Al inicio de los años 30 los monstruos clásicos de los Estudios Universal inmortalizaron una estética
cinematográfica que vestía adaptaciones de obras de la literatura universal tan destacadas como
Frankenstein y Drácula, con
una particular propuesta que nunca logró reflejar la complejidad de las historias originales que las letras de Mary
Shelley y Bram Stoker habían trazado en el siglo XIX.
Sin embargo, esas películas que sobreexplotaron una fórmula rentable de actores y escenarios tétricos,
representan el inicio de aquellas formas cinematográficas que arribaron a nuestro país con la versión en español de
Drácula en 1931, la cual se filmó en el mismo set que la clásica de Bela Lugosi dirigida por Tod Browning.
Los ruidos sordos, los ecos de pasos atravesando un castillo con eternas telarañas que se mecen entre aullidos
y viento eterno, el conde, las velas, la capa, la luz del
close up en la mirada del vampiro y la lucha de un Lugosi
que intenta ocultar su acento extranjero culminan con una pronunciación que hizo escuela y estilo
recurrentemente imitado como elemento del género en la fonética de sus intérpretes.
"I am Dra-cu-la".
 |
Bela Lugosi en Drácula |
La filmación de Browning y Lugosi era por la mañana, la versión en español dirigida por George Meldford
se rodaba en la noche. Incluso el peluquín de los tiros matutinos se utilizaba en los nocturnos, Carlos Villarías
era Drácula también, la atmósfera se registraba idéntica, pero el actor español y su tono de voz no tenían aún la
escuela que Lugosi sembraría, "soy Drácula", así sin más se presenta en su primer diálogo.
La versión de filmación nocturna fue principio y fin del intento que la Universal emprendió por abarcar el
mercado hispano con ese cine de monstruos.
Frankenstein (James Whale y Boris Karloff, 1931), así como
El Hombre Lobo (George Waggner y Lone Chaney Jr., 1941) llegaron sólo en inglés.
Drácula, versión en español fue un primer acercamiento del cine de horror a nuestro país, en el que una
actriz mexicana aportó el erotismo ausente en la cinta de Browning debido su escote para entonces provocativo. Era
la oaxaqueña Lupita Tovar, quien interpretó a Mina Harker con el nombre de Eva.
Pocos años después la hechura nacional tuvo sus primeros pasos, primero con
La Llorona del inmigrante cubano Ramón Peón en 1933, luego
Dos monjes de Juan Bustillo Oro y El fantasma del
convento de Fernando de Fuentes, ambas en 1934.
La Llorona mezcla una leyenda indígena con el mito de la Malinche, una mujer asesina a sus hijos y su
lamento espectral tendría una docena de versiones cinematográficas a lo largo de las siguientes cuatro décadas.
Dos monjes sólo se nutre de atmósfera y plantea culpas, flagelación, temor al mal cometido, un triángulo amoroso y un asesinato que se esconde en los hábitos.
El fantasma del convento va más allá e incluye el constante elemento sobrenatural de este género, el misterio,
la verosimilitud y el factor psicológico que la convierten en oasis de calidad que trasciende.
 |
El hombre lobo |
La historia escrita por el mismo De Fuentes junto con Jorge Pezet y Bustillo Oro, narra cómo tres
exploradores perdidos en medio de la noche encuentran refugio dentro de un viejo monasterio habitado por monjes extraños
que rezan por el descanso que no llega de uno de sus compañeros, quien pactó con el diablo entregando su alma a
cambio del amor de una mujer. Todos son ahora espectros, los rezos en vida no alcanzaron.
La tentación de adulterio se presenta en dos de los intrigados huéspedes, otro triángulo amoroso que sin
saberlo puede repetir el pacto inconfesable que guarda sus secretos en la celda del monje condenado, la cual es
custodiada por una enorme cruz que tiene clavada la leyenda en latín: "Maldito el que por la carne olvida a Dios".
Los pasillos del Museo Nacional del Virreinato en Tepozotlán son el marco de esta primer gran película del
horror mexicano de calidad.
Antes del anochecer de aquellos años 30, llegaron
El súper loco (Juan José Segura, 1935) y
El misterio del rostro pálido (Bustillo Oro, 1936), en ambas fue parte del elenco aquel Drácula Villarías. Luego
El baúl macabro (Miguel Zacarías, 1936) y
El signo de la muerte (Chano Urueta, 1939).
La época de oro del cine mexicano se perfilaba en los años 40, mientras que el género de horror se perdía
frente a los melodramas musicales, las películas rancheras del México rural y las cabareteras. El elemento fantástico y
la estética del horror sólo fueron complementos al servicio de la comedia y de vez en cuando del romance.
 |
Dos monjes |
El monje loco (Alejandro Galindo, 1940),
La mujer sin cabeza (René Cardona, 1943),
Un día con el Diablo (Miguel M. Delgado, 1945) -donde Mario Moreno "Cantinflas" es protagonista-,
La rebelión de los fantasmas (Adolfo Fernández Bustamante, 1949),
Yo dormí con un fantasma (Jaime Salvador, 1949) -con la actuación
estelar de Adalberto Martínez "Resortes"- y
La dama del alba (Emilio Gómez Muriel, 1949) son algunas de esas
películas que rozaron en algo al género. La comedia y el horror comenzaron a reproducirse como un matrimonio tan
rentable como propicio al desgaste en varias cintas futuras.