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Por nuestros huevos



En enero nos faltó un huevo y en febrero el otro. Nos quedamos sin huevos. Por eso echamos de menos a la revista mensual que llevó ese nombre hasta cuando, a finales del año pasado, anunció su interrupción definitiva.

De diferentes formas nos lastima la ausencia de ese proyecto editorial. En primer lugar por la pérdida de un referente que hizo apuestas intelectuales, artísticas, culturales y políticas con una clara identidad. En segundo, nos lastiman los motivos de su ausencia, o sea, porque no tuvo los suficientes anuncios, públicos y privados, para soportarse financieramente. Ello se debe, en buena medida, al ejercicio arbitrario del gasto en la publicidad oficial, concentrado en unos cuantos medios de comunicación, sobre todo radiodifusores, como resultado de cierta amalgama de intereses que, año tras año, hemos denunciado en estas páginas.

La asignación de la publicidad gubernamental debiera ser razón de Estado y, así, estar tutelada mediante reglas claras y responsabilidades recíprocas entre el anunciante y los medios, como ocurre en varios países modernos donde sería inadmisible el desdén hacia propuestas marginales de calidad o, más aún, el boicot a proyectos que no coincidan e incluso cuestionen la línea oficial. En México, sin embargo, Televisa y TV Azteca reciben cerca del 60% del gasto total publicitario que asciende a poco más de tres mil millones de pesos anuales. En cambio, según las cifras oficiales que difundimos en noviembre, hasta agosto de 2007 El Huevo obtuvo 165 mil 450 pesos, en el rubro de la partida presupuestal orientada para el caso. Con eso es imposible subsistir.

Decimos números para dar más contundencia a la necesidad de que el gasto oficial en la materia se reglamente, como un paso para mejorar la calidad democrática del país, es decir, para la expresión más amplia de la pluralidad informativa. Pero además porque sabemos bien que al ver unos huevos cortar hemos de poner los nuestros a remojar. Y no podemos dejar de pensar en aquella memorable frase de Brecht aunque éste no sea el caso de una revista encarcelada sino, más bien, cercenada por el imperio del rating y los cálculos políticos que suscita el sólo dirigirse a las grandes audiencias, o sea, al mercado de los votos y de las cosas.

Podría decirse que el sostén financiero de cualquier medio no es responsabilidad pública, o sea del Estado, y que el número de lectores o televidentes o radioescuchas es el único piso para determinar su permanencia. Pero más allá de que no sepamos de algún medio que, de veras, soporte su economía fundamentalmente en el público, y sin dejar de comprender que su impacto social se expresa también por su incidencia y la cantidad de personas que lo consumen, creemos que México no puede concentrar en unas cuantas ofertas su recreación intelectual. La supresión de El Huevo avista días aciagos, en especial, para el mundo editorial. La pregunta es qué revista sigue.

Fuimos acuciosos lectores de esa publicación. Naturalmente no siempre coincidimos ni con su diseño ni con lo que sostenían sus editores o algunos de sus colaboradores e incluso su director. Pero ahora eso es lo de menos. Criticar a un medio que no puede responder es falta de huevos. Cuestionar la dolorosa decisión de suspender la revista también sería algo así como querer ser un valiente pero con los huevos de otros. Nada más alejado de nuestra intención.

Queremos reconocer y expresarle nuestra gratitud a una revista que durante 11 años aportó para que en este país se leyera más, se pensará mejor y se conviviera en el ámbito álgido de la discusión y el análisis, la recreación e incluso el divertimento hasta para bien morir, como bien lo hicieron en su última edición, la número 135. Pese a la noticia irreversible nosotros queremos que, así sea por quién sabe cuanto tiempo dadas las vicisitudes propias, viva El Huevo de algún modo. Por nuestros huevos, o sea, por aquellas ediciones, hemos invitado a su director, Nicolás Alvarado, a escribir una columna en etcétera y también le pedimos que convoque a quienes ahí colaboraron a encontrar aquí algún resguardo.

Nicolás Alvarado aceptó, se lo agradecemos. Nuestro trato con él es algo así como el que se le da al capitán de un barco que ahora no tiene barco, pero que es un capitán al fin. O sea que recibimos su estancia con todos los honores de guerra y 11 cañonazos de gusto por su denuedo y su buen humor hasta en las situaciones más adversas. Él escribirá sobre lo que quiera, igual que los demás que aquí colaboran, pero será el único que podrá o no aludir a los medios de comunicación (no entendemos otra forma de que exista El Huevo y estoy seguro de que todos los que aquí publican lo comprenderán). Como todos, Nicolás coincidirá o disentirá de nosotros, incluso hasta para decirnos del huevo y quien lo puso, aquí no tendrá trato de traidor por pensar distinto. Sinceramente no lo hubiéramos querido tener aquí sino compitiendo con nosotros, pero ya que no está ahí, lo queremos aquí batiéndose a nuestro lado con lo que sabe hacer y como es: inteligente, culto y algo mamón. A huevo, se llama su columna que estrena entrega en este número, y mientras nos prepara un martini de esos por los que él también es muy famoso ­o nos motivamos con el texto que en este número escribe Jorge Javier Romero­ brindamos a su salud para decir como a él le gusta decir junto con Fitzgerald: "Suave es la noche" aunque en realidad muchas veces ésta sea tan intensa y gratificante como la edición de una revista. El orgullo de lo publicado, nadie se lo quita.

A huevo.


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