Miguel Ángel Bastenier
1. Los diarios de papel
El periodismo de papel enfrenta hoy una amenaza distinta a la que superó en los años 20 con la aparición de
la radio y en los 50 con la de la televisión: los ordenadores e Internet están ocasionando que se pierda el hábito
de comprar y leer diarios. El acto suntuario de entregar unas monedas y recibir a cambio un fajo de papel que
nos informa sobre nuestro entorno está desapareciendo.
En los años 20 se creyó que la radio era un golpe mortal contra el periodismo pues no requería una
inversión grande de tiempo como la de los diarios para preparar una edición y la transmisión de información era más
rápida. Pero eso no sucedió, al contrario, la radio contribuyó al desarrollo de la prensa. Treinta años después, con la
aparición de la televisión y el aplastante peso de sus imágenes, se ponía de nuevo en peligro el futuro de los periódicos.
Esta vez el periodismo de papel tampoco tuvo que temer.
El periodismo, el bueno, fue y es perfectamente capaz de sobrevivir a la televisión: la prensa es aquella que
se toma el tiempo para la difícil tarea de explicar el mundo al mundo.
El 13 de septiembre de 1993 se firmó en los jardines de la Casa Blanca el presunto acuerdo de paz entre
palestinos e israelíes. La retransmisión mostraba con
zoom y primeros planos los abrazos y apretones de manos de los
dirigentes; parecía no haber forma de superar informativamente la cobertura de ese hecho. Pero se hizo una encuesta a
los televidentes preguntándoles por lo que habían visto. El resultado: nadie había entendido algo de lo que
estaba sucediendo.
Un periódico capaz de responder preguntas, de enterar a la gente de las cuestiones mínimas que le atañen a
su vida, de decir cosas como cuánto cuesta y para qué sirve algo, es un periódico que puede sobrevivir al reto de
la televisión instantánea.
Pero la amenaza de los ordenadores e Internet es distinta. Desde la década de los 80 el mundo tiene la
posibilidad de comunicarse con el mundo en tiempo real. Los periódicos están siendo víctimas de una explosión informativa;
los avances tecnológicos han permitido que la información nos persiga a todas partes y la capacidad de las personas
para absorberla por medio de la lectura de los diarios está siendo desplazada.
Desde 1995 no aumenta el número de diarios en activo en Europa y Estados Unidos. La cifra del número
de ejemplares vendidos se encuentra estancada (Asia es el único continente en donde aumenta). Cada año se
venden menos diarios, cada vez nacen menos diarios, cada vez son menos necesarios.
Cualquiera se puede comunicar fácilmente al margen de la prensa. Nos encontramos ante una realidad que
acecha: ya no somos imprescindibles, tal como se publican hoy, los diarios podrían dejar de existir. Entonces, ¿qué
hacer para sobrevivir en un mundo que no nos necesita?
Para los diarios de América Latina, donde la democracia, la educación y el desarrollo es menor que en
Europa, hay que hacerse unas preguntas más: ¿tendrá tiempo la prensa de desarrollarse para oponer resistencia al
fenómeno de globalización?, ¿está en condiciones de hacer un periodismo que pueda sobrevivir?
La prensa de nuestros países tiene poca capacidad de atracción social y su credibilidad es mínima: influida por
los poderes locales, no tiene autonomía. Los diarios de América Latina no han podido generar un mercado propio y
ése es su gran problema, que no tienen lectores. Un periódico debe tener un mercado firme que lo sostenga y le
dé credibilidad.
Son pocos los diarios latinoamericanos que se pueden señalar como el gran órgano de información
representativo de su país, es decir, un diario capaz de explicarle su país al mundo y el mundo a su país.
El número de ejemplares de prensa vendidos por cada mil habitantes, valor que habla de su penetración en
la sociedad, es muy bajo. Incluso antes de la crisis, Argentina, uno de los más desarrollados, vendía como mucho
80. Son dudosas las cifras en este continente; siendo generosos en el cálculo, en Colombia tan sólo 20 de cada
mil habitantes compran un diario. El panorama de ventas de diarios en el resto del continente es también muy bajo.
Lo anterior en contraste con países como Inglaterra, con 270 periódicos vendidos por cada mil habitantes o Escandinavia, con 500, lo que significa que en cada familia tienen de a dos o tres diarios.
No por casualidad se dice que Internet es la autopista de la información. Autopista que además parece haber
sido construida sobre el terreno que había sido destinado al periódico de papel. Los lectores se han volcado a las
pantallas; la negra realidad que amenaza al periodismo de papel -y no distingue entre periódicos europeos, latinoamericanos
o estadounidenses- son los diarios en Internet.
Estar en Internet es un mal necesario que da pérdidas a los periódicos. Es simple, es mercado, es
competencia: mientras el ABC de Madrid esté en Internet, también lo estará
El País. La paradoja de la Internet gratuita es que
se muere de éxito: cuanto más se tenga, más dinero se pierde. Cuanto más se tengan que ampliar los servicios
electrónicos, más plata se pierde. De manera que los diarios se están comiendo a sí mismos y al mismo tiempo saben que
no pueden librarse de Internet.
A pesar de eso, los diarios digitales tienen unas características desfavorables que todavía les permiten
defenderse de los de papel. Por ejemplo, parece suficientemente comprobado que se lee mejor en papel que en una pantalla.
La pantalla cansa la vista y el cuerpo, en cambio un periódico permite ser leído sentados de cualquier manera o, si
se quiere, acostados. El diario es un objeto físico que podemos doblar y leer como queramos. Dos folios de
literatura política de calidad en un diario de papel se leen de corrido, en cambio la pantalla nos agota sin hacer mayor esfuerzo.
Volvemos a la pregunta: ¿qué hacer para sobrevivir en un mundo que no nos necesita?