Conocí a Catalina como a mis novias anteriores: le dijo a mi agente que estaba disponible para mí. Leo
me informó que ella tenía el pelo azul. Pensé que tal vez podría pintárselo de blanco y empezamos a salir. Tengo
suficiente dinero para producir un tinte blanco. Pero las mujeres de pelo blanco son inimitables.
La verdad, he visto pocas mujeres jóvenes de pelo blanco. Vi una en París, en el salón VIP del aeropuerto, pero
me paralicé como un imbécil. Luego estuvo Rosa, que tenía 28, un hermoso pelo blanco y un ombligo con una
incrustación de diamante que sólo conocí por los trajes de baño que anunciaba. Me enamoré de ella en tal forma que no
me importó que dijera "jaletina" en vez de gelatina. No me hizo caso. Detestaba la música ranchera, no tenía interés
en mis millones, quería un novio rubio.
Cuando un periodista me dijo cúal era mi máximo anhelo, dije que viajar al espacio exterior en la nave
Columbia. No hablé de mujeres.
Entonces conocí a Brenda. Nació en Guadalajara pero vive en España. Se fue allá huyendo de los mariachis
y ahora regresaba con una venganza: Chus Ferrer, cineasta genial del que yo no sabía nada, tenía todos mis
discos, estaba enamorado de mí, me quería en su próxima película, costara lo que costara. Brenda vino a conseguirme.
Se hizo gran amiga de Catalina y descubrieron que odiaban a los mismos directores que les habían estropeado
la vida (a Brenda como productora y a Cata como eterna aspirante a actriz de carácter). Hablaron de mí y Brenda
dijo que yo tenía complejo de Copito de Nieve. Copito era un gorila albino del zoológico de Barcelona. No había otro
en el mundo. "A mí no me gustan las mujeres albinas", dije. "Un gorila albino parece un gorila blanco. Te gustan
las jóvenes de pelo blanco porque no existen", Catalina hizo una pausa. Luego agregó: "Para su edad, Brenda
tiene bonita figura, ¿no crees?". "Me voy a fijar", contesté.
Ya me había fijado. Catalina, que tiene 32, pensaba que Brenda estaba vieja. "Bonita figura" es su manera
de elogiar a una monja por ser delgada.
Sólo me gustan las películas de naves espaciales y las de niños que pierden a sus padres. No me
interesaba conocer a un genio gay enamorado de un mariachi que por desgracia era yo.
Leí el guión para que Catalina dejara de joder. En realidad sólo leí trozos, las escenas en las que yo salía.
"Woody Allen hace lo mismo", me explicó ella: "Los actores se enteran de lo que trata la película cuando la ven en el cine.
Es como la vida: sólo ves tus escenas y se te escapa el plan de conjunto". Esta última idea me pareció tan correcta
que pensé que Brenda se la había dicho.
Supongo que Catalina aspiraba a que le dieran un papel. "¿Qué tal tus escenas?", me decía a cada rato. Las leí
en el peor de los momentos. En el DF cancelaron mi vuelo a San Salvador porque había huracán y tuve que ir en
jet privado. Entre las turbulencias de Centroamérica, mi papel me pareció facilísimo. Mi personaje contestaba a
todo "¡qué fuerte!" y se dejaba adorar por una banda de motociclistas catalanes.
"¿Qué te pareció la escena del beso?", me preguntó Catalina. Yo no la recordaba. Ella me explicó que yo iba a darle "un beso de tornillo" a un "motero muy guarro". La idea le parecía fantástica: "Vas a ser el primer mariachi
sin complejos, un símbolo de los nuevos mexicanos". "¿Los nuevos mexicanos besan motociclistas?", pregunté.
Cata tenía los ojos encendidos: "¿No estás harto de ser tan típico? La película de Chus te va a catapultar a otro
público: serás artista de culto en toda Europa. Si sigues como estás, al rato sólo vas a ser interesante en Centroamérica".
No contesté porque en ese momento empezaba una carrera de Fórmula 1 y yo quería ver a Schumacher. La vida
de Schumacher no es como los guiones de Woody Allen: sabe dónde está la meta. Cuando me conmovió que
Schumacher donara tanto dinero para las víctimas del
tsunami, Cata dijo: "¿Sabes por qué da tanta lana? De seguro le
avergüenza haber hecho turismo sexual allá". Un hombre puede acelerar a 350 kilómetros por hora, puede ganar y ganar y
ganar, puede donar una fortuna y sin embargo ser tratado de ese modo, en mi propia cama. Vi el fuete de montar con el
que salgo al escenario (sirve para espantar las flores que me avientan). Cometí el error de levantarlo y decir: "Te
prohibo que digas eso de mi ídolo". En un mismo instante, Cata vio mi potencial
gay y sadomasoquista: "¿Ahora resulta
que tienes un ídolo?", sonrió, como anhelando el primer fuetazo. "Me carga la chingada", dije, y bajé a la cocina
a hacerme un sándwich.
Esa noche soñé que manejaba un Ferrari y atropellaba sombreros de charro hasta dejarlos lisitos, lisitos.
Mi vida iba a la deriva. El peor de mis discos, con las composiciones rancheras del sinaloense Alejandro
Ramón, se acababa de convertir en disco de platino y se habían agotado las entradas para mis conciertos en Bellas Artes
con la Sinfónica Nacional. Mi cara ocupaba cuatro metros cuadrados de un cartel en la Alameda. Soy un astro,
perdón por repetirlo, de eso no me quejo, pero nunca he tomado una decisión. Mi padre se encargó de matar a mi
madre, llorar mucho y convertirme en mariachi. Todo lo demás fue automático. Las mujeres me buscan a través de
mi agente. Viajo en jet privado cuando no puede despegar el avión comercial. Turbulencias. De eso dependo. ¿Qué
me gustaría? Estar en la estratosfera, viendo la Tierra como una burbuja azul en la que no hay sombreros. En eso
me habló Brenda desde Barcelona y recordé que también me gustan otras cosas. Pensé en su pelo mientras ella
decía: "Chus está que flipa por ti. Suspendió la compra de su casa en Lanzarote para esperar tu respuesta. Quiere que
te dejes las uñas largas como vampiresa. Un detalle de mariquita un poco cutre. ¿Te molesta ser un mariachi
vampiresa? Te verías chuli. También a mí me pones mucho. Supongo que Cata ya te dijo". Me excitó enormidades que
alguien de Guadalajara pudiera hablar de ese modo. Me masturbé al colgar, sin tener que abrir la revista
Lord que tengo en el baño. Luego, mientras veía caricaturas, pensé en la última parte de la conversación: "Supongo que Cata ya
te dijo". ¿Qué debía decirme? ¿Por qué no lo había hecho?
Minutos después, Cata llegó a repetir lo mucho que me convendría ser un mariachi sin prejuicios
(contradicción absoluta: ser mariachi es ser un prejuicio nacional). Fui al grano: ¿de qué hablaba con Brenda? "De todo. Es
increíble lo joven que es para su edad". "¿Qué dice de mí?". "No creo que te guste mucho saberlo". "No me importa".
"Ha tratado de desanimar a Chus de que te contrate. Le pareces demasiado ingenuo para un papel sofisticado. Dice
que Chus tiene un subidón contigo y ella le pide que no piense con su pene". "¿Eso le pide?". "¡Así hablan los
españoles!". "¡Brenda es de Guadalajara!". "Lleva siglos allá; se define como prófuga de los mariachis; tal vez por eso no
le gustas". "Habló hace rato. Dijo que le encanto". "Te digo que es de lo más profesional: hace cualquier cosa
por Chus".