Luis de la Barreda Solórzano
"Lo único que tenemos los periodistas es nuestra credibilidad... Al final sólo nos queda nuestra palabra y si el lector,
el radioescucha, el televidente nos cree, habremos ganado la batalla", asegura Jorge Ramos en el prólogo de
Crónicas malditas, el más reciente libro de la periodista Olga Wornat. Y añade: "La principal función del periodista es evitar el abuso de
los que tienen el poder. Y con una pregunta certera podemos, sin exagerar, tumbar a un gobernante, a un arzobispo, a
un empresario, a un juez, a un militar... de cualquier parte del mundo".
Olga Wornat anuncia en el prefacio que su obra es sobre hombres y mujeres frente al poder y la fama, en la cima de
sus impudicias o en el zócalo de sus miserias, en sus crueles guerras privadas o colectivas, en los desatinos o en la
sabiduría, en el amor y en el olvido, en la estupidez y en la maldad. La autora define a esos personajes como impredecibles,
voraces, impiadosos, generosos, perversos, valientes, cobardes, hipócritas y humanos, profundamente humanos. Para mostrarlos
al lector, Wornat entiende que el periodista debe "salir a la calle, investigar, inquietar y mostrar las luces y sombras de
los hombres y mujeres que nos gobiernan". En sus
Crónicas se ocupa de Marta Sahagún y sus hijos, Andrés Manuel
López Obrador -"provocador y contradictorio... un tipo raro"-, Roberto Madrazo -"el sibilino capanga del PRI... con una
trayectoria política escandalosa que raya permanentemente en el delito"-, Carlos Ahumada -"el cabrón de las pampas que enamoró
a Rosario"-, Hugo Chávez -"entre Perón y el Che, entre Dios y el diablo"-, Carlos Menem -"prepotente y vivillo, el que
se enriquece rápidamente y a cualquier precio"-, Augusto Pinochet -"un espectro ambulante"-, Lino César Oviedo
-"el macho más macho de Paraguay"-, Eva Duarte de Perón -"intransigente revolucionaria que era capaz de dar la vida por
sus ideales y su pueblo"-, Cristina Fernández de Kirchner -"una aguda intuición y la capacidad de supervivencia de una
loba salvaje"-, Cecilia Bolocco -ex reina de belleza, "la malquerida del harem" de Menem-, Epifania Ubedo -la mucama
de Jorge Luis Borges, "la mujer que le cocinó al escritor sus platos favoritos, la que lo vistió, la que lo cuidó cuando
estaba enfermo", y fue "expulsada violentamente por indicación de María Kodama, la viuda"-. Todos ellos, sin duda,
personajes apasionantes, al menos psicológicamente: la periodista argentina procedió sagazmente al elegirlos.
No obstante que cualquiera de los elegidos para las
Crónicas resulta de indudable interés para el público, es clara
desde el prefacio la atracción que Marta Sahagún ejerce sobre Olga Wornat, que la califica del verdadero poder en Los Pinos,
la que manda detrás del trono, la fémina más temida,
La Jefa. Un prefacio es la introducción que se escribe a una obra
como preparación o explicación de lo que se va a tratar. El de
Crónicas malditas está destinado a justificar por qué la autora,
tras de su libro La Jefa, vuelve a ocuparse de Marta Sahagún. Olga se justifica: "Nunca pude traicionar a Marta
Sahagún porque no era su amiga, ni quise serlo". Pintada así su raya, autodeslindada de cualquier sospecha de traición, la
periodista argentina arremete en los tres primeros capítulos contra la
prima donna mexicana -como le llama- y sus hijos, y de
refilón contra su cónyuge, el Presidente de México, y algunos de los miembros del gabinete y prominentes militantes del
PAN. Por el poder -sentencia Wornat-, Marta Sahagún hubo de llegar a un "putrefacto acuerdo" con los jerarcas de la
derecha más recalcitrante y sucia del partido. Por el poder, la primera dama es capaz de todo: reunirse en secreto con
Carlos Salinas y armar con él estrategias para quitar del juego por la Presidencia a Andrés Manuel López Obrador; utilizar
la estructura del Estado para organizar un área de inteligencia personal que le permite estar al tanto de lo que se dice de
ella; halagar empalagosamente a los influyentes del país; sonreír siempre, y emprenderla a fustazos contra quienes se
resisten a cumplir sus deseos o significan un peligro para sus aspiraciones.
Olga Wornat revela algunas cosas espectaculares, o por lo menos divertidas o curiosas. La mujer del presidente Fox
es adepta a la santería. Un santero cubano, Felipe Campos, llegaba a Los Pinos con hierbas, velas, cocos, muñecos e
imágenes, y celebraba en la residencia presidencial ceremonias del culto. Él aconsejó a Marta Sahagún que suministrara toloache
al Presidente. Eso fue lo que lo hizo decidirse a contraer nupcias con ella. La organización Vamos México, presidida por
la primera dama, capta recursos como ninguna otra en el país y triangula millones de pesos. Un joven guardaespaldas
de Marta Sahagún, teniente de marina, fue encontrado en su auto con un tiro en la boca. Aparentemente se suicidó, pero
su familia se mudó de la ciudad y se dice que el teniente había descubierto algo que no debía y "alguien le hizo algo
malo". Los hijos de Marta Sahagún se enriquecieron tan desmesuradamente en sólo tres años que su enriquecimiento
tan extraordinario y vertiginoso no resistiría la más elemental investigación. Antes de 2000 no tenían negocios ni lujos.
El mayor, Manuel Bribiesca, adquirió un avión Lear Jet de un millón de dólares. Prepotente y violento, su riqueza ha
sido posible por el tráfico de influencias y la intimidación de la competencia en el negocio de la construcción.
Esas cosas tan espectaculares se venden bien. Hay un público ávido de leerlas. Unos por curiosidad, otros por su
interés en informarse, unos más por morbo, muchos por ratificar su convicción de que los poderosos son malvados o
truculentos, los lectores del libro de Olga Wornat son ya, a unas semanas de que se puso a la venta, numerosos. Muy pocos buscarán
en la obra rigor periodístico, afirmaciones o relatos que se sustenten en una investigación seria, en fuentes verosímiles.
Olga Wornat se cura en salud. Sus testigos son secretarios de Estado, dirigentes partidarios, miembros del Estado
Mayor, integrantes del equipo de Marta Sahagún, militares, gobernadores... que no identifica para protegerlos.
Ya nos había advertido el prologuista que los periodistas sólo tienen su palabra para lograr la credibilidad. Habría
que precisar que hay de periodistas a periodistas. Las puras palabras, sin el apoyo de las fuentes, los indicios y las pruebas
en que se apoya la versión ofrecida, sólo pueden creerse por un acto de fe. ¿Se reunió en secreto Marta Sahagún con
Carlos Salinas? ¿Conspiró contra Andrés Manuel López Obrador? ¿Le dio toloache a su novio para que éste le propusiera
matrimonio? Todo eso puede o no creerse, pero no se basa en una investigación periodística, es decir, no tiene el sustento de
los reportajes sólidos. ¿Quiénes son los testigos? ¿Cuáles son los indicios? ¿Podría haberlos? Otra cosa son los negocios y
los bienes de los hermanos Bribiesca Sahagún. La periodista no ofrece tampoco pruebas de sus aseveraciones al
respecto, pero sus señalamientos podrían ser objeto de una investigación rigurosa. Por cierto, es curioso que la demanda por
difamación contra Olga Wornat por lo que les imputó a esos jóvenes en declaraciones a la revista
Proceso provenga no de ellos mismos, ciudadanos mayores de edad, sino de la madre de los presuntos difamados.
Asevera también el prologuista, queriendo convencernos del poder de las palabras de los periodistas, que una pregunta certera puede tumbar gobernantes, arzobispos, empresarios, jueces y militares de cualquier parte del
mundo. Que sea menos. Los watergate, como el que provocó la caída de Richard Nixon o el que motivó el procedimiento
que llevó a prisión a René Bejarano, por citar dos ejemplos de muy diversa jerarquía, se erigieron sobre pruebas
sólidas, susceptibles de convalidarse judicialmente.
Las crónicas de Olga Wornat, por lo menos las contenidas en los tres primeros capítulos, no merecen el calificativo
de malditas, prestigioso en la literatura universal: apenas son una versión impresa, de dudosa calidad literaria, de
chismes, rumores y maledicencias.
Abogado. Ex presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.