de la generación de
los 60, viví toda la efervescencia de la postransición, de la primera democracia, la llegada de la izquierda al
poder, y siempre tuvimos una convicción que las cosas en las que habíamos avanzado y que se habían hecho
eran definitivas. Ahora ya nada es definitivo y, lo peor, muchas cosas van hacía atrás, así que no me
sorprendería, en cualquier momento, volver a las cavernas.
Entonces, en un momento como éste en que hay tanta tensión en el mundo y viviendo la influencia
del pensamiento único y que cada vez lo abarca todo, los medios de comunicación lo que hacen es promoverlo
y alejarse cada vez más de la verdad y de no contarnos lo que realmente está ocurriendo. En esas
condiciones, la servidumbre de los periodistas responde a los intereses políticos de los medios de comunicación y me
parece muy grave.
Desanimas. Eso quiere decir, según tus apreciaciones, que veremos a los periodistas cada vez más alejado
de una ética social.
Mira, es como cuando me preguntan por el mercado y la literatura donde cada vez vemos más basura
y menos afanes literarios verdaderos. Cualquier cosa corrompe en la medida que un individuo es corruptible.
Y te lo digo porque tengo un contacto constante con los medios de comunicación y aunque sé que hay
periodistas insobornables, cada vez son menos. Pero lo que habría que preguntarse es por qué los insobornables que
cubren información nacional o temas serios, terminan en la sección de espectáculos cubriendo estrenos de cine.
No está fácil, el mundo está muy feo.
Me llama la atención esa fascinación de los españoles por su monarquía, y me parece una aberración
política y social.
¡Yo no tengo ninguna fascinación! Y es más grave que una aberración política y social, es una
aberración filosófica. Es un contrasentido absoluto que un país donde en el primer artículo de la Constitución se dice
que todos los españoles son iguales ante la ley haya una monarquía. Esto tiene que ver con lo que los
españoles llaman transición que para mí no es.
Hay autocrítica en algunos sectores españoles en este sentido.
Se empieza a dar, pero sobre todo, en la literatura, en el cine, en algunos pensadores políticos. Unos
pocos intelectuales luchamos por este tipo de debate pero a las empresas periodísticas no les interesa.
Por eso en Los aires
difíciles has retomado las consecuencias emocionales que dejó la Guerra Civil.
Es un intento de llamar la atención sobre un determinado tipo de tragedias pequeñas, opacas y
desagradables, de las que la literatura española no se ha ocupado. Sobre la Guerra Civil se ha escrito demasiado y se
ha escrito poco. Se habla del heroísmo, de los dramas de la victoria, del destino de los guerrilleros
antifascistas, de las familias exiliadas, en fin, todo eso que brilla y tiene una contundencia heroica. Pero de los
efectos emocionales, de las vidas fracturadas, de los sobrevivientes que se imponen a su destino, de esos nadie
habla, y esos son, justamente, los personajes que a mí me interesan, los que me conmueven. Son personas
condenadas a la tristeza, a la humillación, esas son las historias que yo quiero contar.