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Quería pelearme con ella porque me acababa de masturbar y sus dedos estaban abriendo su blusa. Pero no se me ocurrió cómo ofenderla. Cuando me bajó los pantalones, pensé en Schumacher, un killer del kilometraje. Esto no me excitó, lo juro por mi madre muerta, pero me inyectó voluntad. Follamos durante tres horas, un poco menos que una carrera de Fórmula 1 (había empezado a usar la palabra "follar").

Ilustración: Charles Mak
En mi concierto en Bellas Artes, mientras cantaba "Se me olvidó otra vez" llegué a la estrofa "en la misma ciudad y con la misma gente" y vi a un periodista en la primera fila. Cada vez que cumplo años publica un artículo en el que comprueba mi homosexualidad. Su principal argumento es que cumplo otro año sin estar casado. Un mariachi se debe reproducir como semental de crianza. Pensé en el motociclista al que debía darle un beso de tornillo, vi al periodista y supe que iba a ser el único que escribiría que soy puto. Los demás hablarían de lo viril que es un actor que besa a otro hombre.

El rodaje fue una pesadilla. Chus Ferrer me explicó que Fassbinder había obligado a su actriz principal a lamer el piso del set. Él no fue tan cruel: se conformó con untarme basura para "amortiguar mi ego". Se ponía histérico con los electricistas y les gritaba: "¡horteras del PP!". Cada que podía, me agarraba las nalgas.

Tenía que esperar tanto tiempo en el set que me aficioné al Nintendo. Brenda me parecía cada vez más guapa. Una noche fuimos a cenar a una terraza. Por suerte, Catalina fumó hashish y se durmió sobre su plato. Brenda me dijo que había tenido una vida "muy revuelta". Ahora llevaba una existencia solitaria, algo necesario para satisfacer los caprichos de producción de Chus Ferrer. "Eres el más reciente de ellos", me vio a los ojos: "¡Qué trabajo me dio convencerte!". "No soy actor, Brenda. Tampoco quiero ser mariachi". "¿Qué quieres?", ella sonrió de un modo fascinante. Me gustó que no dijera: "¿Qué quieres ser?". Parecía sugerir: "¿qué quieres ahora?". Brenda fumaba un purito. Vi su pelo blanco, suspiré como sólo puede suspirar un mariachi que ha llenado estadios, y no dije nada.

Una tarde visitó el set una estrella del cine porno. "Tiene su sexo asegurado en un millón de euros", me dijo Catalina. Brenda estaba al lado y dijo: "La polla de los millones". Explicó que en México ése había sido el eslogan de la Lotería Nacional. "Te acuerdas de cosas viejísimas", dijo Cata. Aunque la frase era ofensiva, se fueron muy contentas a cenar con el actor porno. Yo me quedé para la escena del beso de tornillo.

El actor que representaba al motociclista catalán era más bajo que yo y lo subieron en un banquito. Había tomado pastillas de ginseng para la escena. Como yo ya había vencido mis prejuicios, ese detalle me pareció un mariconada.

Por cuatro semanas de rodaje cobré lo que me dan por un concierto en cualquier ranchería de México.

En el vuelo de regreso nos sirvieron ensalada de tomate y Cata me contó un truco profesional del actor porno: comía mucho tomate porque mejora el sabor del semen. Las actrices se lo agradecían mucho. Esto me intrigó. ¿En verdad había ese tipo de cortesías en el porno? Me comí el tomate de mi plato y el del suyo, pero al llegar a México ella lo olvidó o estaba demasiado cansada para chuparme.

La película se llamó Mariachi Baby Blues. Me invitaron a la premier en Madrid y al recorrer la alfombra roja vi a un tipo con las manos extendidas, como si midiera una yarda. En México el gesto hubiera sido obsceno. En España también lo era pero sólo lo supe al ver la película. Había una escena en la que el motociclista se acercaba a tocar mi pene y aparecía un miembro descomunal, en impresionante erección. Pensé que el actor porno había ido al set para eso. Brenda me sacó de mi error: "Es una prótesis. ¿Te molesta que el público crea que ese es tu sexo?".

¿Qué puede hacer una persona que de la noche a la mañana se convierte en un fenómeno genital? En la fiesta que siguió a la premier, la reina del periodismo rosa me dijo: "qué descaro tan canalla". Yo no podía más. Brenda me contó de famosos que habían sido soprendidos en playas nudistas y tenían sexos como mangueras de bombero. "¡Pero esos sexos son suyos!", protesté. Ella me vio como si imaginara el tamaño de mi sexo y se decepcionara y fuera buenísima conmigo y no me dijera nada. Quería acariciar su pelo y llorar sobre su nuca. Pero en ese momento llegó Catalina, con copas de champaña. Salí pronto de la fiesta y caminé hasta la madrugada por las calles de Madrid. Regresé tan cansado al hotel Palace que apenas me soprendió que Cata no estuviera en la suite.

Al día siguiente, todo Madrid hablaba de mi descaro canalla. Pensé en suicidarme pero me pareció mal hacerlo en España. Me subiría a un caballo por primera vez y me volaría los sesos en el campo mexicano.

Cuando regresé (sin noticias de Catalina), supe que el país me adoraba de un modo muy extraño. Leo me entregó una carpeta con los elogios de la prensa por mi valentía para trabajar en el cine independiente. Las palabras "hombría" y "virilidad" se repetían tanto como "cine en estado puro" y "cine total". Mariachi Baby Blues trataba de una historia dentro de una historia dentro de una historia, donde todo mundo acababa haciendo lo que no quería hacer al principio y era muy feliz así.

En mi siguiente concierto -nada menos que en el Auditorio Nacional- el público llevaba penes hechos con globos. Me había convertido en el garañón de la patria. Me empezaron a decir el Gallito Inglés y un club de fans se puso "Club de Gallinas".

Busqué a Catalina para recordarle lo que me había dicho sobre ser actor de culto, pero ella seguía en España. Recibí ofertas para salir desnudo en todas partes y dos contratos desmesurados, uno por mi siguiente disco y otro para asegurarme el pene. Mi agente se triplicó el sueldo y me invitó a conocer su nueva casa, una mansión en el Pedregal, dos veces más grande que la mía, donde había un sacerdote. Hubo una misa para bendecir la casa y Leo agradeció a Dios por ponerme a su lado. Luego me pidió que fuéramos al jardín. Me dijo que Vanessa Obregón quería conocerme. La ambición de Leo no tiene límites: le convenía que yo saliera con la bomba sexy de la música grupera. Pero yo no podía estar con una mujer sin decepcionarla, o sin tener que explicarle la absurda situación a la que me había llevado la película.

Di miles de entrevistas en las que nadie me creyó que no estuviera orgulloso de mi pene. Fui declarado el latino más sexy por una revista de Los Angeles, el bisexual más sexy por una revista de Amsterdam y el sexy más inesperado por una revista de Nueva York. Pero no me podía bajar los pantalones sin sentir vergüenza.





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