En estos seis años de producción editorial está la memoria de la cesión de buena parte del
poder público al interés de las empresas mediáticas, sobre todo del duopolio televisivo y los grupos
radiofónicos más fuertes. Nunca como en el sexenio de Vicente Fox Quesada esos poderes fácticos habían sido
tan favorecidos, en desdoro de una oferta de comunicación plural y contra los más elementales
principios de la competencia en el mercado, pero sobre todo, contra la democracia misma.
La expresión más grotesca de la descomposición de la figura presidencial no está en las ocurrencias del mandatario saliente, ni en su imprudencia ni en su ostensible ignorancia tanto en éste como en otros temas. Está en la sumisión del gobierno federal al poder fáctico de los medios y, en ese sentido, en la cesión de todos los privilegios que le exigieron, en la ostensible debilidad de los medios públicos o en el olvido en que dejó a las radios comunitarias; en la disolución de CNI Canal 40; en el refrendo de todas las concesiones y en el regalo de otras más con el pretexto de la convergencia digital, entre
otras medidas como el llamado decretazo. El Ejecutivo, sin embargo, no fue el único poder subyugado porque, como se sabe, las otras instancias de gobierno cedieron a los designios de esos grupos poderosos y aprobaron la llamada Ley Televisa, que es un auténtico despojo a la nación.
La concentración mediática se expresa en todo el país, dramáticamente, en cada rincón, como una de las principales distorsiones del sistema político. El reporte que encontrará usted páginas más adelante, muestra que los consumidores de medios en cada estado de la República ven casi solamente la producción de las dos principales televisoras. Esa radiografía también enseña la debilidad de las empresas de radio que contrasta con el ostensible vigor de otras tantas, las menos, sin que haya una política de Estado que atienda esto, por ejemplo el apoyo a las frecuencias que operan en AM, siempre y cuando ello no quiera decir fortalecer a las empresas ya encumbradas. En relación con la prensa, el material demuestra que ni los periódicos nacionales son tan nacionales, ni los locales lo son tanto. Es decir, los que se ostentan de circulación nacional no tienen ese alcance, pero algunos de los más importantes diarios de la ciudad de México dan servicio a varios diarios en provincia o han creado empresas que operan en diversos lugares. Esto, sin dejar de reconocer a Diario de Yucatán, El Imparcial o El
Hidrocálido, entre otros.
Además, el reporte expresa las condiciones extraordinariamente difíciles desde las que se
desarrolla el trabajo periodístico, y no nos referimos a las poderosas empresas mediáticas que concentran
su atención sobre todo en la oferta de entretenimiento y la producción de noticieros banales de radio
y televisión, aunque hay excepciones. Nos referimos, primero, a los bajos insumos profesionales con
los que se desarrolla el oficio, a las pésimas condiciones de trabajo y a los bajos salarios con los que
se desempeñan, así como a la sumisión en la que los gobiernos locales buscan mantenerlos y que por
eso recurren lo mismo al embute que a la amenaza velada o abierta. Por si fuera poco, el trabajo
periodístico se desarrolla en el ambiente hostil de la inseguridad provocada por la delincuencia organizada y,
sobre todo en el norte, en especial por el narcotráfico. Dedicamos por eso esta edición a un periodista
que pudo abrirse paso frente a esas y otras adversidades, a Jesús Blancornelas, que hasta en sus
últimos momentos le ganó al narcotráfico porque murió cuando él quiso, como dijo, y no cuando otros
hubieran querido que lo hiciera. Es un ejemplo.
Por último, aquel conjunto de textos hechos por colegas nuestros de cada uno de los estados
del país, muestran que a veces ocurre como si las cosas no pasaran, como si todo estuviera suspendido
en el tiempo, con las agujas del reloj como si fueran libélulas suspendidas en el aire. Nos referimos a
la relación de los gobiernos regionales con los medios en donde las presiones, el chantaje y el dictado
está a la orden del día. Cambiarán las cosas: quienes escribieron están comprometidos en eso y
nosotros desde aquí los alentamos. No pueden mantenerse los viejos mecanismos de sometimiento y
control, como esos que operaron con el espionaje a periodistas y del que da cuenta el extraordinario reportaje de
Luis Miguel Carriedo para detallar la obsesión gubernamental, sobre todo la del entonces
presidente Luis Echeverría álvarez, que enfermizamente, olfateó, rastreó y siguió los pasos de otro gran
y controvertido periodista, Julio Scherer García. Ese material demuestra una persecución inadmisible
y que, de vez en cuando, para que no pase o vuelva a pasar, vale la pena denunciarlo. Para
eso, orgullosamente, también somos periodistas.
MLT