Francisco Báez Rodríguez
El poder comercial
Si una empresa quiere obtener varios poderes, el primero que requiere poseer es el comercial. En el caso de la
televisión, el poder comercial está directamente relacionado con el tamaño de la audiencia.
Históricamente, Televisa ha tenido una gran ventaja en el
share de audiencia, aunque ha habido épocas y espacios de
la programación en los que la ha perdido. Hace unos meses, el domingo por la noche era uno de estos espacios
malogrados. Ya no. Con Bailando por un
sueño, Televisa salvó su principal escollo y ahora domina
prácticamente todo el espacio
AAA de la programación nacional.
¿Cuáles fueron las claves de la victoria aplastante de Televisa en la guerra de los bailes? Tres, a mi juicio. La
primera es que, a diferencia de la televisora del Ajusco, aprendieron la lección de la primera
Academia de Azteca: brindemos melodrama a una audiencia educada
sentimentalmente por las películas de Pedro Infante y medio siglo de
telenovelas. La segunda que, al contrario de Azteca, acertaron en el
conductor. La tercera que, sin la lógica cuentachiles, invirtieron
recursos para una producción espectacular, que comercializan sin
recato. (Hay un nuevo efecto adicional: con
El Perro Bermúdez ocupado en el baile, las transmisiones futbolísticas de Televisa se hacen llevaderas.)
El poder de la credibilidad
Atesorada la mayoría del
share, hay que pasar a la siguiente fase: hacerse de una credibilidad mínima entre la
audiencia semicautiva. Eso significa abandonar, de manera definitiva, cualquier pretensión abierta de ser "soldados del
Presidente" o personeros del régimen.
¿Qué mejor manera de hacer explícito este abandono que mediante un compromiso de transparencia en las
campañas electorales? En años recientes, se ha especulado mucho sobre precios diferenciales para la propaganda electoral.
El argumento, comercialmente racional, de que un paquete grande merece mayores descuentos, se transforma a los ojos
de los críticos en injusticia política e inequidad electoral.
Televisa,
al obligarse a hacer públicos las cantidades y los costos de los promocionales que contraten partidos
y candidatos en las elecciones federales de 2006, se lava las manos de previsibles acusaciones de favoritismo. Al
mismo tiempo, lanza la pelota a la cancha de enfrente, empujando a Televisión Azteca a hacer lo mismo, o atenerse a
las consecuencias políticas de una opinión pública hipersensible a estos temas.
El poder político
Las dos primeras circunstancias facilitan la aparición de una tercera: la construcción de Televisa como una suerte
de árbitro paralelo de la contienda política nacional.
Por una parte, sus principales conductores de
noticieros se mueven fácilmente en bandas diferenciadas del espectro
político nacional, y esto los ha convertido en intermediarios
privilegiados entre la clase política y sus diferentes públicos. Esto
se refleja, por ejemplo, en que Joaquín López-Dóriga condujo el debate
entre los aspirantes a la candidatura presidencial del PAN; Adela Micha
lo hizo entre los miembros del Tucoi, que buscan desbancar a Marcelo
Ebrard de la candidatura del PRD para el DF; Víctor Trujillo es el
medio que prefiere Cuauhtémoc Cárdenas para enfatizar, de nuevo, sus
puntos de vista y es a través del propio López-Dóriga que los
precandidatos priistas expresan sus diferencias, y luego las liman.
La pinza se cierra con una iniciativa
inteligente: la convocatoria a diversos intelectuales para que, a
través de un cuestionario elaborado por ellos, y presentado a los
distintos aspirantes a la Presidencia, se vaya generando un "diálogo"
basado en las propuestas, y no solamente en el carisma o la capacidad
publicitaria. En otras palabras, hay la intención de generar una
discusión de agenda.
Lo ideal sería que al final de estos diálogos, se generara un documento de consenso entre los candidatos de los tres principales partidos políticos a la Presidencia de la República. Un documento que contenga elementos de diagnóstico y propuestas específicas compartidas sobre los temas electorales del país.
Lo más probable, sin embargo, es que cuando menos se generen los insumos que sirvan a los conductores de
Televisa (pienso, principalmente, en López-Dóriga) para llevar a cabo debates alternativos al "oficial" que organice la CIRT.
Ya hubo algo, no muy formal, en 2000. Apostaría a que será más explícito el año próximo.
Televisa, un árbitro político. Sí, pero no un árbitro institucional, al estilo del IFE. Un árbitro privado, con
intereses propios.
Pensemos, por ejemplo, en el tratamiento noticioso que mereció el desastre humano y social causado por las lluvias
en Chiapas y otros estados de la República.
Ciertamente fue una cobertura celosa y amplia en términos geográficos, que exploró el lado humano de la tragedia
e hizo varios oportunos llamados de atención a las autoridades.
Pero la parte "crítica" se limitó a enviar machaconamente el mensaje de que "falta ayuda", "todavía no llega toda
la ayuda", "se necesita más ayuda". Televisa ofreció poco sobre el auxilio que sí
llegó; muy poco, casi nada, sobre
la autorreconstrucción, menos todavía sobre los problemas causados por el crecimiento irregular de los asentamientos
urbanos y prácticamente nada sobre el papel de la deforestación en esta catástrofe humana (para escuchar algo de esto en TV,
sólo en Canal Once).
Detrás de toda cobertura informativa hay política, quiérase o no. La que vimos en el caso de las inundaciones fue "pobre gente, le falta ayuda, seamos generosos... nosotros guiaremos esa generosidad". Me pregunto cuál será la línea política de Televisa en otros casos con tantas implicaciones políticas, o quizá con más. También deberían preguntárselo los aspirantes a gobernar este país.