Marco Levario Turcott
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Fotos: Cuartoscuro/Victoria Valtierra |
Carmen Aristegui es un referente del periodismo contemporáneo de México. Sobre todo en el ámbito de la radiodifusión, lo es por su aporte a la pluralidad informativa y al intercambio de ideas. Se puede o no coincidir con ella, pero es irregateable el reconocimiento a su vocación por registrar hechos y posturas de actores sociales y políticos que no siempre tienen cabida en otros medios de comunicación, ya sea por cálculo pragmático o simplemente por diferentes criterios editoriales planteados en el marco de la libertad que cada profesional de la noticia ejerce como le parece.
La sonrisa de la patria
Pese a su juventud, Aristegui tiene una prolífica y versátil carrera desde cuando, en 1987 y durante casi un año, trabajó en la Subsecretaría de Propaganda del PRI hasta ahora que suscita el reconocimiento de amplias franjas de la población y de un sector relevante de la llamada opinión pública por su labor periodística.
Promotora y como muchos otros profesionales de la información que ya no querían sujetarse a los viejos mecanismos de sujeción y control beneficiaria también del ímpetu democrático que vivió el país a fines de los 80, durante 20 años la periodista ha sobresalido por no ser complaciente con el poder y eso, a mi parecer, es central en la definición del periodismo, aunque su ímpetu la haya conducido a excesos y a la complacencia con otras opciones dentro del rejuego político.
El 1 de abril de 1995, en una entrevista con Telemundo, Aristegui registró la centralidad que tenían los medios en el país. Son “cruciales en tiempos de definición”, dijo, “como en una votación, o en tiempos de crisis.” Cinco años después, también en Telemundo, Aristegui precisaría: “Hoy, el no saber quién va a ganar las elecciones, hace que se comporten diferente los medios de comunicación” (a cuando la Presidencia omnímoda y la tutela de un solo partido, agrego). Esa actitud se expresa en múltiples formas de hacer periodismo, como parte de los cálculos políticos y financieros de los medios frente al poder y sus relevos del que no se abstrae esa profesional. (A ella no podría serle ajeno, por ejemplo, el impacto político que tuvo en pleno proceso electoral la difusión que hizo del video de Carlos Ahumada donde dio la impresión de que, el caso del empresario, había sido orquestado para dañar la imagen de Andrés Manuel López Obrador.)
Recientemente Aristegui se distinguió por oponerse a la Ley Televisa y por coincidir con la reciente reforma electoral que, entre otras virtudes, prohíbe a los partidos y a los particulares comprar espacios publicitarios en los medios electrónicos durante los comicios. También cobró relevancia al ser ella de los pocos interlocutores que, luego de las elecciones de 2006, acepta tener López Obrador. (Aunque desde el desarrollo de las campañas fue notoria la empatía entre ambos personajes y eso limitó la calidad periodística de las entrevistas.)
Posturas como aquellas más aún expuestas en un contexto de crispación política suscitan simpatías y denuestos acendrados dados los sesgos que, por definición, ese periodismo de facción comprende. Desde su (para mí encomiable) crítica al poder, recurrentemente Aristegui incurre en el (para mí criticable) recuento parcial y estridente de los hechos, así como en la exposición tajante contra otras visiones políticas a las que, además, desestima o no siempre integra como parte del lienzo plural de opinión. Prueba de ello fue el trato que dio al caso de Ernestina Ascencio y del que como si fuera consigna se desprende que, sin duda alguna para ella erigida en juez, se trató de una víctima de violación tumultuaria perpetrada por un grupo de militares. El juicio implacable se incrustó bien en el ámbito políticamente correcto, aunque en rigor no hubiera cuestionado el resultado de la indagatoria de la autoridad y, más aún, de la CNDH, cuyas conclusiones son que tal crimen no existió. (La paradoja es que eso se toma como ejemplo de periodismo.)
Visiones incontrovertibles o acusaciones como aquella, insisto, provocan reacciones vehementes. Lo mismo para defenestrarla en efecto, por los intereses ilegítimos y las componendas o corruptelas que ha puesto en entredicho aunque también por sus sesgos y excesos que para colocarla en algún pedestal dado el eco que da a otras posturas políticas algunas de las cuales se asumen con la virtud de encarnar “la verdad” y “todas las causas justas”. Las líneas más elocuentes del culto a la personalidad fueron de Denise Dresser quien, el 10 de enero en Reforma, escribió sobre Aristegui que “su sonrisa es una razón más para seguir amando la patria”. Otra fue expuesta el 14 de enero en Milenio Semanal por Héctor Rivera, quien la consideró como una “virtuosa, (que) domina su oficio más allá de la perfección”. Y otra más esté en la pretensión de la cineasta María del Carmen Lara por llevar este caso al cine.
La voz cantante
Prueba contundente de la presencia de Aristegui en el país, fue el alud de reacciones suscitadas una vez que, el 4 de enero, anunció su salida de la XEW tras dirigir el noticiero matutino durante cinco años. Buena parte de éstas fueron señalamientos y acusaciones endebles. Me parece que eso es consecuencia de que, esta vez para narrar su propia historia, Aristegui no fue tan exhaustiva y clara como lo ha sido al contar otras, incluida la suya propia en veces anteriores cuando, por ejemplo el 9 de diciembre de 2002, aseguró que su ruptura con el Grupo Imagen se debió a que estaba en riesgo su libertad de expresión y a que los accionistas principales ponían en duda la forma alternativa de organización empresarial y editorial de la que ella estaba persuadida. Así lo dijo en aquella ocasión, también a la revista Telemundo: