Antulio Sánchez
Para algunos ha sido la escalera más corta y cómoda para subir al cielo, para otros la forma más estúpida de llegar
al infierno. Nos referimos al chat que es un infinito catálogo de estados de ánimo, una región que despierta pasiones,
fobias y delirios. En esas zonas de tertulia digital los usuarios pueden encontrar una manera económica y cómoda de divertirse
y paliar el aburrimiento, o bien atestiguar cómo la burla y la violencia se reproducen vigorosamente.
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Ilustración: N.J. Tillett |
A lo largo de los años esta forma de comunicación ha provocado posiciones encontradas. Sus seguidores lo
aman porque encontraron una
manera de mitigar su soledad; otros han hecho refugio del
chat ante lo poco agraciados que son
físicamente, porque allí pueden tornarse bellos y atléticos.
Pero también hay quienes odian estas tertulias porque piensan que son simulacros de socialización, con un derroche
de verborrea; aunado a que consideran que los
emoticons son quimeras, simulaciones efímeras de afecto y de emociones
que son insignificantes comparados con los gestos reales.
Fanáticos y extravagantes
El chat es capaz de provocar fanatismo y crear dependencia, a tal grado que varios son incapaces de sobrevivir fuera
de ese torbellino de ficción. Entrar a un
chat es regresar por acto de magia a la adolescencia y la niñez. Allí hasta
los
más sapientes y maduros individuos tienen comportamientos infantiles. Los usuarios se vuelven inocentes infantes y ahí está
la razón por la que no ha tenido el papel relevante que se pensaba en la productividad y la vida laboral. Y cómo podría
serlo si en su seno lo que menos se quiere es esforzarse, pues el objetivo es divertirse.
Como auténtico espacio lúdico, el
chat hace que se pierdan las referencias y se torna en simulacro que tiene la virtud
de hacer intrascendente lo que no es. En la sociedad digital, el juego no es un recurso o una posibilidad, sino un
elemento constitutivo y fundamental y donde lo lúdico no está definido pues es una perenne construcción.
Ideal para todas las edades, los
chats son un parque de atracciones donde convergen
niños, adolescentes,
jóvenes, adultos y ancianos, conformando un carnaval donde acuden para hacer realidad la vida de novela de ciencia ficción.
Mientras que fuera del ciberespacio ningún anciano se atrevería a comentar sus intimidades a un desconocido, en la
red es lo normal e incluso algunos que ni en su juventud hicieron gala de exhibicionismo pueden hacer un
striptease frente a una cámara Web.
Por eso no extraña que la fascinación por desnudar la intimidad, de salir del anonimato social impuesto por la
vida moderna, recurriendo a lo incógnito, termine por generar vínculos estrechos entre las personas, nuevas formas de
onanismo y construya identidades que continuamente se modifican.