Los spots de nunca acabar
Magnificados casi hasta el mito de considerarlos determinantes en los resultados del proceso electoral,
los spots sustituyeron al trabajo político de los partidos y así, tanto en la radio como en la televisión, las frases
y las poses remplazaron a las ideas y las propuestas. Tanta ha sido la obsesión por los spots que la difusión
del gobierno federal de varios anuncios, promoviendo su obra primero y luego el sufragio, ocuparon el
debate durante las últimas dos semanas.
De esta forma, se ha consolidado la creencia de que la política videograbada no sólo significa un
eficaz instrumento de gestión gubernamental, como lo señaló Francisco Ortiz, director de Imagen Pública de
la Presidencia (etcétera, VI/03), sino que también constituye, tanto para los gobiernos federal y estatales
como para los partidos políticos, un método efectivo para ganar en procesos electorales.
Sin embargo, ninguna investigación acerca de los efectos de la propaganda política en medios
electrónicos ha demostrado esa capacidad de persuasión de la que los políticos están plenamente convencidos. Por
el contrario, diversas encuestas han demostrado que no hay relación directa entre la cantidad de anuncios y
la decisión de los electores. Incluso propaganda en demasía puede provocar el hartazgo del posible votante.
En este contexto se inscribe el episodio vivido en días pasados, primero con la difusión
ad nauseaum de los spots referentes a las obras y programas del gobierno federal, y luego con la campaña presidencial de
promoción del voto. Se trató en ambos casos de vulgares acciones proselitistas que llevaron a las autoridades
electorales a poner un ultimátum que, finalmente, atendió el Ejecutivo federal, cesando la transmisión de
los anuncios. De haberse llegado hasta sus últimas consecuencias, es decir, la realización de un litigio en la
Suprema Corte, la democracia mexicana hubiera sido la menos beneficiada.
Pobres campañas electorales
Existe el riesgo latente de que este tipo de controversias, tan lamentables y tan estériles, vuelvan a
suceder, pues en éste como en numerosos temas de la vida nacional hace falta una reglamentación al respecto. Sin
duda habría mayor certeza en los procesos electorales si todo quedará claramente establecido en la ley. Los
partidos, pues, son víctimas de sus propias omisiones, dado que es en el Congreso donde debiera reglamentarse
este asunto.