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La respuesta está en la utilidad: los periódicos deben hacerse tan necesarios como un electrodoméstico. Hacer parte del día a día, de la cotidianidad, que sigan estando en el desayuno, en el carro, en el lugar de trabajo antes de iniciar la jornada, en fin, que sean de una utilidad mecánica y esencial.

Hay dos posibles modelos que sobrevivirán: los diarios perspectivistas y los diarios de proximidad. Los primeros son aquellos que tienen el propósito de contar el mundo al mundo. Ejemplos son Le Monde y New York Times, que tienden a dejar de lado la actualidad y la noticia y se concentran en hacer análisis, en explicar con profundidad y contexto las cosas que suceden. Se han adaptado a ese espacio, es algo que se reconoce desde sus titulares, que no siempre son noticiosos. Los perspectivistas son diarios que necesitan muchos más periodistas en la redacción.

Para los de proximidad, el mundo prácticamente no existe porque su razón de ser es informar acerca de todo aquello que no se sale de las fronteras de la ciudad o el lugar donde son publicados. Deben estar tan especializados como para lograr encarnar su propia localidad en forma de diario. Esto en respuesta a que la globalización ejerce una presión sobre la prensa y la conduce a mirar sólo su inmediato alrededor; si el crecimiento de los periódicos se ha estancado, si las ventas ya no suben, los diarios deben darle a la gente información cercana a su realidad y que le ayude a vivir mejor.

Los diarios de proximidad tienen que diferenciarse de los demás, tienen que derrotar la competencia o cubrir un espacio que no ha sido alcanzado antes por otro medio.

Ya sea para dibujar el paisaje del mundo para el mundo (perspectivista) o para advertir con lupa lo que importa a los vecinos del barrio (proximidad), cada diario tiene que diferenciarse de los otros, apropiarse de un nicho del mercado y hacer mejor que nadie lo que se propone. Y sobre todo, tiene que volver a ser necesario.

2. Ser periodista

El periodista es una suma de todo aquello que no es. Es un poco historiador, un poco sociólogo, un poco antropólogo, un poco novelista, un poco político. Acude a las hemerotecas y a todo tipo de archivos para rescatar datos y reconstruir la historia, pero no es un historiador; tiene algo de sociólogo porque todo el material en bruto con que trabaja no tiene otra naturaleza que las problemáticas sociales; es antropólogo cuando recorre las calles y se fija en las caras, en las formas de hablar, en los acentos, en los estilos, todo eso sirve a los periodistas y los buenos lo absorben y le otorgan la importancia necesaria a la hora de escribir una noticia. El periodista también es un novelista: utiliza elementos de técnica narrativa, cuenta las historias con la aproximación que corresponde, muestra escenarios, personajes, protagonistas y relata la evolución de los acontecimientos. Tiene bastante de político cuando se funde en ese ambiente próximo al poder, cuando va y viene por sus corredores. Si resulta que es todo eso sin serlo, entonces, ¿qué es el periodista?

El verdadero periodista es quien logra pensar una maquinaria de representación de la realidad llamada periódico. Periodista es quien, a través de ello, se convierte en un agente social importante, en el estadio en que la sociedad encuentra facilidades para hablar consigo misma. Pero después de hacer una minuciosa evaluación de cada uno de los periódicos latinoamericanos se encontró que la mayoría están desarticulados y no tienen coherencia interna. Erradamente se impone la concepción de que para ser periodista basta con publicar periódicamente una columna en cierto espacio del diario.

La complicada labor del periodista consiste en hacerle saber a la sociedad qué y quién es. Decírselo, sin buscar agradarle, sin estar de un lado o de otro, es periodismo de calidad. Adelantemos decir que la escritura periodística prescinde de inyecciones de bondad; ante una situación de guerra, el periodista no se puede proponer hacer la paz, él no da de beber al sediento ni reemplaza al ministerio de obras públicas.

La palabra escrita es el instrumento que el periodista tiene para contar la sociedad a la sociedad. Lo único que puede hacer es representar la realidad, jamás reproducirla. Nadie puede decir "yo he contado las cosas como pasaron". Lo anterior porque los hechos existen desde el momento en que se escriben. Pensemos en un asesinato con arma blanca: ¿cuándo comienza ese hecho?, ¿en el momento en que le clavan el cuchillo a la víctima?, ¿en el momento en que el asesino brilla la hoja del cuchillo planeando escrupulosamente el asesinato?, ¿en el momento en que la víctima hace contacto visual con su homicida?, ¿cuando el cuchillo se ensucia de sangre? El periodista decide dónde comienza y dónde termina un hecho. Hablar de representación de los hechos conduce siempre a una discusión bizantina sobre la objetividad. De una vez tengámoslo claro: no existe la objetividad, existe el fair play. La representación de los hechos y el trabajo periodístico en general siempre tiene una dosis de subjetividad inevitable, los mensajes cambian incluso dependiendo de algo tan elemental como la foto que los acompaña o la sección en que son publicados.

Teniendo esto en cuenta, lo que queda por hacer es un trabajo con subjetividad controlada y con buena fe. Un periodista trabaja apasionadamente pero sin preferir algo. Si su cometido es representar los hechos sin asomar calificaciones de bueno o malo, lo mejor por hacer es ser honrado, porque tampoco existe una ética específica para periodistas. Trabajar éticamente es lo mismo que trabajar profesionalmente. Si hay valores para ser buen periodista, son los mismos de cualquier buena persona comprometida con su trabajo. Reconocer los errores y hacerlo público en el periódico, por ejemplo rectificando una información que afecta el buen nombre de alguien, habla de profesionalismo. Y profesionalismo acompañando cada decisión, no sólo la de establecer el inicio y el final de un hecho.

Volviendo a la idea de ser necesarios, antes de escribir, el periodista tiene que entender en su totalidad lo que va a contar, y antes de publicarlo, además de dar fe de su veracidad, debe estar seguro de que hacerlo es de utilidad para el lector. Antes un periodista salía como con una cestita a recolectar información para publicar una noticia al día siguiente y le tomaba buen tiempo y dedicación hacerlo, en cambio hoy tiene que ser meticuloso: casi no tiene que salir del periódico porque abundan las personas que se pelean por llenarle la agenda con la información que les interesa sea publicada. Lo más cómodo sería publicar lo primero que nos envíen, pero el buen periodista recicla sólo lo que es de utilidad para el lector.

3. El editor y el periódico

Cada periódico es independiente y se plantea a sí mismo como quiere: establece su lugar en la sociedad, su punto de vista, los límites de interpretación y de pensamiento que va a admitir a sus redactores, su concepción de los géneros de escritura periodística. Un periódico, cualquiera que sea, es algo pensado. No importa cómo ha sido concebida esa política editorial que el editor está llamado a hacer cumplir, lo importante es que sea coherente con su propio proyecto. Y como responsable de los contenidos publicados, el editor debe garantizar que se cumpla con todo aquello que el periódico ha establecido como su política editorial.





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