A diferencia de Televisa que insertó su posición en diarios y revistas, dos días después Prisa lo hizo en el El País, de su propiedad. En una nota de Francesc Relea, se lee que Aristegui “ha abandonado la radio por sus discrepancias con las líneas maestras diseñadas por la empresa. Los propietarios de la cadena aspiran a transformar W Radio en un medio presidido por la ‘rentabilidad, la calidad y el equilibrio informativo’, en el que los conductores de los programas sean “directores de orquesta y no solistas”. Luego dice que según la empresa Aristegui eludió “ajustarse al nuevo modelo operativo. Así por ejemplo, se ha negado a transmitir desde la Universidad Tecnológica de Guadalajara, a incluir los cortes patrocinados y a respetar los horarios de Hoy por hoy. Los directivos de la W Radio recuerdan que en ocasiones el programa ha tenido que comenzar con secciones grabadas ya que Aristegui arrancaba a las 6.30 (media hora después del inicio del programa) e incluso a las 7.00. La empresa comunicó a la locutora que el cumplimiento de los horarios era ‘indispensable’, incluso para concluir a la hora establecida, extremo que no siempre se cumplía”.
Sigue la nota: “El equipo directivo de W Radio cuestionó también las ‘disparidades salariales’ entre el equipo de Aristegui y el resto de trabajadores de la cadena y planteó ‘una política retributiva única’ (...) Planteó, asimismo, su derecho, de común acuerdo con la periodista, a designar a su suplente y a conocer con anticipación sus días de vacaciones”. Luego dice: “Prisa asegura que la rescisión del contrato responde a la falta de acuerdo sobre el nuevo modelo organizativo (...). ‘Te reiteramos que estamos convencidos de que la defensa de principios como la libertad de expresión e información, y de valores como la democracia no son sólo responsabilidad de un conductor, sino un compromiso de toda nuestra radio’, señala la carta que la empresa entregó a la periodista el pasado 10 de diciembre. ‘Como puedes dar fe’, añade el documento, ‘en estos cinco años nunca hemos pedido, ni siquiera insinuado, que queramos eludir un tema, evitar una entrevista o simplemente censurar una información’”.
“En el terreno editorial”, sigue la carta, “ ‘queremos reiterarte nuestra propuesta de cambiar la forma de operar, bajo el criterio de que apostamos por el trabajo en equipo’”. Al final la nota retoma el otro parecer: “Aristegui ve las cosas de distinta manera: ‘Más que una nueva intención organizativa había un intento de tomar las decisiones editoriales. Se nos pedía a Carlos Loret y a mí que dejáramos de tener nuestra responsabilidad editorial’. Según la lectura de la periodista, ‘todo lo que ha pasado tiene que ver con la tensión entre los dos socios de la cadena Radiópolis’. Ante las reiteradas peticiones de cortarme la cabeza que Televisa hizo a Prisa el consorcio español decidió minar mis responsabilidades editoriales’“.
Según el parecer de este ensayista, más allá de la supuesta impuntualidad de la periodista o de su negativa a transmitir en algún lugar o sus inciertas vacaciones, diferencias que sin duda podrían haberse subsanado, el fondo es que en efecto, como señala Aristegui, la nueva organización planteada por Prisa releva a los conductores de los noticieros de su responsabilidad editorial, al menos de la preeminencia que tenían como solistas, la única voz cantante, y no como directores de orquesta. Prisa tiene el derecho de plantearse esa forma de organización colectiva, por más y que con ello omita que eso es también una decisión política
Distorsión en el cuadrante
Que no quepa duda: este texto forma parte de las reivindicaciones al trabajo de Carmen Aristegui, aunque también toma distancia de la apología y de la denuncia sin soporte argumental sobre la terminación del noticiero que condujo (incluso se escribe con la intención de trascender el propio hecho y, como ha dicho la propia periodista, colocar la reflexión más allá). Además disiente que con el pretexto de la solidaridad sin más o debido a causas sinceras pero igualmente equivocadas desde mi punto de vista, se diga que su salida de la XEW se deba a la enorme concentración de las concesiones de radiodifusión en México. A mí no me queda claro cómo es que de un diagnóstico incontrovertible que en etcétera hemos compartido siempre, se dé una machincuepa verbal para señalar que a eso se reduce el caso. El protagonismo político de los medios y sus también muy razonables intereses financieros llegó para quedarse, aun en el deseable esquema de mayor pluralidad cada empresa tendrá el derecho de contratar o renovar o no el contrato de quien considere. Porque lo sucedido con Aristegui no es ni la primera ni, desafortunadamente, la última vez que ocurra, el asunto de fondo nos remite a la necesaria revisión de esquemas de regulación y establecimiento de códigos éticos en las relaciones laborales, así como a la definición de patrones de transparencia informativa que hagan del conocimiento público tales relaciones.
Sin embargo, en lugar de reflexiones como ésa, no faltaron quienes amenazaran con replantear muy seriamente la conveniencia de la apertura a la inversión extranjera en la radiodifusión por ese acto supuestamente censor. Otra línea discursiva reclamó a los intelectuales que a fines del año pasado se ampararon contra la reforma electoral, el no “repudiar” la supresión de la libertad de expresión por ellos decretada y denunciada, o sea que les exigió pensar y actuar como esa línea determina y dictamina. En el colmo de esa forma de procesar las diferencias y con los chistoretes que a él le caracterizan, German Dehesa imaginó y reseñó la plática de los supuestos actores que, para él con toda seguridad, resolvieron la salida de Aristegui de la XEW.
Nadie con vocación democrática podría exigirle al otro un determinado comportamiento y tampoco pensar (qué frágil sería la convicción) en suprimir la inversión extranjera por ese caso (en otro escenario, este hipotético, podría sostenerse lo mismo del capital privado nacional de otras empresas por ofrecer trabajos periodísticos que no recogen, por ejemplo, el parecer de los directivos de la empresa y, en cambio, sólo defienden a la periodista). No hay causa que justifique esa visión autoritaria ni enfoque serio que reduzca las cosas a héroes o heroínas contra villanos o malvadas.
No creo que la no renovación del contrato de Aristegui se deba a “un ajuste de cuentas”. En realidad, veo un prolífico y en muchos sentidos ejemplar ejercicio informativo que se desarrolló sin cortapisa durante el tiempo en que laboró en la XEW, como reconoce ella misma. Una decisión política que nadie cuestionó la incorporó, ahora muchos critican su salida por una decisión política de la empresa que retoma el control de las definiciones editoriales.