La ira de Silva-Herzog
El 19 de febrero en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez creyó encontrar justificación para insultar a la
señora Marta Sahagún. Lo hizo porque considera que "antes de nuestra percepción de lo equivocado, está nuestro
reflejo frente a lo indignante"; también porque tiene la convicción de que "se equivocan quienes consideran que la
crítica debe ser siempre arquitectura de silogismos" y porque afirma, así, sin precisar, que los medios se han
vuelto "publicistas de sus vanidades".
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No reproducimos aquí la carga de adjetivos que ese analista, sin duda uno de los más destacados del
país, escribió contra la esposa del Presidente. Incluso entendemos (y en más de un sentido compartimos) su
malestar. Al mismo tiempo creemos que no ser igual a quienes se critica es un imperativo ético y moral en
cualquier actividad, más aún, la intelectual. Desde la mesura y la inteligencia no se justifica el insulto como forma
de comunicar ni se puede confundir la grosería con la sátira de, digamos, Flaubert (como quiso hacer el
articulista). La sátira implica ingenio y para eso Molière o Ibargüengoitia, entre otros más. Los insultos muestran falta
de imaginación y de templanza.
Aunque Jesús Silva-Herzog crea que "la crítica también encuentra provecho en la rabia y, en ocasiones,
sólo es auténtica si se reconoce iracunda", nosotros encontramos provecho en este párrafo suyo, escrito hace
algunos años:
"Los políticos no solamente tienen el reloj descompuesto. También tienen la lengua hecha nudo. Plaza
de negociaciones, la transición debería ser representación comunicativa, foro de conversación y acuerdo.
Pero nuestros actores están tullidos para esa gimnasia. El lenguaje, recurso democrático por excelencia, ha
quedado desvencijado de tanto maltrato. El ambiente está saturado de palabras como arpones, de denuncias gritadas,
de trompetillas e insultos chillantes. El viejo terciopelo cortesano se diluye pero no se instaura la
deliberación productiva. Se dice poco pero se dice fuerte, nada se propone pero se amenaza mucho, nadie está dispuesto
a escuchar. Es evidente que la confianza no crece de frases cargadas como explosivos. No debe extrañarnos
que el consenso se ahogue en este clima que mana de la garganta de los protagonistas."