Raúl Fuentes Navarro
Hay muchas evidencias inmediatas para afirmar que la investigación académica mexicana en el campo de la comunicación, en cuanto producción de conocimiento, acusa un creciente rezago en relación con su "objeto" primordial de estudio: la multidimensional operación social de los medios de difusión masiva. En términos generales, esta afirmación es compartida tanto en los ámbitos académicos como en los demás sectores sociales preocupados por esta "multidimensional operación", sus implicaciones y consecuencias. Hay una especie de supuesto tácito sobre la importancia del aporte de la investigación académica que no se ve correspondido en los resultados conocidos, desde puntos de vista tan dispares como los de los propios académicos, estudiantes de comunicación, profesionales y funcionarios de los medios, diseñadores de políticas y tomadores de decisiones en las más diversas esferas de la vida pública.
Sin embargo, la investigación ha crecido sostenida y consistentemente en México durante las últimas tres
décadas, al mismo tiempo que ha alcanzado algún grado de legitimidad científica y social. Al menos en la más inmediata
de las escalas en que Sánchez y Fuentes propusimos hace algunos años a esta actividad como sujeta a una condición
de "triple marginalidad", algunos avances se han conquistado.
Pero el planteamiento general sigue siendo válido:
La investigación de la comunicación es marginal dentro de las ciencias sociales, éstas dentro de la
investigación científica en general, y esta última a su vez entre las prioridades del desarrollo nacional. Por todo esto
sostenemos que la naturaleza, orientación y posibilidades de la investigación de la comunicación y en ciencias sociales en
general, están determinadas por factores estructurales que van desde el nivel de desarrollo de la formación social
analizada hasta factores culturales e ideológicos como la cultura científica general en la sociedad y las ideologías
profesionales de la comunidad de
investigadores.1
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No obstante, el estudio sistemático de los factores
específicos de "la multidimensional operación social de
los medios de difusión masiva" está sujeto a cambiantes condiciones científicas y referenciales, que hacen más
complejo su desarrollo y que hay que considerar al evaluarlo. En un recuento reciente del estado de la "teoría y la
investigación en comunicación masiva" en Estados Unidos, se parte de la dificultad que proviene de que esas tareas "están
articuladas con cambios en los medios que aportan el contenido y el contexto de los procesos, efectos, sistemas e
instituciones que estudiamos".
2 La lista de factores que apuntan Bryant y Miron es ilustrativa:
a) Todos los medios están sufriendo cambios dramáticos en su forma, contenido y sustancia, explicables, en
parte, por la noción
de convergencia.
b) Nuevas formas, como Internet, están alterando el modelo tradicional de la comunicación.
c) Los esquemas de propiedad de los medios están modificándose rápidamente y sin considerar a veces
que tienden a ignorar las necesidades de entretenimiento, información, educación, políticas y sociales de sus
audiencias y los potenciales problemas que estos movimientos acarrean para las sociedades donde se insertan.
d) Los patrones y hábitos de consumo en las audiencias están cambiando.
e) La familia sufre cambios notables, que afectan a su vez los impactos de los medios en el bienestar
psicológico y cultural.
f) Incluso en los ámbitos domésticos más estables y tradicionales, los medios
interactivos están redefiniendo
la vida cotidiana.
De manera que, aun donde la investigación cuenta con respaldos estructurales (científicos y financieros,
culturales y políticos) incomparablemente más amplios y sólidos que en México, el desajuste entre "demandas
sociales", orientaciones y resultados, en términos del conocimiento sobre los medios y la comunicación masiva, genera
también una insatisfacción creciente.
En los últimos diez años, el apoyo estatal al sistema científico nacional se ha mantenido muy por debajo de
0.5% del PIB, cuando los estándares internacionales recomiendan al menos el doble para un país en la situación de
México, a pesar de que la meta de alcanzar 1.0% en 2006 se llegó
incluso a imprimir en la ley del sector, sin que se
hiciera efectiva. Menos de 30% de ese gasto se ejerce en las universidades, que en la última década ha estado creciendo y reestructurándose.3
En consecuencia, hay una fuerte precariedad de recursos, sobre todo la que implica amplia
cobertura poblacional y técnicas de generación de datos empíricos "en
campo",4 si bien esta precariedad no es nueva.
En 1995, el Sistema Nacional de Investigadores contaba con poco más de cinco mil 800 miembros; una
década después, algo más del doble. Entre ellos hay al menos 50 investigadores de la comunicación, cuando diez años
atrás había sólo 15. Pero si calculamos que por cada miembro del SNI hay otros tres investigadores en activo,
diríamos que en México hay alrededor de 200 en comunicación, la mayor parte de ellos concentrados en cinco o
seis
universidades, prácticamente las mismas que hace una década. Y aunque ha crecido, el apoyo para que se
formen nuevos investigadores en los programas de postgrado nacionales o extranjeros, la "tasa de absorción" profesional
de los egresados es menor que la necesaria. En el mercado laboral académico mexicano hay quizá más restricciones
que en otros. La "reproducción" de la comunidad de investigadores es por ello más lenta y limitada de lo deseable
y posible.
Aunque operan en el país más de 300 programas de licenciatura en ciencias de la comunicación (o
similares denominaciones), con más de 70 mil estudiantes inscritos en 2003, y más de 40 programas de maestría en el
área, con alrededor de mil estudiantes en total en la misma
fecha,5 la formación académica de investigadores de
la comunicación se limita prácticamente a seis de esas maestrías y a algunos programas de doctorado en
ciencias sociales u otras
denominaciones,6 pues "en comunicación" hay únicamente un programa, de apertura reciente,
aún no acreditado.
En estas pocas
universidades,7 donde se concentran tanto los investigadores reconocidos como los programas
de postgrado acreditados, se ha generado entre dos tercios y tres cuartas partes de la investigación nacional en
la materia. Pero en ninguna de ellas la "comunicación de masas" o los medios de difusión masiva son el objeto
exclusivo, aunque sí mayoritario, de estudio. Desde esta constatación queda claro por qué un
ámbito de
creciente complejidad y extensión, además de su rápida evolución, no puede ni podría ser abarcado en todas sus
dimensiones, ni siquiera en las más propiamente
"comunicacionales".8 A manera de ilustración, podemos identificar la
temática cubierta por 314 tesis de maestría en comunicación, presentadas en cinco universidades entre 1995 y
2005:9