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Cuando un día dejé escapar mis sospechas al respecto, sólo conseguí que más de uno escupiera una ruidosa e hiriente carcajada en mi frente. De dónde había sacado yo tal ocurrencia, no tenía idea, quizá de mi gusto por aquel radio, pero mi maravillosa hipótesis no tenía nada que ver con lo que pasaba en realidad.

Lady D casi nunca sabía qué hacer, ni siquiera si comprar roscas de nuez, vainilla o naranja, y entonces siempre acudía al consejo de Los Notables. Por supuesto que no se llamaban así, pero los que tenían más tiempo en el instituto me lo explicaron: ella pagaba por aquellos consejos, y lo hacía muy bien. Millones, era capaz de firmar un cheque tras otro, con un montón de ceros, para que alguno de Los Notables le dijera de qué color habría que pintar la estancia que hasta entonces era gris y de pronto había la imperiosa necesidad de convertirla en lavanda.

La revelación me pareció vulgar, casi tan increíble como mis bocetos de ella practicando una extraña mancia con aquel vejestorio radiofónico de su despacho, mientras Celine bajaba a papel tan importantes revelaciones. Así que al principio me negué firmemente a creerlo, pero después la lluvia de ejemplos dejó más goteras en mi negativa a aceptarlo que los aguaceros de octubre en las habitaciones del instituto. Y recordé algunas de las visitas misteriosas que Lady D recibía todos los días, todos Los Notables ­ahora sabía que eran ellos­ con el rostro serio y una carpeta bajo el brazo mientras ella respiraba con alivio al escucharlos; a partir de ello logré hilar algunos cambios en el instituto que sólo entonces tenían cierta lógica, al explicarlos a la luz de los consejos que Lady D recibía, o más bien compraba y a precio muy alto.

Creo que en ese momento fue que perdí el poco afecto que sentía por Lady D, que a partir de entonces me pareció tan banal y falsa, como su acento gutural al pronunciar mi nombre, así que decidí desacralizar toda aquella estúpida idea del radio.

Era diciembre y hacía mucho frío, en el instituto el viento se cuela por los pasillos y se resiente en los huesos. Lady D estaba ocupada en una pila de papeles cuando yo entré al despacho. Preguntó qué hacía yo ahí, a esas horas y sin haber llamado a la puerta siquiera. Celine, vigilante, permanecía en la silla que se encontraba debajo de la gotera reparada meses atrás.

Sólo recuerdo que descargué el metal sobre el radio. Los gritos de Lady D tan agudos casi me obligan a detenerme, pero mi rabia era mucho mayor que aquellas advertencias.

Lady D se abrió paso hasta mí para abofetearme, yo había soltado el tubo que en la tarde conseguí arrancar del baño. No estaba arrepentido y los jaloneos de Lady D me hacían sentirme como fuera de mí hasta que ella fue la que tomó aquel pedazo de cañería para preguntarme dónde, de dónde diablos lo había sacado.

Moví los hombros en respuesta. Y de nuevo vinieron los gritos y la gotera que ya era una tragedia de agua pastosa y parda encharcándose. Sólo alcancé a ver cómo Celine rescataba un cheque de dos millones del piso trágicamente húmedo, el cual Lady D firmó con un llanto contenido antes de dejar el despacho y no volver la vista atrás. Ella sabía que vendría lo peor.


Editora de etcétera.
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