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Raúl Trejo  Big Brother, big business


 Involuntaria parodia de la televisión

 Raúl Trejo Delarbre


El Gran Hermano no es la realidad sino un simulacro de ésta. La gente recluida durante varias semanas en una casa sellada al contacto exterior es real pero sus caracterizaciones forman parte de una ficción. Son auténticos sus gestos, aunque impostados por la omnipresencia de la televisión. Es real la expectación creada por el frenesí mediático, pero sin él Big Brother no pasaría de ser una curiosa extravagancia.

En el Gran Hermano, de obvia inspiración orwelliana que da nombre y excusa a la serie, no somos quienes miramos el programa sino la televisión misma que construye el entorno, determina la fama, ciñe las conductas y constituye el fin principal (dinero, notoriedad, trascendencia) de los participantes. Las 40 cámaras que vigilarán movimientos y poses no las controlamos nosotros sino el productor que decide qué podemos ver.

La transmisión en México de la serie que desde hace dos años y medio se propagó en otras latitudes reactivó el activismo conservador de distinguidos grupos empresariales. La reacción de Televisa fue de interesada autodefensa corporativa. Esa escisión en las cúpulas del poder económico será efímera. Firmas como Banamex, Pepsico y Kimberly Clark acaudilladas por la Bimbo, las cuales notificaron que retirarían su publicidad del programa, han tenido y mantendrán coincidencias básicas con Televisa. Ni la economía de mercado ni las ambiciones de las grandes empresas se tambalearán por el desacuerdo en torno a un programa de televisión.

Sin embargo, el episodio no ha sido trivial. Los anunciantes han hecho sentir el peso de sus pesos recordándole a Televisa que su negocio es ser medio, es decir, intermediario entre ellos y la sociedad. La proverbial prepotencia del consorcio de la familia Azcárraga ha tenido un paréntesis significativo aunque sea momentáneo.

De manera privada y pública, Televisa tuvo que ofrecer garantías sobre el recato que habrá en la selección de las escenas de Big Brother que se transmitirán en la televisión abierta. Lo hizo no en respuesta a preocupaciones del auditorio ni para certificar que respetará las leyes, sino con el propósito de contener la sangría publicitaria que amenazaba el gran negocio que espera hacer con Gran Hermano.

Algunos de sus críticos llegaron a exigir que la serie fuese prohibida. Sin embargo, la censura jamás remedia nada y atenta contra derechos de las personas. Para que haya servido de algo la discusión acerca de Big Brother y Televisa tendría que incorporar decisiones para, algún día, reformar nuestras estancadas leyes en materia de comunicación. No obstante, los empresarios que se atrincheran en el grupo A favor de lo mejor han rehuido ese debate porque algunos de ellos han estado entre los beneficiarios ­o, al menos, entre los socios comerciales­ de un régimen de concesiones fincado en la discrecionalidad y los favoritismos.

Más allá de la estrecha perspectiva que suele tener Televisa, Gran Hermano es una suerte de parodia involuntaria de la comunicación convencional. Frente al desgaste de los estilos tradicionales, sustentados en una ficción que ya difícilmente asombra o conmueve a sus públicos, la experiencia de un grupo de personas sin presencia mediática previa reitera que por encima de cualquier artificio lo que más le interesa a la gente es la gente misma. Ese elemental principio del periodismo y la comunicación ha sido aprovechado por los creadores de la serie, magnificándolo con la omnipresencia de las cámaras televisivas.

Adela Micha
Pero incluso a esa inconsciente autocrítica de sí misma que es Gran Hermano, la televisión la devora de manera tan implacable como suele hacer con cada uno de sus estilos y protagonistas. Mirar a diario a una docena de personas que no tiene más horizonte que el ojo interventor de las cámaras televisivas deja de ser interesante en pocas semanas.

La televisión pública de España acaba de encontrar una alternativa que carece de la frialdad cansina de Gran Hermano. La serie Operación triunfo levantó recientemente los mayores índices de audiencia al mostrar a un grupo de jóvenes reunidos durante varias semanas pero dedicados a preparar varias rutinas de baile y canto. En vez de aguardar quién soportaba mejor el tedio, los muchachos de esa serie competían creativamente en el plano artístico. Mientras los personajes de Gran Hermano son una suerte de androides que han cedido su libertad para encerrarse varias semanas, los de Operación triunfo son individuos con tareas y aspiraciones.

En Gran Hermano el personaje central es la TV, incluso al subrayarse la abstinencia mediática que deben sufrir los participantes aislados en la casa-escenario. Al cabo de varias semanas, hartos o fatigados, los concursantes habrán realizado un hallazgo que va más allá de los propósitos de la serie: demostrarán que a pesar de todo se puede vivir sin televisión, radio, prensa o redes informáticas. También en ese descubrimiento Gran Hermano se sobrepone desbordando a los medios convencionales.


* * *

Y lo que sigue

Al cabo de nueve años de ser director de etcétera ­primero en la intensa y entrañable época como semanario y luego en la gratificante periodicidad mensual que tiene ahora­ encontré que podía considerar cumplida una etapa de la revista y en mis actividades profesionales. He podido dejar la revista y la empresa que la edita en las mejores manos posibles que son la de quienes, con un trabajo de reconocida calidad y compromiso, han hecho y seguirán haciendo posible la aparición de etcétera. Con mi agradecimiento sincero a lectores, amigos, autores y anunciantes que han respaldado a la revista les deseo la mejor de las suertes a Marco Levario, Ruth Esparza, Julio Chávez y a todo el equipo de compañeros que me han permitido sentirme genuinamente orgulloso y satisfecho de etcétera. Espero que me sigan soportando como autor en estas páginas.



Raúl Trejo Delarbre es investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Correo: rtrejod@infosel.net.mx

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