Leonardo Curzio
A Ricardo Raphael
Que las pasiones políticas puedan nublar el juicio me parece algo comprensible, en la lucha por el poder es frecuente
que se pierdan los estribos y la serenidad tienda a esfumarse. Sin embargo, cuando las pasiones llevan al desprecio y el
olvido de los principios, el asunto reviste ya algún grado de peligrosidad. Si este riesgo atañe a los actores políticos, a
mayor razón concierne a los medios de comunicación. Me explico.
Es fácilmente constatable que en el nuevo contexto que vive el país los medios han ejercido a plenitud su libertad
de expresión y haciendo uso de ella investigan, denuncian, aclaran, se abren a las polémicas nacionales y también
-marginalmente hay que decirlo- militan políticamente.
Algunos medios han considerado que deben jugar un papel de participantes activos en la lucha por el poder.
Hay quienes, por ejemplo, suponen que su función es intervenir en la sucesión presidencial y evitar que un populista, amigo
de la opacidad, llegue al poder. Otros, por el contrario, siguen sin digerir los resultados de 2000 y viven convencidos de
que algún momento este sufrido y noble pueblo fue desviado de su imperial curso hacia la democracia genuina -la de
ellos- por las oscuras fuerzas de la derecha y ahora militan desde la trinchera mediática para sacarlo del error.
Militar, como medio en cualquiera de los sentidos, me parece una traición por partida doble. La primera tiene que
ver con la convicción del periodista de informar con objetividad. ¿Puede uno reivindicar la neutralidad cuando se
asume implícitamente como el órgano semioficial de una fuerza política? La segunda es a los lectores -o a la audiencia-
que esperan de los medios información útil para la sociedad a la que sirven y no ideología. Ser un saco de coartadas para
el poder; o un carcaj de flechas envenenadas para los enemigos del príncipe es una de las más humillantes situaciones en
las que un medio puede caer.
Pero regresemos al argumento central. Si los medios caen en la tentación de militar, malo. Si además su juicio se
nubla por el fragor de la batalla, peor. Pero si renuncian a principios como respetar la intimidad de una persona para
hacer todavía más ruidosa la guerra, entramos ya en zona de catástrofe.
No es cuestión de enredarse en una maraña axiológica para elucidar esta cuestión de la frontera entre lo privado y
lo público. Hay un razonamiento que nos aclara si hemos abandonado el principio de respeto a la esfera íntima de un
personaje. Consiste en preguntarnos si la misma nota sería igualmente publicada si los nombres fueran otros. Dicho de otra
manera: la ojeriza que algunos medios le profesan a la esposa del Presidente, ¿los autoriza a publicar intimidades de su
anterior matrimonio?
Yo creo que no, que el derecho a la intimidad es un bien a proteger por encima de cualquier otra consideración e
invocar el interés público para traspasar la frontera me resulta equívoco y riesgoso. Aceptar que Marta Sahagún ha abierto a
los medios las puertas de la "cabaña" es una cosa y otra muy diferente que haya autorizado que se publicaran intimidades
de su pasado. No veo consistencia argumental en que una persona pública no tenga vida privada y en última instancia
si suponemos, sin conceder, que así fuera, la publicación de intimidades matrimoniales con las anteriores parejas de
los señores Fox y Sahagún vulnera los derechos de un señor llamado Manuel Bibriesca y de una señora llamada Lilian de
la Concha, cuyas vidas no tienen la menor relevancia en el concierto nacional y a pesar de ello fueron publicadas sus
historias de alcoba.
Me parece, en resumen, que debemos revisar nuestros principios y restaurar, por el bien de todos, la frontera entre
lo público y lo íntimo. Seguir por la vía de publicar lo que sea, si ello es útil a una causa política nos puede llevar a la
espiral de la infamia.
El odio a Marta -o acaso el temor que despierta- no justifica que entremos a un juego de relativismo para
justificar violaciones del derecho a la intimidad, como no se justificaría con otro personaje. Los principios son para guiar
nuestro ejercicio no para ponérnoslos por montera.