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Lady D




Laura Islas Reyes



Ilustración: Swintucha

Había dos cosas que molestaban sobremanera a Lady D durante sus últimos días en el instituto: los pasteles y las goteras. Sabíamos que de veras había que tener cuidado si a alguno de nosotros ­sobre todo sucedía con quienes eran recién llegados­ se le ocurría hornear un pastel para las clases de cocina. Creo que , por aquellas fechas, apenas mezclar el harina con la leche o almendras molidas y los huevos con ralladura de naranja hacía que Lady D desatara sobre nosotros una retahíla de insultos y filosas ironías, acusándonos de dar volumen y hornear toda nuestra mediocridad junto con los ingredientes de aquel pastel. Y entonces ya sabíamos todos que podíamos hacer galletas, gelatinas, flanes, crêpes o soufflés dulces ­éstos últimos eran los favoritos de Lady D­, cualquier cosa, excepto pasteles.

Además, estaban las goteras. La época de lluvias de veras hacía aguas en algunas habitaciones. Había que cuidar que Lady D no se topara con alguna de ellas, porque entonces emprendía la obsesiva cruzada de mandar traer no a un albañil o un plomero, ella era capaz de buscar a ingenieros, arquitectos, restauradores, toda una solemne comitiva que se reunía para asentir ante el asombro, el pánico y la furia ­en ese orden de Lady D que señalaba escandalizada la minúscula gota de agua sucia que caía con el peso de la mirada atenta de todos, hasta el tacho de basura que alguien colocaba providencialmente para evitar que la gotera terminara por manchar la exclusiva alfombra del despacho.

Una vez me tocó presenciar una de esas extrañas reuniones, era octubre, lo recuerdo bien porque de la ventana podía ver la alfombra de hojas caídas y lodo que las lluvias de la noche anterior habían dejado. Debo decir que antes de eso no me tragaba fácil aquellas historias de Lady D perturbada por una cuestión de impermeabilizantes. Yo estaba en el despacho de Lady D, sentado frente a ella mientras Celine permanecía a mi costado, vigilante y con gesto severo. Ambas llamaban mi atención, Lady D con grandes manoteos y Celine en silencio, con una expresión muy suya de torcer sus delgados labios y apretar el entrecejo en una mueca de total desaprobación.

Lady D había mencionado algo sobre mi impertinencia y me acusaba de mentir e inventar cosas sobre algunos miembros del personal, cuando la gotera empezó a resbalar con discreción, pero eso fue suficiente para que comenzara aquella especie de aquelarre de ingenieros y constructores que después de saludar solemnemente, se disponían hasta remover las entrañas de la construcción para solucionar el molesto problema.

Así eran los días en el instituto. Cuando no había nuevos que quisieran preparar pasteles ni chubascos que alcanzaran a salpicar los tapetes nuevos, las cosas iban, o al menos eso se podía decir, normales, casi sin sobresaltos, permitiéndonos continuar con la inercia permisiva de nuestro trabajo, hasta que volvieran las goteras o algún novato tuviera la genial idea de cocinar un pastel.

Al principio no fue fácil acostumbrarnos a esas pequeñas manías de Lady D, pero al tiempo terminamos por aceptarlas como una condición natural más de vivir en el instituto, lo mismo que también nos habituamos al metódico taconeo de sus zapatos negros y hebillas grandes de plata, a las intrigas constantes de Celine y los adjetivos improbables que le gustaba proferir para describir los felinos ojos verdes de Lady D, al radio viejo que ambas guardaban como objeto de veneración en el despacho, sobre una carpeta fina de croché color crudo.

Ese radio. A mí me gustaba mucho ese radio, y creo que por eso en el fondo Lady D me simpatizaba más de lo que habría deseado, por la extraña devoción que brindaba hacia aquel aparato inútil que orgullosa mostraba a sus visitantes.

A veces se me ocurría pensar que ella tomaba todas las decisiones sobre el instituto y sobre nosotros basada en un mover de perillas y manivelas, presionando los botones de aquel radio. La imaginaba sentada con su elegante aspecto como el de las damas de la nobleza, concentrada en los mensajes secretos que el dial del vetusto transmisor podía darle, como si de lejos en espacio y tiempo le vinieran unas voces reveladoras. Y mientras Celine tomaba nota con escrupulosa atención, Lady D casi sumida en un trance radiofónico resolvía así las grandes efemérides que nos afectarían a todos. Entonces salía resuelta a que, por ejemplo, los jardines del instituto literalmente fueran levantados y barridos para ser reemplazados por costosos adoquines, o que en la próxima fiesta de Epifanía cada uno de nosotros tendríamos una enorme y costosa rosca de reyes. (Aquella decisión derivó, recuerdo, en montones de pan reseco y duro que tuvimos a bien convertir en mendrugos para alimentar a las palomas, después de que comimos rosca de nuez durante semanas.)

Debo reconocer que esa imagen de Lady D supeditada a los dictados del dial me impactó mucho, a tal grado que no supe cuando empecé a creer que en efecto, así era la dinámica que explicaba todas las decisiones que se tomaban en el instituto, y aquel hermoso radio había pasado de ser una pieza de colección a un objeto litúrgico y cabalístico. Incluso creí firmemente que llegado el momento de la salida de Lady D y su radio, el instituto devendría en un caos total o, al menos, en un limbo oprobioso.







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