Tiempo después de aquella conversación, Henry Kissinger diría, no sin un dejo de resentimiento, que acceder
a ésta había sido lo más tonto que ha hecho en su vida.
"Nunca entendí por qué accedí. Es la más desastrosa conversación que haya mantenido jamás con la
prensa. Parecía una niña fácil de manejar."
Pero la reportera italiana fue todo menos "una niña fácil de manejar" en el camino de Kissinger y de casi
todos sus entrevistados. Oriana Fallaci se enfrentó el verbo es apenas preciso con el poderoso ex secretario de
Estado de EU, en un duelo verbal en el que acorraló al funcionario responsable de prolongar la guerra de Vietnam, con
miras de fortalecer la carrera política y conseguir la reelección del presidente Richard Nixon.
Fallaci esperó el momento, casi al finalizar la conversación, para inquirir a Kissinger sobre qué se sentía ser
más famoso y popular que el presidente de Estados Unidos.
El secretario de Estado titubeó, reticente a responder. Finalmente, lo hizo y su respuesta le provocó
un distanciamiento con el presidente. "El hecho de haber actuado siempre solo (...) El cowboy que entra solo en
la ciudad, en el poblado, con su caballo y nada más". (...)
"Nunca he entrevistado a nadie que sortease como usted las preguntas y las definiciones exactas, nadie que
se defienda como usted ante la tentativa de penetrar en su personalidad. ¿Es usted tímido, doctor Kissinger?
"Sí. Bastante. Pero, en compensación, creo ser equilibrado. Hay quien me pinta como un personaje
atormentado, misterioso, y quien me pinta como un tipo casi alegre que sonríe siempre, que ríe siempre. Las dos imágenes
son inexactas. No soy ni uno ni otro. Soy... No le diré qué soy. No se lo diré jamás a nadie."
Probablemente Kissinger no le diría a nadie quién es en realidad, pero Fallaci sabía, tal como ella misma
lo afirmó, que "cuando uno es entrevistado, vende su alma".
Combativa y furiosa desde su juventud cuando participaba en la resistencia italiana contra el fascismo
durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, Fallaci defendió terminante y a veces intolerante, las ideas
y posiciones en las que creía. En sus últimos años de vida, y partir de los atentados del 11-S se convirtió en una
crítica agria del fundamentalismo islámico al que antepuso un fundamentalismo occidental.
Mujer de pocos matices que siempre supo sentirse cómoda cuando su naturaleza provocadora se veía rodeada
y halagada por la polémica.
En el prólogo a su célebre Entrevista con la historia, Fallaci escribió: "No quiere prometer (el libro) nada más
que lo que promete ser: es decir, un documento a caballo entre el periodismo y la historia. Pero tampoco quiere
presentarse como una simple recopilación de entrevistas para los que estudian el poder y el antipoder".
"Yo no me siento, ni lograré jamás sentirme, un frío registrador de lo que escucho y veo (...) dejo jirones del
alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición
(y, en efecto, la tomo, siempre, a base de una precisa selección moral)."
Oriana vivió apasionada su oficio, lo asumió como el compañero constante de todas las batallas que libró en
su nombre.
"Porque la historia de hoy se escribe en el mismo instante de su acontecer. (...) Amo el periodismo por esto.
Temo al periodismo por esto. ¿Qué otro oficio permite a uno vivir la historia en el instante mismo de su devenir y
también ser un testimonio directo? El periodismo es un privilegio extraordinario y terrible."
Con talante crítico, Milan Kundera calificó las entrevistas de Fallaci como auténticos duelos en los cuales
los entrevistados "antes de advertir que se estaban batiendo en condiciones desiguales porque las preguntas
podía hacerlas ella y ellos no ya se retorcían K.O. sobre la lona del ring".
Pero Oriana no pretendía fingir modestia y se asumió protagónica en cada una de las líneas que escribió.
"Cada entrevista es un retrato de mí misma. Son una extraña mezcla de mis ideas, mi temperamento, mi paciencia y
todo esto guía las preguntas".
Y siguiendo la guía de sus preguntas Fallaci consiguió el reconocimiento del periodismo y la historia. En
1972, cuando Oriana entrevistó a Kissinger obtuvo una de las declaraciones más polémicas sobre la guerra de Vietnam.
"¿No tiene la impresión, doctor Kissinger, de que ésta ha sido una guerra inútil?
"En eso puedo estar de acuerdo."
El escándalo sobrevino y Kissinger recurrió a otro reportero para, a través de una entrevista, desmentir el asunto.
Oriana contaría después cuál fue su respuesta: "Le envié un telegrama a París, donde estaba aquellos días, y
le pregunté si era un hombre de honor o un payaso. Incluso lo amenacé con publicar la grabación de la entrevista"
Laura Islas Reyes