Al amparo de la libertad
Algo sucede en las relaciones sociales y en las estructuras institucionales de las sociedades modernas como para
que el escándalo adquiera prominencia en las disputas políticas.
El escándalo es un fenómeno inherente de la incipiente democracia mexicana. Lo es porque ocurre al amparo
(o con el pretexto) de la libertad de expresión y también porque en este tipo de sistemas el prestigio, la reputación y
el respeto tienen relevancia y entonces llegan a captar la atención entre los adversarios para defenestrarse
mutuamente sin que haya algún orden legal que tipifique claramente esas tropelías. En consecuencia, la democracia es al
mismo tiempo la base común desde donde se les puede poner diques éticos y normativos.
Nos guste o no, hay escándalos que revelan transgresiones de diversa índole y que en ese sentido, al
sustentarlas, abonan al fortalecimiento del Estado de derecho (son los casos de cuando, por ejemplo, se documentan
quebrantos financieros, políticos o legales desde el ejercicio del poder). Sin embargo, hay otros escándalos que deterioran
esa esfera pública al conformar un discurso infamante que, además, viola la vida privada y la intimidad. Por su
naturaleza comercial que busca más lectores o mayores niveles de audiencia, y también por ser (o querer ser)
protagonistas políticos, algunos medios de comunicación se prestan como vehículos para difundir ese tipo de escándalos
lesivos de la convivencia civilizada. En esos casos no importa piso deontológico ni respeto a la ley ni vocación por
el servicio público que, al menos en la atmósfera del deber ser, orienten al quehacer informativo. Importa sumarse a
la espiral de cada escándalo que, al desvanecerse con el tiempo, genera el campo propicio para que surja otro y otro
y otro.
La arenga difamatoria puede alcanzar éxito de ventas o dividendos políticos e incluso adhesiones
insospechadas y lograr los efectos que persigue, pero eso no es periodismo aunque pretenda vestirse con ese ropaje (y que
incluso, en plena desfachatez, reseña decisiones personalísimas de otros y las considera como "agregados de color").
Crónicas malditas es un libro despreciable -como también lo es la difusión de los alegatos íntimos, reservados para
otro espacio pero no para hacerse del conocimiento público-. Desafortunadamente no son los únicos ejemplos de
cómo el perjuicio a una o varias personas no sólo tiene efectos individuales sino sociales y políticos, al enrarecer aún
más el clima de la discusión pública y al pretender otorgar carta cabal para la intromisión en la vida privada e íntima
de los otros (el caso más reciente, al filo del cierre de esta edición, sucedió con la propalación de la pareja
sentimental del jefe de gobierno del Distrito Federal). Incluso, del deterioro de la esfera pública da cuenta la
insospechada afirmación que hace poco más de dos años hizo el propio Presidente cuando aseguró que en México se puede
calumniar y luego asoció a esa práctica con el ejercicio libre del periodismo que se da, según él, gracias a su gobierno.
En etcétera miramos a los escándalos políticos sin prejuicio ni admoniciones, pero también sin complacencia;
el fenómeno es parte de la democracia y en ese contexto el reto es sancionar distorsiones de la competencia en la
esfera pública. Una de esas distorsiones se expresan a menudo con los escándalos mediáticos que remiten a los panfletos
y libelos de los siglos XVI y XVII pero que, en su versión contemporánea, se despliegan ampliamente en el ámbito
de la libertad que suponen las sociedades modernas y que, por ello, colocan a esas empresas mediáticas como
instrumento de la política o como protagonista en sí mismo de la política, con la ventaja de que conforman un amplio
territorio para la impunidad.
Los rumores no son noticia. La injuria es ilegal. También la intromisión en la vida privada e íntima de las
personas sin que se justifique el interés y la incidencia pública de la información. Afirmar sin sustentarse en fuentes no
es investigar. Más allá de la ausencia de ética que supone el empleo de esos recursos, eso no es periodismo.
Además, quien difunde esa forma truculenta de comunicar no puede recurrir con solvencia intelectual a la coartada del
deslinde desde el paraguas del respeto a la libre opinión.
etcétera invita formalmente a
Proceso para que, entre sus directores, haya un intercambio de ideas en torno de
lo antedicho aquí; ojalá acepte Rafael Rodríguez Castañeda porque ésta, nuestra crítica, la anima el sentimiento
franco y sincero de contribuir, desde los medios, a desvanecer el ruido que hace de lo secundario algo importante y de
lo importante siempre lo de menos.
etcétera