Mayahuel Mojarro
Si bien el género documental ha tenido considerable relevancia en la historia de la cinematografía mundial por su vocación realista, hoy asistimos a su resurgimiento.
Antecedentes
La historia del cine registra relevantes documentales:
Nanook of the North, de Robert J. Flaherty (EU, 1922);
Night and Fog (Nuit et broullard), de Alain Resnais (Francia, 1956);
Triumph of the Will (Triumph des willens: das
dokument vom reichparteitag), de Leni Riefenstahl (Alemania, 1934), y
The War Game, de Meter Watkins (Gran
Bretaña, 1966). Todas contribuyeron a cambiar la
manera de pensar de su época. Algunos en favor de un régimen,
como propaganda política; otros, al contrario, denunciaron las injusticias sociales que los realizadores veían en el mundo.
Hasta hace poco, el género documental permanecía dormido. No fue sino con la exhibición (y
subsiguiente conmoción tanto de los críticos como del público) de
Masacre en Columbine (Bowling for
Columbine, EU, 2002) de Michael Moore cuando el documental resurgió como instrumento para despertar conciencias. Todo su poder
de convencimiento (o, por lo menos, de crear polémica) hizo que el público, afecto por lo general al cine de ficción,
se interesara en documentales. El filme explora las razones que llevaron a Eric Harris y a Dylan Klebold, dos
adolescentes de la
preparatoria Columbine, a abrir fuego contra maestros y condiscípulos en la cafetería de la escuela.
Moore expone algunas tesis de por qué es tan común la violencia con armas de alto poder en Estados Unidos.
El cine de Moore tiene, entre otras facetas, su intención de imparcialidad (aunque la ideología en favor de la
cual se inclina sea clara): en Masacre en
Columbine, por ejemplo, se entrevista por igual a detractores y adherentes a
la libertad que existe en aquel país para comprar armas. Con ironía, muestra que cualquiera, al abrir una cuenta en
el banco en ciertas sucursales, recibe una escopeta de regalo. Habla de los supermercados, donde un arma es
tan accesible como un kilo de jitomate. Pero hay otra tesis, quizá la más interesante: los habitantes del
colonizador imperio viven
presas del miedo. Sus gobiernos, a lo largo de los años, los han convencido a través de los medios
de comunicación que todo el planeta amenaza con destruirlos. Por lo tanto, hay que defenderse... mediante la violencia.
Aún estaba fresca la discusión sobre esos temas cuando Moore produjo
Fahrenheit 9/11 (EU, 2004), la cual provocó críticas,
adherencias y, lo más destacable, hizo discutir hasta al más abúlico de
los espectadores. Fahrenheit 9/11 volvió a ser éxito de taquilla, con premios incluso en el Festival Internacional de Cine de
Cannes.1 El blanco del análisis y la crítica se centra, esta vez, en la desastrosa y muy belicista administración del presidente George
W. Bush, por su "guerra contra el terrorismo"
después del 11 de septiembre de 2001. El documental denuncia a
las corporaciones que han apoyado a Bush en la guerra contra Irak, sin reparar en las consecuencias de la invasión,
tanto para el mundo como para los propios estadounidenses.
El resurgimiento y la importancia que este género tiene en nuestros días se ve reflejado en algunas cifras:
desde su presentación en Cannes, que le valió la Palma de Oro en la categoría de documental,
Masacre en Columbine ha recaudado en taquilla cerca de 120 millones de dólares en su país de origen, mientras que alrededor del mundo
se han registrado ganancias por cerca de 220 millones de dólares. Sólo en DVD se vendieron dos millones de
copias. Para un documental, un éxito así era casi impensable hasta hace unos años. La
última vez fue en 1956, con
El silencio del mundo, de Jacques Cousteau y Louis Malle.
En años recientes se han presentado también otros documentales que la opinión pública internacional ha
calificado como trascendentales:
The
Corporation (Mark Achbar, Jennifer Abbott y Joel Bakan, 2003),
Superengórdame (
Super size me it,
Morgan Spurlock, 2004),
El lado izquierdo del
refri (
La Moitié Gauche Du Frigo, Philippe
Falardeau, 2000),
Manufacturing consent: Noam Chomsky and the
Media (Peter Wintonick, Mark Achbar, 1992), entre otros.
Superengórdame es un ejemplo claro de la contundencia que el documento fílmico de denuncia tiene, pone
al descubierto los males que acarrea la comida chatarra, en especial la de Mc Donalds.
El lado
izquierdo del refri, por su parte, denuncia la política de despidos en Canadá por medio de un desempleado cuya vida cotidiana y
esfuerzos por encontrar trabajo son fiel testimonio.
La Corporación, por tener una tesis interesante es, podríamos afirmar, una de las cumbres del documental
de contenido político en la actualidad.
El siguiente comentario, extraído de un artículo publicado el 5 de noviembre de 2004 por Dolan
Cummings2 en Internet, es elocuente acerca de la película y de este auge:
"La Corporación es más que el último (documental) de
la oleada de este año (2004). Como muchas de esas películas, tiene un inconfundible mensaje político.
Acompañado con un sitio en Internet que sigue haciendo campaña (paralelamente al documental),
La Corporación es lo que deberíamos llamar una 'película-movimiento' porque
busca que la gente se una a lo que ha sido llamado 'el
movimiento anticapitalista, antiglobalización y por la justicia social'".
El documental examina la preeminencia de las corporaciones en el mundo. Con entrevistas a distinguidos
profesores universitarios, integrantes de diversas ONGs, directores de empresas, entre otros, propone: a mediados del
siglo XIX, los pequeños negocios se conviertieron, por ley, de agrupaciones de individuos que comerciaban, a
"personas legales" (en México las conocemos como "personas morales") con los mismos derechos de los seres
humanos. Gracias a eso fueron creciendo, hasta adquirir un poder descomunal.
Con base en el hecho jurídico de la dignidad de las corporaciones como personas (es decir, son capaces de
comprar y vender propiedades, solicitar
préstamos, demandar en una corte y ser demandada, manejar un negocio...
como cualquier individuo), La
Corporación
pregunta "si es una persona, ¿de qué clase es?" y, entonces, tomando
las pautas internacionales de evaluación de la personalidad, y de
acuerdo con el análisis de ejemplos del comportamiento en distintos
rubros de su actividad, desde la industrial hasta la social y
financiera de trasnacionales como Nike, Shell o Microsoft, se concluye
que: 1) las corporaciones son indiferentes a qué sienten los demás, 2)
son incapaces de mantener relaciones duraderas, 3) son imprudentes
respecto de la seguridad de los otros, 4) engañan para beneficiarse a
sí mismas, 5) son incapaces de sentir culpa, y 6) no acatan las normas
sociales ni respetan la conducta legal. Diagnóstico: si las
corporaciones fueran personas reales, su comportamiento sería el de un
psicópata.