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Los luchadores ganan

Al arribo de los años 50 el género comenzaba a desdibujarse con la llegada del cine de luchadores que se apropió de algunos de sus elementos sin consolidar aquella seriedad lograda en los años 30 con el Fantasma del convento.

En 1952 El luchador fenómeno, de Fernando Cortés abrió la puerta a las primeras cuatro películas de este subgénero internacionalmente famoso. René Cardona filmó El enmascarado de Plata, Chano Urueta La bestia magnífica y Joselito Rodríguez El Huracán Ramírez.

El cine de luchadores inmortalizó a Rodolfo Guzmán Huerta, El Santo, quien consolidó la fusión del horror con el humor involuntario que se aplaudía como surrealismo en Europa, filmando más de 150 películas a lo largo de un ciclo que terminaría 30 años después.

El Santo y su cine se convirtieron en industria y culto, replantearon la estética lúgubre en cintas como Santo contra las mujeres vampiro en 1962, incluso alcanzaron algunas pinceladas de miedo en pocas secuencias de Santo contra las lobas y Las momias de Guanajuato a principios de los 70.

Las películas del enmascarado de plata fueron traducidas al inglés, francés y alemán. Se proyectaron en Japón y Turquía. El éxito rebasó fronteras repitiendo los méritos de los Estudios Universal en cuanto a la creación de formas y rentabilidad con los espectadores, también cometieron el mismo error de sobreexplotar una fórmula convirtiendo el esquema en fin y no en marco.

El vampiro
En 1956 Abel Salazar produjo El Ladrón de cadáveres, dirigida por Fernando Méndez, quien un año después realizaría El vampiro, estelarizada por Germán Robles y Carmen Montejo. El horror de calidad otra vez cobró vida con esta internacionalmente famosa película, bien adaptada al contexto del campo mexicano con haciendas en las que el propietario es un nosferatu.

Méndez dirigió meses después a Robles en la segunda parte, El ataúd del vampiro, y consumó su vocación por el género con Misterios de ultratumba en 1959. Salazar intentó hacer industria con el género, pero ninguna de sus futuras producciones llegaron al nivel de El vampiro.

Cintas como El mundo de los vampiros (Alfonso Corona Blake, 1960) -quien había dirigido Santo contra las mujeres vampiro-, El espejo de la bruja (Urueta, 1962) y La maldición de la llorona (Rafael Baledón, 1963) fueron resultado del esfuerzo que Salazar y su productora empeñaron por el género.

El libro de piedra
Llegarían otras películas a cuentagotas, pero de una calidad que como espectro, aparecería en el trabajo de directores como Carlos Enrique Taboada y Luis Alcoriza a finales de los 60; Arturo Ripstein a finales de los 70, y Guillermo del Toro a principios de los 90.

Taboada parecía uno más del escaso y deficiente horror en el cine mexicano, había escrito el guión de El espejo de la bruja en 1962, y el de La maldición de Nostradamus , ambas películas desafortunadas, de comicidad involuntaria.

Pero eran sólo aviso mustio del director más importante del género en nuestro país. Su excelente tetralogía de horror incluye El libro de piedra (1968), Hasta el viento tiene miedo (1967), Más negro que la noche (1974) y Veneno para las hadas (1984).

Juan López Moctezuma es también parte del pequeño grupo de directores que realizaron varios filmes de horror, aunque no todos en México, The Mansión of Madness (1972), Mary, Mary, Bloody Mary (1975) y Alucarda, la hija de las tinieblas (1978), película protagonizada por Tina Romero donde la historia de dos jovencitas se funde entre brujería, sangre y erotismo, más cercana a lo provocativo que al horror.

Compañero y amigo de Alejandro Jodorovsky, hijo del actor Carlos Moctezuma, quien es otra ficha de la historia con su participación en una de las versiones de La Llorona dirigida por René Cardona (1960) y en Los vampiros de Coyoacán, película del subgénero de luchadores escrita por Rogelio Agrasánchez y Mauricio Cid, dirigida por Arturo Martínez (1974).

Son pocos los cineastas que impregnaron al horror del cine mexicano con su propuesta de autor alejada de la forma como fin, utilizando el género como metáfora, como pretexto que enmarca historias.

Calidad y elementos del género

En Mexican Horror Cinema, David Wilt hace un recorrido por la historia de ese cine nacional y encuentra como denominador en la construcción de su estilo la mezcla igual de cómicos que de luchadores con los monstruos clásicos, aunque reconoce las excepciones.

Para Wilt, los años 30 encuentran en El fantasma del convento y El misterio del rostro pálido las piezas del género más serio de esa época.

Por su parte, Saúl Rosas retoma en su libro El cine de horror en México, las características que Gerald Lenne considera para que una cinta pueda insertarse en el género de horror con calidad, elementos que se han dibujado con ensayo y error a lo largo de la historia.

"El cine de horror tiene sus propias reglas", dice Rosas, y cita tres elementos básicos de ellas que según Lenne son:

1. Monstruosidad, que no sólo abarca planos físicos, también psicológicos o morales.

2. Anormalidad en la normalidad, donde el orden moral o natural sufre perturbaciones y la naturaleza del choque "será diferente según si la normalidad se vive, o simplemente se mire, se acepte o se sufra. Lo cual determina el grado de proyección del espectador".





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