John B. Thompson
Hemos visto cómo fue apareciendo, al producirse el desarrollo de las sociedades modernas, una peculiar forma de escándalo, una forma íntimamente vinculada a las formas mediatas de la comunicación. El término "escándalo" continuó aplicándose a las acciones y a los acontecimientos que se desarrollan en los ambientes que se comparten a diario, pero la voz fue asociándose cada vez más con una multitud de fenómenos que habían sido moldeados por la prensa y otros medios. ¿Cuáles son las características de estos escándalos mediáticos? ¿En qué se diferencian de los circunscritos escándalos de la vida cotidiana? ¿De qué modo altera su carácter como acontecimientos el hecho de desarrollarse como escándalos en los medios?
En este capítulo intentaré responder a estas preguntas procediendo a examinar las características del
escándalo como acontecimiento mediático. El método que utilizaré será primordialmente analítico. En el
capítulo anterior he reconstruido la forma en que surgen históricamente los escándalos mediáticos; he tratado
de mostrar que, en tanto acontecimientos de un tipo particular, los escándalos mediáticos afloraron a fines
del siglo XVIII y principios del XIX y que, por diversas razones, prosperaron en el XX. Ahora pasaré a ocuparme
de este tipo de acontecimientos para analizar algunas de sus características. Empezaré comparando los
escándalos mediatos a sus equivalentes circunscritos. Luego examinaré la estructura de los escándalos mediáticos en
tanto que acontecimientos, mostrando que poseen una peculiar estructura temporal y secuencial que viene
moldeada por los procedimientos prácticos de los medios de comunicación y otras organizaciones. Después
examinaré más detenidamente los escándalos mediáticos en su condición de acontecimientos
circunscritos, examinando algunas de las instancias y organizaciones que están implicadas en la génesis de un escándalo.
Por último, revisaré de qué modo experimentan los individuos los escándalos mediáticos, tanto si se trata
de individuos cuyas vidas se han visto directamente afectadas por los escándalos como si se trata de individuos
que se han limitado a ser espectadores.
Mediante este análisis intentaré mostrar que los escándalos mediáticos son acontecimientos con
entidad propia, distintos en ciertos aspectos de los escándalos circunscritos que se desarrollan en los contextos
que compartimos en la vida diaria. Los escándalos mediáticos son acontecimientos cuyo alcance se extiende
a considerable distancia de las acciones o transgresiones originales que se encuentran en su epicentro. Podríamos describir estos escándalos como "acontecimientos mediáticos", ya que son
acontecimientos que están constituidos en parte por las formas mediáticas de la comunicación. La revelación en
los medios y los comentarios en los medios no son rasgos secundarios o incidentales de estas formas de
escándalo: son parcialmente constitutivos del escándalo mismo.
Algunas características de los escándalos mediáticos
Con el fin de exponer claramente cuáles son las características de los escándalos mediáticos, voy a
comenzar esbozando una tosca comparación entre los escándalos circunscritos y los escándalos mediáticos.
He expuesto el argumento de que el primer sentido del término "escándalo" en la actualidad es el
sentido que hace referencia a las acciones o acontecimientos que implican, entre otras cosas, la transgresión de
ciertos valores, normas o códigos morales. Con respecto a esta característica, no hay ninguna diferencia
significativa entre los escándalos circunscritos y los escándalos mediáticos: los dos implican alguna forma y grado
de transgresión (real o supuesta). Sin embargo, mientras que los escándalos circunscritos están vinculados en la mayoría de los casos con transgresiones de primer orden (esto es con la transgresión de valores o normas
que tienen algún grado de fuerza moral o de capacidad vinculante), los escándalos mediáticos es más probable
que impliquen una mezcla de transgresiones de primer y segundo orden. Esto se debe en parte al hecho de
que, a medida de que van desarrollándose los escándalos mediáticos, los individuos que se encuentran en
su epicentro se ven atrapados en un proceso muy difícil de controlar, y en el cual, sus intentos de ejercer
algún control pueden verse fácilmente abocados al fracaso. Se debe en parte también a que sus primeras
acciones y afirmaciones pueden haber quedado establecidas con una fijeza que limite sus opciones y que aumente
el riesgo de que sus argumentos posteriores se vean definitivamente desautorizados. Aunque no es
infrecuente que los escándalos circunscritos impliquen transgresiones de segundo orden, este tipo de transgresiones,
por las razones ya mencionadas, constituyen un rasgo más propio de los escándalos mediáticos.
Todas las formas de escándalo implican obligatoriamente algún grado de conocimiento por parte de los
no participantes, y de ahí que los escándalos sean necesariamente asuntos "públicos". Sin embargo, los tipos
de publicidad que caracterizan a los escándalos circunscritos y los mediáticos son diferentes. Los
escándalos circunscritos se caracterizan por lo que he llamado la publicidad tradicional de copresencia: son
acontecimientos que se desarrollan en los ambientes que compartimos en nuestra vida cotidiana, acontecimientos en los
que los individuos interactúan cara a cara. Los individuos implicados se conocen unos a otros personalmente, y
por regla general obtienen el conocimiento pertinente sobre las acciones o los acontecimientos bien por haber presenciado directamente ciertas formas de comportamiento que dan lugar a una sospecha razonable, bien
por haber oído algo acerca de esas acciones o acontecimientos por boca de otros. Los escándalos circunscritos
se encuentran así vinculados, por lo general, al tipo de habladurías y rumores que se difunden de viva voz.
Los escándalos mediáticos, por el contrario, se caracterizan por lo que he llamado la publicidad mediata:
son acontecimientos que se desarrollan, al menos parcialmente, gracias a las formas de la comunicación
mediata y que de este modo adquieren una notoriedad pública que es independiente de su capacidad para ser
vistos u oídos de forma directa por una pluralidad de terceras personas copresentes. En virtud de esta
publicidad mediata, las acciones o los acontecimientos que se encuentran en el epicentro de los escándalos
mediáticos resultan visibles a los ojos de terceras personas que no estaban presentes en el momento y lugar que
sucedieron, y que podían haber estado situadas en lugares muy distantes. Mientras que la publicidad de los
escándalos circunscritos se halla moldeada por la dinámica de la interacción cara a cara, los escándalos mediáticos
adquieren un tipo de publicidad que los distingue de la interacción cara a cara y que recibe su forma de las
características propias de la interacción inherente a la comunicación mediata.
¿De qué modo configuran las caracterísitcas propias de la interacción en la comunicación mediata la
aparición y el desarrollo de los escándalos? Podemos comenzar respondiendo a esta pregunta introduciendo
una nueva distinción esta vez obtenida de la obra del sociólogo Erving
Goffman.1 Cualquier acción o
afirmación se produce en un particular marco interactivo que implica ciertas asunciones y convenciones además de
las caracterísiticas físicas del escenario en que se produjo esa acción o afirmación (disposición espacial,
mobiliario, vestimenta, etcétera). Un individuo que actúe dentro de ese marco deseará, en cierta medida, adaptar a él
su comportamiento, tratando de proyectar una imagen propia que sea más o menos compatible con el marco
y con la impresión que el individuo desea transmitir. El marco de la acción y las características que los
individuos que actúan en él tratan de acentuar constituyen lo que Goffman llama la "región
frontal".2 Las acciones o aspectos de la propia personalidad que se consideran inapropiados, o que pueden desprestigiar la imagen
que la persona trata de proyectar, son suprimidos y se reservan para otros escenarios y otros encuentros cosa
que Goffman califica como "regiones traseras". En las regiones traseras es frecuente que los individuos actúen
de un modo que contradiga a sabiendas las imágenes que intentan proyectar en las regiones frontales. En
las regiones traseras, los individuos se relajan y se permiten bajar la guardia. Puede suceder que suavicen los mecanismos de autocontrol, al no necesitar supervisar ya sus propias acciones con el mismo grado de
hondura reflexiva que generalmente emplean cuando actúan en las regiones frontales.
Las distinciones entre una región frontal y una región trasera es característica en muchos contextos de
acción en los restaurantes, por ejemplo, las cocinas se encuentran generalmente separadas de las zonas
destinadas a los comedores mediante pasillos o puertas batientes que se encuentran fuera de la vista de los clientes.
Sin embargo, el uso de los medios de comunicación puede alterar la naturaleza de las regiones frontales y
las regiones traseras, así como sus relaciones. En el caso de la interacción cara a cara, los participantes
comparten una región frontal común el comedor del restaurante, por ejemplo, pese a que cada participante pueda
tener su propia región trasera en relación con ese espacio compartido. Ahora bien, dado que la interacción
mediata implica por lo general una separación de los contextos en los que se hallan ubicados los participantes, este
tipo de interacción crea un marco interactivo consistente en dos o más regiones frontales que se
encuentran separadas en el espacio y quizá también en el tiempo. Cada una de estas regiones frontales tiene sus
propias regiones traseras, y cada participante en la interacción mediata ha de tratar de averiguar los límites que
las separan. Además, dadas las características de la comunicación mediata y la complejidad de estos marcos
de interacción, los límites entre las regiones frontales y las regiones traseras resultan relativamente porosos
o proclives a "filtraciones". Los individuos que desean proyectar una determinada imagen valiéndose de
los medios pueden observar que, a pesar de sus mejores esfuerzos, es extremadamente difícil evitar ciertas formas de conducta en las regiones traseras en las que suelen producirse. Quizá se encuentran también con
que las filtraciones de estas conductas de las regiones traseras, filtraciones que las hacen aparecer en las regiones frontales, las vuelven visibles a los ojos de terceras personas, con lo que se socava, o se
produce el riesgo de que se socave, la imagen de ellos mismos que pretendían proyectar.
En la interacción cara a cara, el marco interactivo primario es una región frontal común situada en un
ámbito espacio-temporal compartido. Cada uno de los que participa en la interacción tiene su propia región
trasera para determinadas conductas y puede aislarla de la región frontal o, por el contrario, exponerla
selectivamente a la vista de terceras personas. De manera inversa, en el caso de la cuasi interacción mediata no existe
ninguna región frontal común que sirva como marco interactivo primario para todos los participantes. Existen
contextos de producción en los que se observa la presencia de regiones frontales y de regiones traseras, y hay
una pluralidad de contextos de recepción espacialmente dispersos que tienen, cada uno de ellos, su propia
región frontal y su propia región trasera. En el caso de una transmisión de televisión, por ejemplo, la región
frontal del contexto de producción podría ser la zona del estudio que barre la cámara , mientras que las
regiones frontales de los contextos de recepción serían los diversos escenarios (salas de estar domésticas, etcétera) donde se contempla el programa. Los individuos que aparecen en los contextos de producción de las
regiones frontales tratarán por lo general de excluir la aparición de la conducta que siguen en sus regiones traseras,
o decidirán con todo cuidado qué aspectos de su conducta de región trasera deberán ser visibles en la
región frontal. Sin embargo, es fácil que se produzcan filtraciones, sobre todo si tenemos en cuenta la
complejidad continuamente creciente de las tecnologías de la comunicación; además, dada la naturaleza de la
cuasi interacción mediata, la filtración de una conducta propia de la región trasera hasta la región frontal del
contexto de producción puede hacer que esa conducta se haga rápidamente visible para muchos miles o millones
de receptores.
La filtración de la conducta propia de la región trasera hasta las regiones frontales se produce de
diferentes modos y en distintos escenarios no todas las filtraciones constituyen un escándalo. Algunas filtraciones
sólo dan pie a pasajeros momentos de apuro o embarazo, como, por ejemplo, cuando el antiguo primer
ministro británico John Major, tras conceder una entrevista por televisión, se permitió relajarse en el propio estudio
y hablar con toda franqueza y desdeñosamente de algunos de los miembros de su partido, dándose cuenta,
para su gran bochorno, de que el micrófono seguía
abierto.3 Sin embargo, los escándalos mediáticos son un tipo
de acontecimientos que acostumbran a verse acompañados por la filtración de conductas propias de las
regiones traseras hasta las regiones frontales, de tal modo que las acciones que se encuentran en el origen del
escándalo reciben un tipo de publicidad que no habrían tenido de no haberse producido la filtración. De pronto,
acciones o acontecimientos que habían permanecido hasta ese momento ocultos resultan catapultados, a través de
las formas mediatas de la comunicación, a unas regiones frontales en las que son visibles y observables para
miles o millones de personas. Parte de la controversia asociada con los escándalos mediáticos, y con la
conmoción y la indignación a que a veces dan lugar, puede deberse en ocasiones menos al carácter de la transgresión
en sí como a la sorpresa y a la incomodidad generadas por la revelación de formas de conductas propias de
las regiones traseras, es decir, a la sorpresa y a la incomodidad generadas por la revelación de formas
desagradables o incongruentes con la posición social y la imagen proyectada por los individuos implicados. La conmoción
que muchas personas experimentaron al oír las cintas del Watergate, por ejemplo, no provenía tanto del hecho
de que hubieran comprendido que Nixon podía haber estado envuelto en actividades encubiertas, ya que hacía mucho tiempo que la mayoría de la gente lo venía sospechando, sino del descubrimiento de que, tras
la representación cuidadosamente estudiada de Nixon y su administración, había una región trasera de
conducta, junto con formas asociadas de conversación propia de las regiones traseras, que parecían por
completo inapropiadas para el inquilino de la Casa Blanca.
Tanto los escándalos circunscritos como los escándalos mediáticos implican de modo característico la
existencia de límites entre las regiones traseras y las regiones frontales, límites en los que se producen
filtraciones. Sin embargo, el tipo de filtración es diferente en cada caso. En los escándalos circunscritos, lo característico
es que las acciones o los acontecimientos que se encuentran en el epicentro del escándalo sean revelados
a terceras personas mediante los métodos propios de la comunicación cara a cara: el conocimiento de los
no participantes se difunde de viva voz. Por supuesto, pueden utilizarse varias formas de comunicación
mediata para sustituir la difusión realizada de viva voz, pero es característico que se trate de formas
relativamente cerradas y orientadas a terceros muy concretos, como sucede con las conversaciones telefónicas. En el caso
de los escándalos mediáticos, por el contrario, las acciones o acontecimientos se revelan por regla
general mediante formas de comunicación mediata que resultan relativamemnte abiertas y que transmiten el
conocimiento sobre los acontecimientos a una pluralidad de no participantes que se hallan situados en diversos
contextos. Sin embargo, una vez más la oposición no es absoluta. La comunicación mediata es el principal
modo en que se produce la revelación en los escándalos mediáticos, pero eso no quiere decir que la
comunicación cara a cara no desempeñe ningún papel. En los escándalos mediáticos, la información suele transmitirse
tanto de viva voz como a través de los medios, y la información transmitida por los medios se convierte
habitualmente en objeto de debate para los individuos en el contexto de su vida cotidiana.
Del mismo modo que es posible distinguir los escándalos circunscritos de los escándalos mediáticos
en función de los principales modos en que se produce su revelación, también es posible diferenciarlos por
los principales modos de la censura que suscitan. Como ya hemos visto, el escándalo no sólo presupone
la ocurrencia de actos de transgresión que llegan a ser conocidos por terceras personas, sino también la
expresión de una censura por parte de esas terceras personas. En los escándalos circunscritos, la expresión de la
censura adopta por lo común la forma de actos de habla orales realizados en el transcurso de actos de
comunicación cara a cara (o en el transcurso de formas de comunicación mediata relativamente cerradas). Los individuos
expresan su desaprobación a otros en un gran número de escenarios de comunicación es decir, en
conversaciones de persona a persona, en pequeñas reuniones, en alocuciones públicas, etcétera. La repetida
articulación de actos de habla negativos produce un clima localizado de desaprobación moral. En el caso de los
escándalos mediáticos, por el contrario, las formas abiertas de la comunicación mediata constituyen el principal modo
de la desaprobación. Los titulares de los periódicos, la articulación de juicios adversos en la prensa, las mordaces y en ocasiones humillantes caricaturas de los individuos cuyas acciones (reales o presuntas) constituyen el
blanco de los reproches: la repetida expresión de esos actos mediatos de comunicación es lo que genera el clima
de censura que caracteriza a los escándalos mediáticos. Por supuesto, esta atmósfera de desaprobación
mediática no se corresponde necesariamente con las opiniones y actitudes de los individuos que leen los periódicos y
ven los programas de televisión. La conjunción de juicios negativos en la prensa puede convertirse fácilmente
en un discurso autorreferente, y la medida en que el clima moral que esos juicios generan se corresponde o no
con las actividades de los receptores es, como vamos a ver, una cuestión abierta.
Otro de los aspectos en que los escándalos mediáticos difieren de sus equivalentes circunscritos afecta a
lo que yo denominaría su "base de evidencias". Es frecuente que los escándalos impliquen la existencia
de determinadas pretensiones de conocimiento en los no participantes. Se trata del conocimiento de
ciertas acciones que, supuestamente, ocurrieron en el pasado y que pueden ser rebatidas por los individuos que
se hallan en el centro del escándalo. La trayectoria del escándalo puede llegar a depender de la medida en que esas pretensiones puedan ser respaldadas por las pertinentes formas de evidencia. En este plano de la base
de evidencias, los medios de comunicación pueden llegar a desempeñar un papel crucial. Una de las
características más importantes de los medios de comunicación es el hecho de que "fijan" la información o los
contenidos simbólicos en un medio relativamente duradero. En el flujo temporal de la interacción cara a cara, los
contenidos del intercambio simbólico pueden tener una existencia pasajera: las palabras que se pronuncian pueden
disiparse con gran rapidez, y la preservación de los contenidos simbólicos puede depender de la falible y
disputable facultad de la memoria. Sin embargo, al utilizar determinados medios técnicos de comunicación el papel,
la película fotográfica, la cinta electromagnética, los sistemas de información digital, etcétera, los contenidos
del intercambio simbólico pueden fijarse y preservarse de un modo relativamente duradero. Los distintos
medios tienen diferentes grados de permanencia, y difieren por la medida en que permiten que los contenidos
simbólicos sean alterados o revisados. Las palabras escritas en un papel o las afirmaciones registradas en una
cinta son más difíciles de negar que las palabras intercambiadas en una interacción cara a cara. Las cintas
electromagnéticas, sin embargo, pueden borrarse aunque las partes borradas pueden dejar residuos que, en
determinadas circunstancias, permiten realizar algunas inferencias.
Tanto los escándalos circunscritos como los escándalos mediáticos pueden implicar el uso de varios tipos
de medios de comunicación con el fin de lograr evidencias que sirvan de apoyo para las alegaciones
discutibles, pero es más probable que la fijación de evidencias acusatorias en soportes mediáticos que sean
relativamente duraderos juegue un importante papel en los escándalos mediáticos que en los escándalos circunscritos.
Los escándalos circunscritos implican a menudo formas de evidencia que están unidas a la interacción social
en determinados escenarios como las observaciones de las acciones de otros, las conversaciones oídas
por casualidad, etcétera. De ahí que la base de evidencias de los escándalos circunscritos sea
relativamente efímera, en el sentido de que es probable que sus formas de evidencia dependan en gran medida de la facultad de la memoria (aunque también pueden intervenir algunos contenidos simbólicos bien fijados, como,
por ejemplo, las cartas o los documentos). Es improbable, por el contrario, que los escándalos mediáticos
descansen de manera única o principal en formas de evidencia relativamente efímeras. Dado que los escándalos
mediáticos implican por lo general la expresión de postulados de conocimiento en la prensa u otros medios, y dado
que la publicación de esos postulados puede comportar riesgos para las organizaciones mediáticas (incluyendo
el riesgo de una acusación por calumnias), es frecuente que los escándalos mediáticos impliquen la existencia
de formas de evidencia que se hallen fijadas en soportes relativamente duraderos, desde las cartas y las
fotografías comprometedoras hasta las conversaciones grabadas.
En ninguna parte se aprecia esto con mayor claridad que en el Watergate. Es muy posible que la
investigación sobre el allanamiento del Watergate hubiese llegado quizá a un punto muerto, y resulta cuando
menos cuestionable que dicho escándalo hubiese alcanzado tan espectaculares consecuencias políticas
(consecuencias que culminaron con la dimisión de Nixon, ante la perspectiva de su inminente recusación por el
Congreso), de no haber sido por el descubrimiento de unas cintas grabadas en secreto que contenían evidencias
que acusaban a Nixon y le implicaban en un encubrimiento. Además, la existencia de evidencias fijadas en
un soporte relativamente duradero ha solido desempeñar también un papel central en otros escándalos
mediáticos. La apresurada nota que Profumo garabateó a Christine Keeler, nota que comenzaba con el epíteto
"Querida" habría de volverse en su contra y perseguirle cuando el escándalo comenzó a estallar. De manera similar,
en el escándalo que destruyó la carrera política de Jeremy Thorpe el dirigente del Partido Liberal británico
entre 1967 y 1976 al que muchos consideraban como uno de los políticos más sobresalientes de su
generacióntambién jugó un papel crucial la carta de Thorpe a Norman Scott que contenía la vergonzosa frase: "los
conejitos pueden ir (e irán) a
Francia".4 Cintas que contenían la grabación de conversaciones telefónicas
supuestamente captadas por los escáneres de unos aficionados y que dejaban entrever los detalles de las conservaciones
íntimas entre el príncipe Carlos de Inglaterra y Camilla Parker-Bowles (las denominadas cintas del "Camillagate"),
y entre la princesa Diana de Gales y James Gilbey (la cinta del "Squidigate"), tuvieron un papel muy destacado en los escándalos que rodearon a la familia real británica a principios de los 90. Y, por supuesto, las
conversaciones entre Monica Lewinsky y Linda Tripp, grabadas en secreto por Tripp y puestas en manos de los
fiscales federales, desempeñaron un papel crucial en lo tocante a orientar en una nueva dirección la lánguida
investigación que Kenneth Starr efectuaba por entonces sobre el presidente de Estados Unidos y en que
prendiera la mecha del escándalo Clinton-Lewinsky. En estos y otros casos, los materiales simbólicos fijados en
soportes duraderos proporcionaron formas de evidencia que tal vez no fuesen enteramente concluyentes, pero que
eran mucho más difíciles de negar o de explicar que los acontecimientos en los que no hay testigos o en los que
no se graban las conversaciones. Una argumentación polémica que se base en acontecimientos en los que no hubo testigos o en conversaciones no grabadas puede acabar conviertiéndose en una cuestión que
simplemente enfrente la palabra de una persona contra la de otra, pero un mensaje fijado en un determinado medio
una carta íntima, una conversación grabada, una foto reveladora, etcétera puede suministrar una forma
de evidencia acusatoria.
La importancia de las evidencias fijadas en soportes relativamente duraderos ayuda a explicar por qué
los escándalos pueden resultar estimulados por el desarrollo de las nuevas tecnologías. La evolución de las
nuevas tecnologías lentes fotográficas de alta definición, cámaras ocultas, micrófonos en miniatura, sistemas de escucha de las líneas telefónicas, equipos dotados con escáner de ondas, etcétera
proporciona una gama cada vez más sofisticada de aparatos que pueden utilizarse para grabar imágenes o
conversaciones (y para hacerlo en forma secreta), y esto a su vez puede proporcionar evidencias sustanciales de la
existencia de actividades que, caso de ser reveladas, podrían constituir la base de un escándalo. El "Camillagate"
puso de relieve los peligros de la utilización de teléfonos móviles para las conversaciones íntimas. El
escándalo Clinton-Lewinsky resaltó los peligros de una charla clara entre amigos en una época en que los
teléfonos pueden ser fácilmente intervenidos y en que es posible esconder micrófonos en el propio cuerpo; también
puso de manifiesto los riesgos implícitos en el intercambio de correo electrónico en un momento en que es
posible recuperar los mensajes de los ordenadores pese a haber sido borrados. Por supuesto, los nuevos desarrollos
de las tecnologías de la información y la comunicación no son los únicos desarrollos que resultan relevantes en
este contexto, del mismo modo que las fotos, las cartas y las conversaciones no son las únicas formas de
evidencia que pueden dar fe de la existencia de actividades encubiertas. En el caso del escándalo Clinton-Lewinsky,
por ejemplo, las pruebas de ADN realizadas sobre el vergonzoso vestido manchado de semen proporcionaron
una forma de evidencia decisiva que habría sido extremadamente difícil de negar. Sin embargo, dado que
las actividades que se encuentran en el núcleo de los escándalos implican por lo general algún tipo de
interacción social entre dos o más individuos, no resulta sorprendente que el registro de los intercambios simbólicos
que atestiguan la existencia de esas interacciones desempeñe a menudo un papel importante.
La significación de las evidencias fijadas en un soporte duradero se ve aumentada por el hecho de que,
a medida que van desplegándose los escándalos, esas formas de evidencia pueden ser puestas en manos
de terceras personas por el simple recurso de reproducirlas en medios de comunicación abiertos como los
periódicos, las revistas y la televisión. Cuando la evidencia se propaga de este modo por la esfera pública,
puede convertirse en una intensa fuente de incomodidad para las individuos implicados y hacer muy difícil que
éstos puedan sostener sus desmentidos públicos. Además, una vez que ha sido puesta a disposición de los
medios, es probable que la evidencia de este tipo sea reproducida en numerosas ocasiones, del mismo modo en
que, por ejemplo, el material revelado por un periódico puede ser utilizado por otros periódicos y por otros
medios de comunicación. A través de este proceso de "reproducción mediática
ampliada",5 la evidencia puede
circular rápidamente, y alcanzar una vasta difusión que, pese a los esfuerzos que tratan de limitar los daños,
puede encontrarse fácilmente fuera de control.
Esto nos conduce a un último punto de comparación entre los escándalos circunscritos y los
escándalos mediáticos. Mientras que los escándalos circunscritos guardan por lo general relación con las
comunidades locales en que los individuos interactúan unos con otros cara a cara, los escándalos mediáticos se
desarrollan en un marco espacio-temporal distinto. Los tipos de interacción que hacen posibles los medios de
comunicación se van estrechando en el espacio y en el tiempo. La información y el contenido simbólico puede ser
transmitido a otras personas que se encuentran situadas en lugares distintos y muy separadas en el espacio; y, si se
utilizan los medios electrónicos, pueden ser transmitidos de forma prácticamente instantánea. Además, al
quedar fijados en un soporte relativamente duradero, la información y los contenidos simbólicos pueden
releerse, volverse a escuchar y volverse a ver en sucesivas ocasiones: las palabras y las imágenes perduran. Los
escándalos mediáticos se desarrollan así en un marco espacio-temporal que no tiene un carácter localizado, un marco
en el que la información y la comunicación fluyen rápidamente (de una forma potencialmente instantánea), y
en el que los contenidos simbólicos pueden quedar fijados en el tiempo y ser reproducidos tantas veces como se quiera. Mientras que la difusión de los escándalos circunscritos rara vez supera el ámbito de las
comunidades locales en que han aparecido, los escándalos mediáticos raramente se circunscriben a esas comunidades:
su carácter mediático implica que, por lo general, afectan a individuos que no comparten los mismos ambientes, y la rapidez y el carácter abierto de los medios de comunicación lleva aparejado el hecho de que
puedan difundirse rápidamente y sin control.
De ahí que los escándalos mediáticos puedan convertirse velozmente en acontecimientos nacionales, incluso en acontecimientos globales, generando una mezcla de alarma y aturdimiento entre individuos
situados en contextos dispersos en una vasta zona. El desarrollo de las redes y las organizaciones mediáticas
nacionales y, más recientemente, el de las redes y organizaciones globales, crea una base institucional que contribuye
a que los escándalos mediáticos no tengan un carácter circunscrito. Los escándalos de gran envergadura,
como la acusación contra Profumo, las escuchas del Watergate y el asunto del Irán-Contra encontraron amplio
eco en la prensa internacional. El escándalo Clinton-Lewinsky llegó a ser un acontecimiento de dimensiones
auténticamente globales, y recibió una amplia atención por parte de la prensa y la televisión de todo el
mundo (incluyendo el tratamiento que realizaron redes globales como la CNN), lo que generó gran número de
polémicas y una desorientada sorpresa que afectó a individuos situados en lugares muy dispersos. Los
escándalos mediáticos pueden convertirse también en elementos sedimentados de la memoria histórica, elementos
preservados en incontables materiales mediáticos (artículos de periódico, programas de televisión, libros,
etcétera) que, de este modo, pueden reactivarse de tarde en tarde, al modo, por ejemplo, en que el escándalo
Profumo fue devuelto a la vida 30 años después de haber sido centro de atención con el estreno de la película
Escándalo, y del mismo modo en que el Watergate ha sido recordado por películas como
Todos los hombres del presidente y
Nixon, además de por innumerables libros, artículos y programas de televisión que vuelven a examinar
ciertos aspectos del escándalo, y de hecho, por la misma utilización del sufijo "-gate" para señalar la presencia
de acontecimientos que parecen tener un desarrollo potencial susceptibe de convertirse en escándalos con
capacidad para producir perjuicios políticos.
La estructura secuencial de los escándalos mediáticos
Si entendemos los escándalos mediáticos como un peculiar tipo de acontecimiento constituido en parte por formas de comunicación mediata, podremos ver también que poseen, como acontecimientos, una
determinada estructura temporal y secuencial. Es característico que los escándalos mediáticos se desarrollen
durante un periodo marcado por los ritmos de las organizaciones mediáticas, cada una con sus particulares pautas
de publicación y difusión. También muestran una determinada estructura secuencial en el sentido de que
es característico que a cada fase del desarrollo de los escándalos mediáticos le siga otra. Además, el desarrollo
de los escándalos mediáticos guarda íntima relación con la incesante actividad de contar una y otra vez las
historias relacionadas con los acontecimientos (o los supuestos acontecimientos) que se encuentran en el epícentro
del escándalo. Pasemos ahora a considerar uno por uno estos extremos.
Es característico que los escándalos mediáticos se extiendan a lo largo de un periodo cuya duración
siempre es superior a un día y que puede prolongarse durante semanas, meses o incluso años, pero que no
puede continuar indefinidamente. Su duración es siempre superior a un día porque el primer día en que las
revelaciones aparecen en los medios y se producen las primeras explicaciones sólo puede ser el comienzo de un
escándalo mediático en potencia; el hecho de que estas informaciones evolucionen o no hasta convertirse en un
escándalo plenamente desarrollado depende de los modos en que otras personas respondan a las revelaciones y a
las explicaciones iniciales, respuestas que irán surgiendo en los días, semanas y meses siguientes. Una
revelación inicial que se viera seguida por un completo silencio no se convertiría en un escándalo. El desarrollo
temporal del escándalo mediático viene moldeado por los distintos ritmos de las organizaciones mediáticas y
otras instituciones, como las instituciones políticas y judiciales, que desempeñan un papel clave en la exposición y
en la interpretación de la información que es relevante en el escándalo. Por ejemplo, la intensidad de los
escándalos mediáticos crece frecuentemente con ocasión de un juicio o de una investigación oficial, dado que las
situaciones de este tipo proporcionan un foco de atención y un flujo regular de información que puede ser
utilizado por las organizaciones mediáticas. Sin embargo, pese a que los escándalos mediáticos se extiendan a lo
largo de un dilatado periodo y estén marcados por los ritmos de los medios y demás organizaciones, no
pueden continuar indefinidamente. Un escándalo mediático de larga duración tendrá uno de estos dos desenlaces:
o bien alcanza el punto en el que se termina (por una confesión, una dimisión, la sentencia de un juicio,
el resultado de una investigación oficial, etcétera), o bien va diluyéndose gradualmente, a medida que se
desvanece el interés del público y las organizaciones mediáticas deciden que ya no merece la atención que una
vez se le concedió.
Los escándalos mediáticos no sólo se dilatan en el tiempo: también muestran poseer una estructura
secuencial en el sentido de que es característico que a cada fase del escándalo le siga otra, aunque de ningún modo
debe interpretarse que esta pauta secuencial sea rígida o fija. De hecho, uno de los rasgos clave de los
escándalos mediáticos es que son fundamentalmente
abiertos. De forma retrospectiva, podemos repasar los
acontecimientos de un escándalo mediático y reconstruir la pauta de la secuencia de su desarrollo. También podemos
apreciar retrospectivamente que algunos escándalos mediáticos tienen algunos rasgos comunes o similares en su secuencia de desarrollo. Sin embargo, si uno se encuentra situado en medio de un escándalo mediático y
está contemplando su evolución (o participando en ella) en tiempo real, resulta extremadamente difícil
predecir cómo se verificará su despliegue. Los escándalos mediáticos son con mucha frecuencia acontecimientos
muy complejos en los que es posible detectar muchos focos de incertidumbre ¿qué hizo exactamente X y
cuándo lo hizo? ¿Qué es lo que Y sabía, y cuál fue el momento exacto en que llegó a saberlo? ¿Hasta qué punto
está dispuesto a presionar Z con sus alegaciones?. Una de las razones por las que los escándalos
mediáticos resultan interesantes para los lectores y los espectadores estriba en el hecho de que, para aquellos que
asisten al desarrollo de los acontecimientos a medida que éstos se producen, el eventual resultado es
intrínsecamente incierto. De ahí que los escándalos mediáticos disparen las especulaciones y que estén poniendo
constantemente a prueba, como las buenas novelas, la capacidad de los lectores y los espectadores para valorar
la veracidad de las afirmaciones de los protagonistas, su habilidad para imaginar la trama y predecir su desenlace.
No obstante, con el beneficio que proporciona la experiencia, es posible reconstruir la estructura de
la secuencia de determinados escándalos. Uno puede también tomar cierta perspectiva respecto de los
detalles de un escándalo en particular y obtener una explicación de carácter más general, con tal de que uno
esté dispuesto a aceptar que los escándalos reales diferirán siempre en sus detalles y se desarrollarán siguiendo
sus propias pautas características. Así pues, ¿cómo podríamos describir de forma retrospectiva y general
la estructura de la secuencia de los escándalos mediáticos? Podemos distinguir cuatro fases principales en
el escándalo mediático: en primer lugar se encuentra la fase previa al escándalo; en segundo lugar, la fase
del escándalo propiamente dicho; en tercer lugar, la culminación, y en cuarto lugar, las consecuencias.
En el origen de un escándalo mediático es frecuente encontrar un quebrantamiento de las normas o
códigos morales, pero las transgresiones de este tipo pertenecen por regla general a la fase previa al escándalo.
Un escándalo mediático no comienza con la transgresión misma, sino más bien con el acto que la revela o con
la alegación que convierte la transgresión original en un objeto conocido por el público. La fase previa al
escándalo puede incluir investigaciones o pesquisas llevadas a cabo por periodistas, policías u otras profesionales;
en algunos casos puede que estos profesionales estén realizando investigaciones de rutina que les
conduzcan inesperadamente a sacar a la luz revelaciones de naturaleza escandalosa (como, por ejemplo, el escándalo
de la calle Cleveland), mientras que en otras ocasiones puede suceder que estén buscando activamente
alguna información capaz de generar escándalo (o que tenga probabilidades de generarlo). La fase previa al
escándalo puede incluir la publicación de informaciones que más tarde resulten de alguna relevancia en un
escándalo, aunque quizá no se reconozca ese carácter crucial en el momento en que son descubiertas y puedan,
por consiguiente, no ser inmediatamente utilizadas por terceras personas. En algunos casos, la revelación
inicial de la información puede verse desarrollada posteriormente, cuando las circunstancias sean más propicias
al estallido del escándalo, mientras que en otras casos, esas revelaciones iniciales pueden no conducir a
ningún sitio. La fase previa del escándalo también puede caracterizarse por la existencia de habladurías, rumores
y chismes entre individuos que se encuentran en situación de saber algo acerca de las personas cuyas
acciones pueden convertirse en materia de escándalo, aunque, por alguna razón, dichos individuos eviten exponer públicamente este conocimiento. Muchos escándalos políticos relacionados con cuestiones
sexuales, por ejemplo, suelen verse precedidos por habladurías y por la circulación de rumores entre las élites
políticas, los periodistas y otros profesionales, pese a que, por temor, entre otras cosas a ser acusados de
difamación, los conocedores de dichos rumores dejen que éstos permanezcan en forma de comunicaciones privadas.
Las transgresiones sexuales de una personalidad política pueden ser algo "de común conocimiento" en los
círculos de las élites mucho antes de que se transformen en escándalos públicos (si es que tal cosa llega a suceder).
El escándalo propiamente dicho comienza con la pública exposición de una acción o un acontecimiento
que pone en marcha el proceso de alegaciones y contraalegaciones que constituye el escándalo mediático.
La revelación que actúa como detonante puede ser muy discreta una pequeña referencia en las noticias
de páginas interiores de un periódico, por ejemplo. Sin embargo, la pública exposición del conocimiento
puede ser suficiente para desencadenar una secuencia de acontecimientos que puede iniciar rápidamente una
escalada, ya que otros medios de comunicación se apresuran a hacerse eco de la historia y a desarrollarla. Una
vez que el escándalo mediático ha comenzado su andadura, su carácter y su ulterior desarrollo y, de hecho,
la circunstancia de que se desarrolle o no se desarrolle vienen configuradas por la particular pauta de
revelaciones, alegaciones y denuncias que se despliegan en los medios. Literalmente, el escándalo se desarrolla en
los medios, y las actividades de los profesionales y las organizaciones mediáticas, con sus prácticas y ritmos
de trabajo particulares, desempeñan un papel crucial. Los medios operan como un dispositivo que enmarca
los acontecimientos, concentra la atención sobre un individuo o sobre una supuesta actividad, e impide que
esa atención disminuya. Las alegaciones expuestas en los medios pueden añadirse a los desmentidos de la
otra parte, es decir, a las respuestas del individuo o individuos cuyas supuestas acciones se encuentran en el
centro del escándalo. Los desmentidos estimulan la perspectiva de que hayan podido existir transgresiones de
segundo orden, y por lo tanto, es frecuente que se intensifiquen simultáneamente los esfuerzos de búsqueda de datos reveladores por parte de las organizaciones mediáticas y demás instituciones. Los individuos que se
encuentran en el centro del escándalo, junto con sus asesores, abogados y partidarios, pueden verse atrapados en
una batalla estratégica contra las organizaciones mediáticas y el resto de instituciones; cada uno de los
movimientos puede verse contrarrestado por un movimiento contrario, las alegaciones topan con los desmentidos,
las amenazas de nuevas revelaciones pueden tener que enfrentarse a amenazas de querellas por
difamación, etcétera, todo ello con la esperanza, bien de obligar una confesión, bien de forzar el silencio del oponente.
Por lo general, en medio de esta confrontación estratégica, es muy difícil que los protagonistas tengan
una idea clara de cómo se desarrollará el combate. Los individuos que se encuentran en el centro del
escándalo pueden considerar que si niegan firme y repetidamente su implicación en las actividades denunciadas, y si
son capaces (caso de que sea necesario) de tapar cualquier filtración y evitar que pueda surgir cualquier
evidencia acusatoria, el público se irá cansando poco a poco de una historia que cada vez tiene más aspecto de
haber sido inventada. Puede que traten de cerrar definitivamente las líneas de investigación y de cortar el flujo de
la información con la esperanza de que el escándalo, desprovisto de nuevas revelaciones que puedan reavivar
las especulaciones, se vaya sofocando gradualmente. También es posible que traten de hacer que las tornas
se vuelvan adversas a la prensa, acusando a los periodistas de rebuscar en el cieno, denunciándolos por
realizar prácticas poco éticas o por rebajar el nivel del debate público, esperando obtener de este modo una
ventaja en la lucha por la opinión pública. Por otra parte, los periodistas y demás profesionales con acceso a los
canales mediáticos puedan mostrarse convencidos de que se ha producido algún tipo de transgresión o infracción,
y pueden considerar que si son capaces de mantener la presión revelando algún material nuevo,
estableciendo nuevas conexiones entre los acontecimientos y expresando opiniones y juicios de diversos tipos, el
escándalo alcanzará un punto en el que se vuelva irreversible, lo que, llegado el caso, podría forzar a los
individuos implicados a admitir su culpabilidad y aceptar las consecuencias.
La tercera fase de un escándalo mediático es su culminación o desenlace. Esta es la fase en la que el
escándalo llega por fin a su punto crítico. Las nuevas revelaciones y la especulación renovada pueden incrementar
la presión sobre los individuos que se encuentran en el centro del escándalo. La fase de culminación
puede conducir a una admisión de culpabilidad, a una dimisión, a un despido o a un proceso penal, pero
también puede resultar en el desplome del caso contra el individuo o individuos afectados y en la disipación
del escándalo. En algunos casos, la fase de culminación puede ser un acontecimiento con una puesta en
escena espectacular, como sucede cuando se celebra un juicio o una audiencia pública dirigida por un comité
convocado especialmente al efecto y revestido con todos los atavíos del poder simbólico. Este acontecimiento
que se representa sobre el escenario público puede ser también un "acontecimiento mediático" en el
sentido definido por Dayan y Katz es decir, una ocasión excepcional que se planea con antelación, se retransmite
en directo, interrumpe el flujo normal de los acontecimientos y crea una atmósfera de solemnidad y
aguda expectación.6 El debate televisado sobre la recusación por el Comité del Cuerpo Judicial que puso fin
al escándalo del Watergate, y el juicio de recusación a Clinton, igualmente televisado, fueron
acontecimientos mediáticos en este sentido. Sin embargo, en otras ocasiones, la fase de culminación puede ser mucho
menos espectacular es decir, sin juicio, sin confesión y sin dimisión, limitándose a ser, simplemente, un periodo
de relativa calma en el que el tempo de las alegaciones y las censuras amaina, el interés del público se
desvanece y el escándalo gradualmente se agota.
La cuarta y última fase es la de las consecuencias aquel periodo en el que la tensión dramática del
escándalo y su desenlace ya han pasado, mientras los periodistas, políticos y demás profesionales (incluyendo en
muchos casos a los principales implicados en el escándalo, quienes, en algunos casos, habrán encontrado que existe
un jugoso mercado para las posteriores memorias que habrán de narrar el escándalo) inician una reflexión
sobre los acontecimientos y sus implicaciones. La mayor parte de estos comentarios se desarrollan en los
propios medios, que, cediendo al tipo de autorreferencia que a menudo caracteriza al campo mediático, tienden
a conceder gran cantidad de tiempo y atención a acontecimientos que las propias organizaciones mediáticas
han contribuido a generar. Sin embargo, las consecuencias pueden venir marcadas también por la designación
de una comisión de investigación que podría recibir el encargo de llevar a cabo una profunda y amplia revisión
de las circunstancias que compusieron el trasfondo de un escándalo o de una serie de escándalos,
comisión igualmente encargada de establecer las recomendaciones que el gobierno o algún otro cuerpo del
Estado pudiera tener que llevar a efecto. El Comité Nolan sobre las normas de la vida pública, designado por el
antiguo primer ministro británico John Major tras el escándalo del soborno a los miembros del Parlamento es un
buen ejemplo de un corolario en el que se produce una investigación de este tipo.
El desarrollo de los escándalos mediáticos se halla también íntimamente relacionado con la reiterada
narración de historias relacionadas con los acontecimientos (o con los supuestos acontecimientos) que se
encuentran en el centro del escándalo. Muchos escándalos se prestan con relativa facilidad a ser convertidos en
distintas formas de relato popular: se centran en las aventuras (o desventuras) de individuos concretos que, en
algunos casos, son individuos poderosos, ricos o famosos que, llevados por la ambición, el deseo o la codicia del poder y el éxito, cometen transgresiones o delitos que son vergonzosos, censurables o incluso terribles.
Muchos escándalos pueden verterse fácilmente en el molde de un moderno cuento
edificante.7 Además, a medida
que se desarrolla el escándalo, el propio acontecimiento pasa por el talento narrativo de una gran diversidad
de comentaristas y de participantes con acceso a los medios, generándose así una multiplicidad de historias
cuyos detalles y énfasis varían y se realimentan unos a otros pese a ofrecer su propio y peculiar giro
interpretativo. Los escándalos mediáticos son acontecimientos de narración continua en el sentido de que están
parcialmente constituidos por una variedad de narrativas mediáticas que se van refinando y revisando sin cesar a medida
que se desarrolla el acontecimiento. Los lectores y los espectadores se encuentran siguiendo un muy específico
tipo de historia, una historia que posee una trama indeterminada que evoluciona continuamente, una trama en
la que uno puede verse confrontado cada día, al hilo de los ritmos de las publicaciones periodísticas o de
los programas de televisión, a nuevos giros y vuelcos, en la que las viejas certidumbres pueden derrumbarse
de repente al tiempo que emergen hipótesis nuevas, y en la que los argumentos pueden volverse a veces
tan enrevesados que incluso los seguidores más minuciosos pueden empezar a extraviarse. Sin embargo, es
en cierto modo esta estructura narrativa abierta, unida al interés humano del escándalo como moderno
cuento edificante, la que hace que el seguimiento de los escándalos se convierta para algunos en una fuente de
placer y en un tema de conversación para muchos.
Instancias y organizaciones
Hasta el momento hemos venido examinando las características de los escándalos mediáticos
considerados como acontecimientos es decir, analizando de qué modo difieren de los escándalos circunscritos, cuál es
el aspecto de la estructura de su secuencia, y otras cuestiones semejantes. Pero los escándalos mediáticos
son también acontecimientos ubicados que se encuentran invariablemente insertos en contextos
sociohistóricos específicos y en los que siempre hay envueltos individuos y organizaciones particulares. Los escándalos
mediáticos, como todos los escándalos, no se limitan a "suceder": son traídos al mundo, y su duración en el tiempo
resulta fomentada por la acciones y los actos de habla de los individuos que se encuentran ubicados en contextos
muy concretos, frecuentemente vinculados además con determinadas organizaciones, y que siempre actúan
en virtud de ciertos propósitos y objetivos. Cada escándalo tiene sus
dramatis personae, entre las que no sólo
cabe incluir a los individuos cuyas acciones se convierten en objeto del escándalo, sino también a aquellos
que, mediante sus propias acciones y actos de habla, sacan a la luz y revelan dichas acciones, expresando
además su desaprobación.
¿Quiénes son esos individuos cuyas acciones y actos de habla contribuyen a hacer que el escándalo
se convierta en un acontecimiento mediático? ¿Qué tipos de organizaciones participan en este proceso?
¿Cómo hemos de analizar los contextos sociohistóricos en los que tienen lugar, como acontecimientos ubicados,
los escándalos mediáticos? Me ocuparé de esta última cuestión en el próximo capítulo; aquí me concentraré
en las instancias y en las organizaciones.
Desde luego, existen muy distintas instancias y organizaciones que puedan estar implicadas, en alguna
de las fases, en la creación y desarrollo de los escándalos mediáticos. La policía y otras instancias creadas para
hacer cumplir las leyes desempeñan a menudo un papel crucial, especialmente en lo que hace a la investigación
de actividades que puedan convertirse en punto de arranque para un escándalo. Los sistemas judicial y legal,
con su abanico de funcionarios particularmente cualificados (abogados, jueces, fiscales especiales, etcétera) y
de procedimietos formales (audiencias, juicios, etcétera) son también elementos clave en el desarrolo de
muchos escándalos. En algunos casos, y especialmente en casos vinculados a los escándalos políticos, puede
haber también determinados individuos y grupos de interés que traten de utilizar el escándalo como un medio
para desacreditar a sus oponentes. Y, por último, no puede haber la menor duda de que entre las instancias
y organizaciones que juegan un papel central en las génesis y desarrollo de los escándalos se encuentran
aquellas que se ven efectadas, directa o indirectamente, por la produccion y difusión de formas de
comunicación mediatas. ¿Qué es lo que tienen las organizaciones mediáticas que hace que algunos de los individuos
que trabajan en ellas actúen en determinados casos como instancias que participan en la creación y desarrollo
de un escándalo?
Las organizaciones mediáticas son instituciones complejas que presentan una enorme diversidad en
cuanto a la estructura y las práticas de su funcionamiento, tanto entre sus distintos sectores como entre uno y
otro contexto histórico y nacional. Con todo, podemos identificar varios aspectos generales de las
organizaciones mediáticas que nos ayudarán a comprender por qué el personal de los medios puede sentirse inclinado
a encaminarse hacia la promoción de escándalos. Me centraré en cuatro de esos aspectos: a) los
beneficios económicos, b) los objetivos políticos, c) la propia imagen profesional, y d) las rivalidades de la
competencia entre profesionales. Todos estos aspectos se superponen de modos bien complejos y afectan a ciertos
medios y determinadas organizaciones mediáticas más que a otros. Sin embargo, juntos contribuyen a generar un clima en el interior de los propios medios que facilita o incluso, en algunos casos, estimula
decididamente la producción de escándalos mediáticos.
a) Desde el desarrollo de la imprenta a finales del siglo XV, la mayoría de las organizaciones mediáticas
se han configurado como empresas comerciales que operan en las condiciones que fija el mercado. Todas
ellas han utilizado diversas tecnologías mediáticas para producir bienes simbólicos que pueden venderse en
el mercado o distribuirse de cualquier otro modo con el fin de generar unos ingresos económicos seguros
en otras palabras, se han ido encaminando, de diferentes modos y en diversos grados, al beneficio
económico. Para muchas organizaciones mediáticas, la capacidad de sobrevivir y crecer depende (o ha dependido) de
la capacidad para generar jugosos ingresos mediante la venta y la distribución de bienes simbólicos.
Dados los imperativos económicos que hacen adquirir a las organizaciones mediáticas la forma de
empresas comerciales, difícilmente podría sorprendernos que algunas organizaciones mediáticas hayan buscado
producir bienes simbólicos de carácter sensacionalista o bienes simbólicos capaces de captar la atención. No hay
nada nuevo en esta tendencia: la mayor parte de la primera literatura callejera de los siglos XVI y XVII, los
panfletos, hojas de noticias y libelos, tenían, como ya hemos visto, un carácter sensacionalista y un tono moralizador.
Sin embargo, con la transformación de la prensa a partir de finales del siglo XVIII, la naturaleza y la escala de
este aspecto de las organizaciones mediáticas cambió drásticamente. El auge de la prensa de tirada masiva en
los siglos XIX y XX puso su principal prioridad en la necesidad de atraer a un número permanentemente
creciente de lectores, creando así un contexto en el que la búsqueda de vívidas y entretenidas noticias se convirtió en
una característica rutinaria de la producción de periódicos. Y en este contexto, la publicación de revelaciones
y alegaciones de naturaleza escandalosa (o potencialmente escandalosa) podía considerarse desde el ángulo
de su posible valor comercial: los escándalos suministran vivos y animados relatos que pueden usarse para
atraer la atención de los lectores y para mantener esa atención alerta mientras se va desenmarañando la trama de
un día a otro, o de una semana a otra.
Decir que las transformaciones económicas del siglo XIX generaron las condiciones favorables para la
producción de escándalos mediáticos no quiere decir que, en el caso de que una específica organización
mediática esté implicada en la revelación de algún material escandaloso (o potencialmente escandaloso), esa
implicación deba venir necesariamente dictada por un objetivo comercial explícito. Los periodistas y los directores
de periódicos pueden ser partidarios de referir relatos de este tipo sin necesidad de tener los ojos fijos en la
caja registradora. La significación de los beneficios económicos puede exagerarse o ser fácilmente objeto de
una mala interpretación. Pueden existir algunas ocasiones en que la motivación para hacer saltar una
historia escandalosa sea fundamental o exclusivamente comercial, pero es más probable que esa sea la excepción y
no la regla. La importancia de la inclinación al beneficio económico tiene menos que ver con las motivaciones
de los profesionales de los medios que con la estructura general de las organizaciones mediáticas y las
limitaciones que gravitan sobre ellas, estructura que ha contribuido a garantizar que un determinado género de noticias
se haya convertido en un rasgo fundamental de la producción de periódicos.
He destacado los objetivos financieros que se encuentran implícitos en la estructura de las
organizaciones mediáticas, pero, por supuesto, no son sólo esas organizaciones las que pretenden obtener ganancias con
las historias escandalosas. El hecho de que algunas de esas organizaciones estén más que dispuestas a
pagar suculentas sumas de dinero para adquirir información importante también ha contribuido a crear un
floreciente mercado secundario de materiales relacionados con los escándalos. Así ha ido creciendo una serie de
profesiones semiautónomas periodistas y fotógrafos independientes, agentes, publicistas,
paparazzi, etcétera que obtienen parte de sus ingresos mediante el suministro de historias, fotos y otros materiales ("carnaza",
como lo llama una supesta empresaria
mediática8) a los periódicos, revistas y demás organizaciones
mediáticas. Además, algunos de los individuos directamente implicados en actividades delicadas o clandestinas
también pueden beneficiarse económicante de un escándalo y pueden sentir la tentación de vender sus historias, al
igual que otros materiales, como cartas y fotografías, en el mercado secundario de los materiales relacionados
con los escándalos. Desde el amante parlachín al autor de una memoria sobre un escándalo, los participantes
han encontrado modos para cosechar algunos de los beneficios que ofrecen los escándalos.
b) La producción de escándalos mediáticos viene también configurada en algunos casos por
determinados individuos que utilizan formas de comunicación mediática para promover sus propios objetivos políticos.
Una vez más, la utilización de los medios para la consecución de objetivos políticos posee una larga historia.
Muchos de los panfletos y libelos de los siglos XVI y XVII pretendían ser formas de intervención en política; y en
los primeros días de la prensa periódica en los siglos XVII y XVIII era frecuente que los diarios y otras
publicaciones periódicas tuviesen un explícito sesgo político. Hemos señalado, no obstante, que el incremento de los
periódicos de tirada masiva durante el siglo XIX coincidió con una despolitización generalizada de la prensa, ya
que los periódicos comenzaron a depender cada vez menos del apoyo financiero de los partidos políticos y
tendieron a proclamar cada vez más su neutralidad política. A primera vista, la despolitización de la prensa de tirada
masiva parece haber ido en contra de la sugerencia de que la procura de objetivos políticos desempeña un papel significativo en la producción de los escándalos mediáticos. Sin embargo y a pesar de esta vasta
tendencia histórica, hay un determinado número de factores diversos que han hecho cierta la afirmación de que
la búsqueda de objetivos políticos vinculada a la utilización de formas mediatas de comunicación ha
desempeñado, y sigue desempeñando, un importante papel en la producción de escándalos mediáticos.
En primer lugar, y a pesar de que muchos periódicos de tirada masiva pusieron los ojos en el mercado
como fuente de sus ingresos y proclamaron al mismo tiempo su neutralidad política, también es cierto que
habitualmente se situaban en una ancha franja del espectro político y se mostraban dispuestos a respaldar a
determinados partidos o dirigentes de forma temporal o condicional. El hecho de que no dependiesen de los
partidos políticos para su viabilidad económica no impedía que adoptasen una postura en el terreno político,
aunque se tratase de una postura que pudiese estar menos íntimamente vinculada a un determinado partido y
pudiese variar con el tiempo. En segundo lugar, pese a que las bases partidistas de la prensa se vieran atenuadas
durante el siglo XIX, es igualmente claro que algunos individuos provistos de fuertes convicciones morales y
políticas mantuvieron una posición de poder e influencia en los medios y utilizaron esa posición para impulsar sus
propias agendas. En los últimos años de la Inglaterra victoriana, por ejemplo, editores muy combativos como W. T.
Stead desempeñaron un destacado papel al convertir un difuso sentimiento puritano en una formidable
fuerza política. La implacable determinación de Stead en cuanto a exponer la decadencia moral y la hipocresía de
la sociedad victoriana fue, al menos en parte, responsable de numerosos escándalos, debidos tanto a las
revelaciones publicadas en la Pall Mall
Gazette como el clima moral que los grupos de presión puritanos
contribuían a generar.
Por último, en décadas más recientes, la gran proliferación de las formas de la comunicación mediata
ha contribuido a garantizar que fuese probable que todos aquellos que desearan valerse del escándalo como
de una arma política tuviesen oportunidad de encontrar algún foro mediático en el que las revelaciones y
las alegaciones pudieran convertirse en un debate público. Las organizaciones políticas o semipolíticas y los
grupos de interés pueden generar sus propios datos mediáticos en forma de cartas a los periódicos, folletos y, cada
vez más, portales de Internet; la proliferación de las formas de la comunicación mediata les permite convertirse
en organizaciones paramediáticas capaces de intervenir en alguno de los sectores de la esfera pública.
Estas organizaciones paramediáticas también pueden contribuir a configurar los contenidos de flujo principal
de noticias de los medios al reunir información o al realizar alegaciones que pueden incorporarse a otros
medios más consolidados (o ser recogidas por ellos). En la actualidad, el principal factor de inhibición no es la falta
de foros adecuados, sino más bien la amenaza de una acusación por difamación u otras sanciones legales
(por ejemplo, en Gran Bretaña, la acción judicial amparada por la Ley de Secretos Oficiales). De ahí que no
sea sorprendente que las revelaciones o alegaciones iniciales aparezcan a menudo en publicaciones pequeñas
o marginales, como la revista satírica británica
Private Eye, que actúa bordeando el límite en cuanto a
las posibilidades de resultar procesada por difamación, y tampoco resulta sorprendente que la red, con su
estructura relativamente anárquica desde el punto de vista legal, haya demostrado ser una bien acogida
ubicación para exponer información o hacer alegaciones que son escandalosas (o pueden serlo en potencia). Si no
son legalmente rebatidas, las revelaciones o las alegaciones que al principio habían aparecido en lugares
relativante oscuros pueden ser retomadas por otros medios y pasar rápidamente a la corriente mediática principal
para convertirse de este modo en escándalo de gran envergadura.
c) La imagen que los profesionales de los medios tienen de sí mismos y que circula entre el personal
que trabaja para ellos también contribuye a generar una tendencia al escándalo. La aparición del periodismo
como profesión a finales del siglo XIX vino acompañada del surgimiento de una ética profesional que definía
los principios de la buena práctica periodística. Como ya señalamos en el capítulo anterior, esta ética tendía
a destacar dos ideales, la fidelidad a los hechos y el entretenimiento. Esos ideales, elaborados de diversos
modos, han pasado a formar parte de la propia imagen de los profesionales del periodismo y de otras personas
que trabajan en la industria mediática. Incluidos en los libros de texto y en los cursos de formación,
robustecidos por los elementos de señalamiento de la excelencia (premios, etcétera) que a veces usan las profesiones
como forma de recompensar los logros alcanzados entre sus mismas filas, dichos ideales han configurado el
modo en que los periodistas conciben su propia persona y lo que hacen como periodistas. Podríamos decir que
esos ideales han moldeado los hábitos prácticos del
periodismo.9
Por supuesto, no todos los periodistas ni todas las secciones periodísticas de la industrias mediáticas
ponderan por igual ambos ideales. Algunos periodistas y algunos sectores de la prensa prefieren destacar
los aspectos relacionados con el entretenimiento y la narración de historias, mientras que otros se orientan
principalmente en la dirección del ideal de la recopilación y exposición de datos. La búsqueda de cualquiera de
los dos ideales (o de una combinación de ambos ideales) podría dar lugar con facilidad al estallido de un
escándalo. Para los periodistas y los periódicos que subrayan el ideal del entretenimiento, el escándalo es un
maravilloso asunto: permite que los periodistas hilen los contenidos fácticos, incluyéndolos en vívidas historias de
relaciones secretas y fechorías en las que se hallan implicadas destacadas personalidades públicas, mientras expresan, al mismo tiempo, una fuerte dosis de censura moral. Pero el escándalo se encuentra también
íntimamente vinculado a los objetivos y las prácticas de los periodistas y las organizaciones mediáticas que tratan de
resaltar la realidad de los hechos. Y ello porque los profesionales del periodismo de investigación han llegado
a considerarse a sí mismos algo más que reporteros obligados a explorar bajo la superficie de las cosas con el
fin de llegar a la verdad y se ven también como reformadores sociales que tratan de influir en las agendas
políticas provocando la indignación moral de sus lectores y espectadores. La configuración de las agendas
políticas mediante la revelación de actividades ocultas que conmocionan y sorprenden, que golpean el nervio
profundo de la comunidad y obligan a responder a los dirigentes políticos, se ha convertido en parte de la
propia concepción profesional de los
periodistas.10
Esto no significa, sin embargo, que la mayoría de los escándalos sean el resultado de la acción de
aquellos periodistas que diligentemente atienden a su vocación como investigadores que persiguen la revelación
de incómodas verdades. Esto puede, en efecto, suceder en algunos casos, pero en términos históricos
generales constituye mucho más una excepción que una regla. En muchos escándalos, las principales actividades
investigadoras son el resultado de la labor de individuos que no son periodistas y de organizaciones que no
poseen un carácter mediático (como la policía, los tribunales de justicia o los distintos tipos de comisiones oficiales
de investigación), y el papel desempeñando por los medios es principalmente el de seleccionar y divulgar
la información que otros generan, convirtiéndola en una serie de historias atractivas y proporcionando marcos
de interpretación adecuados. Las actividades de investigación de los periodistas han sido un factor
determinante en algunos escándalos, pero rara vez son la única fuente de información y, en muchos casos poseen un
carácter secundario respecto de las investigaciones que otros realizan (pese a que los mismos periodistas puedan
tener una cierta propensión a exagerar su propia importancia hasta hacerla coincidir con la imagen profesional
que tienen de sí mismos11). Además, el auge del periodismo de investigación no implica por sí mismo que todas
las áreas de la vida social y política sean objeto del mismo grado de investigación y examen crítico. Al
contrario, es característico que los periodistas trabajen en el marco de un conjunto de convenciones establecidas
que tienden a descartar determinadas esferas de la vida como materia de investigación legítima. Incluso en
época tan reciente como la década los 60, por ejemplo, era práctica común de los periodistas de Estados Unidos y
otras partes del mundo que evitaran la investigación y la revelación de las vidas privadas de las figuras públicas,
incluso en aquellos casos en que pudiera saberse perfectamente, en los círculos políticos y periodísticos, que
una determinada personalidad estaba envuelta en un asunto
extramatrimonial.12 ¿Por qué empezaron a cambiar
las convenciones que regían las actividades de los periodistas en determinados contextos a partir de los
primeros años de la década de los 60? Ésta es una pregunta a la que habremos de prestar atención más adelante.
d) El cuarto factor que ha desempeñado un importante papel en la producción de escándalos mediáticos
es el constituido por lo que podríamos denominar rivalidades derivadas de la competencia. Las
organizaciones mediáticas no existen como entidades aisladas: se hallan trabadas por complejas relaciones a menudo
de carácter competitivo con otras organizaciones mediáticas, y sus productos están configurados en
cierta medida por estas relaciones entre las diversas organizaciones. Al producir mercancías simbólicas, no
sólo atienden a su potencial mercado, también se fijan en las actividades de otras organizaciones cuya
producción se dirige al mismo mercado (o a uno similar). Al igual que otros mercados para las mercancías simbólicas,
el mercado de las noticias está fuertemente sujeto a competencia y, a medida que se agudiza esa
competencia, las organizaciones que generan noticias se ven obligadas a buscar nuevos modos de asegurarse una ventaja
en la lid. El uso de las nuevas tecnologías para la reducción de costos, la oferta de contenidos más estilizados y
de nuevas formas de presentación, unidos al desarrollo de nuevas redes para el suministro de información,
son algunas de las estrategias comúnmente utilizadas para garantizar o mejorar la propia situación entre la
competencia.
El mercado altamente competitivo de las noticias concede un gran valor a la velocidad: las noticias deben
ser novedosas, y las últimas y más recientes noticias son las que más se valoran. En el competitivo mundo de
la producción de noticias, el tiempo es lo esencial: las noticias de ayer no son ya noticias en absoluto. De ahí
que las organizaciones de noticias luchen unas con otras para generar las noticias más recientes, o para divulgar
una noticia antes que cualquiera de sus competidoras (la "exclusiva"). La competencia también produce una
cierta diferencia entre la organizaciones productoras de noticias, ya que luchan por encontrar un hueco que
les garantice unos lectores o una audiencia estables. Algunas organizaciones tratan de granjearse una
buena reputación como fuentes de noticias precisas y de confianza gracias a la combinación de una detallada
información sobre las cuestiones candentes con su tratamiento mediante comentarios autorizados. Otras
organizaciones tratan de situarse como proveedores de noticias entretenidas (y de noticias de
entretenimiento), combinando un somero tratamiento de los asuntos de actualidad con un marcado énfasis en la vida de
las personalidades más destacadas.
A pesar de que la competitiva naturaleza del mercado de noticias produce una cierta diferencia entre
las organizaciones productoras de noticias, también genera un cierto grado de homogeneidad si nos atenemos al material que se considera merecedor de convertirse en noticia. Aquellos que trabajan en las
organizaciones productoras de noticias están mirando constantemente a hurtadillas a su alrededor con el fin de observar
lo que hacen sus competidores. Una gran historia para una organización puede convertirse rápidamente en
una noticia para las demás, ya que la información no fluye simplemente desde las organizaciones productoras
de noticias hasta los lectores o los espectadores, sino que circula igualmente entre las organizaciones mismas.
Esta "circulación circular de la información", como la denomina acertadamente uno de sus
críticos,13 tiene varias consecuencias. En primer lugar, produce un determinado grado de
homogeneidad entre los asuntos que se considera que merecen convertirse en noticias, en el sentido de que un asunto apto para su transformación
en noticia según el criterio de una organización es también (o se convierte rápidamente en) un asunto de
interés noticioso para otras organizaciones. En segundo lugar, genera un cierto grado de
amplificación mediática: la significación de un acontecimiento resulta amplificada por el hecho de ser recogida por otras
organizaciones (y por otros medios), y por consiguiente obtiene una mayor prominencia y visibilidad en el ámbito público.
En tercer lugar, produce un cierto grado de
autorreferencia. Las organizaciones productoras de noticias
informan, en cierta medida, de lo que otras organizaciones productoras de noticias también informan; obtienen
sus referencias, al menos hasta cierto punto, de lo que sus competidores hacen. De ahí que sea frecuente que
las mismas historias (u otras muy similares) aparezcan en los distintos periódicos y programas de televisión,
que se utilicen las mismas (o parecidas) fotos o videos, y las mismas (o similares) personas sean llamadas a
ofrecer su opinión. El resultado es que el mundo de las noticias de los medios tiende a convertirse en cierta medida
en un mundo cerrado sobre sí mismo casi al modo de las salas de espejos, en las que cada imagen, y cada movimiento, aparece reflejado de múltiples maneras.
La competitiva rivalidad e interconexión entre las organizaciones mediáticas tiene efectos sobre la
producción de los escándalos mediáticos. La presión que incita a divulgar una historia antes de que lo hagan los
propios competidores actúa como un incentivo que mueve a revelar la información que podría prender la mecha de
un escándalo, o que podría alimentar un escándalo que ya se estuviera desarrollando. Las diferencias
producidas por una intensa competencia conducen a la aparición de organizaciones que priman los aspectos de las
noticias que se relacionan con el entretenimiento y que, en algunos casos como sucede con las
News of the World en Gran Bretaña y el
National Enquirer en Estados Unidos, consideran la producción de escándalos
mediáticos como un elemento fundamental de sus
productos.14 La rivalidad competitiva también tiende a garantizar
que tan pronto una historia con un claro potencial de escándalo irrumpe en algún lugar de la cadena de la
información, otras organizaciones mediáticas se apresuran a hacerse eco de ella, informando y ampliando la
noticia aún más. El primer fogonazo de un escándalo tiende a producir una lucha por la obtención de las
mejores noticias, ya que los periodistas, los fotógrafos y demás profesionales, deseosos de no verse superados por
sus competidores, se precipitan al escenario de los hechos (con una actitud que un comentarista describió en
una ocasión como "síndrome del
chacal"15). La lucha por la obtención de las mejores noticias tiende a activar
el escándalo que se encuentra en fase incipiente, dándole mayor relieve y visibilidad en la esfera pública.
Prendido por la chispa surgida en un medio, un escándalo puede arder rápidamente y propagarse a otros medios, ya
que las llamas se avientan por el simple hecho de verse repercutidas en las múltiples organizaciones mediáticas
que informan de los acontecimientos, reproducen los documentos, las fotos o los videos más importantes y difunden comentarios, tanto sobre los propios acontecimientos como sobre la información
suministrada al respecto por otras organizaciones mediáticas. Una vez que ha comenzado a arder, un escándalo
mediático puede convertirse rápidamente en un incendio incontrolable.
La experiencia del escándalo como acontecimiento mediático
Del mismo modo que los escándalos mediáticos son acontecimientos que se desarrollan en los
medios, también la forma en que experimentamos esos acontecimientos se recibe de las peculiares características
de las diversas modalidades de la comunicación mediática. Para los individuos que se encuentran en el centro
de un escándalo en pleno desarrollo, es probable que la experiencia resulte abrumadora, ya que los
acontecimientos quedan rápidamente fuera de control. Es posible que se haga necesario invertir una gran cantidad de
tiempo y energía en tratar de controlar un proceso que, en ciertos aspectos, es intrínsecamente incontrolable.
Los individuos, sus familias, sus amigos y sus abogados (y, en algunos casos, sus equipos de gestión de
crisis) pueden tener que emplear una gran cantidad de tiempo en elaborar estrategias que les permitan eso es
al menos lo que esperan superar la estrategia de sus oponentes o limitar al menos los daños que habrán
de soportarse. Pueden sentir cólera e indignación por los transtornos que se producirán en sus vidas y por la
forma en que se pondrán en tela de juicio sus planes y sus ambiciones como consecuencia de las acciones
emprendidas por los periodistas y demás profesionales, imbuidos aparentemente de móviles malintencionados. Es
posible también que se sientan profundamente atemorizados y angustiados por el rumbo que pueda tomar el
escándalo y por el modo en que se verá afectada su vida y la vida de las personas que aprecian.
En muchos escándalos, también puede suceder que los participantes experimenten un profundo
sentimiento de apuro, vergüenza y humillación conforme asisten a la súbita conversión de ciertos aspectos de su vida
privada (o de determinadas actividades y conversaciones que se habían producido en secreto y en la intimidad)
en acontecimientos públicos expuestos ante miles o millones de personas que ahora pueden verlos, oírlos o
saber de ellos. Las acciones o las afirmaciones que en un principio se orientaban hacia una persona concreta, y
que se produjeron asumiendo que únicamente serían captadas por la persona a la que iban dirigidas, son
bruscamente extraídas de su contexto original y puestas a disposición de una indefinida gama de receptores; las acciones y comunicaciones privadas, incluyendo los íntimos y muy personales intercambios que suceden
entre los amantes, quedan de repente transformados en mercancías públicas. Los afectados pueden sentir
entonces un profundo sentimiento de apuros y vergüenza al ver o escuchar cómo sus propias acciones privadas son
objeto de discusión en la esfera pública. Es posible también que se sientan profundamente humillados y
rebajados por un proceso que expone cuestiones altamente personales o revela aspectos ocultos del propio carácter o
la vida privada, amenazando de este modo con generar un menoscabo de la imagen que el implicado o
implicados desearían proyectar.
Para los individuos que no son participantes en los escándalos mediáticos sino meros observadores,
la experiencia de esos acontecimientos viene moldeada por el hecho de que obtienen su conocimiento
exclusiva o fundamentalmente de fuentes mediáticas.El escándalo no es una "experiencia vivida" esto es, una
experiencia que se vive en contextos prácticos de la vida diaria y que los dificulta, sino una "experiencia mediata",
cuya configuración depende del particular modo en que llega a
vivirse.16 Para la mayoría de las personas,
estos escándalos son acontecimientos que afectan a personas muy alejadas de ellos, a individuos que se
encuentran en un lugar espacialmente remoto (y quizá alejados también en el tiempo) y a los que no es probable que
vaya uno a encontrar en el transcurso de la vida cotidiana. Algunos son también destacadas figuras públicas y, por consiguiente, para mucha gente, resultan distantes por su posición relativa, o por el poder y la
riqueza de que disfrutan. A través de los escándalos mediáticos, la gente corriente experimenta los traumas de esas
otras personas distantes cuyas vidas aparecen desnudas ante nuestros ojos. Todos podemos observar cómo sus
vidas privadas, o ciertos aspectos de su vida pública, se despliegan ante nuestros ojos con una vívida y casi
misteriosa explicitud en un escenario en el que podemos ser espectadores, comentaristas y críticos sin tan
siquiera cruzarnos con los individuos cuyas vidas podemos llegar a conocer tan íntimamente. Podemos sentirnos
intrigados por el espectáculo que se desarrolla ante nosotros, estimulada nuestra curiosidad por una serie de
revelaciones y explicaciones que no acaban de encajar y puede que, al mismo tiempo, nos sintamos incómodos respecto
de una seria de circunstancias que nos permiten conocer más a fondo las vidas privadas de los personajes
públicos de lo que jamás podremos llegar a conocer de la vida de nuestros propios amigos y familiares. En
estas circunstancias, la intimidad se llega a separar de la familiaridad, pues el íntimo conocimiento que
tenemos respecto a la vida de otras personas no guarda la menor relación con la cercanía de nuestro trato. Es una
variante de la intimidad no recíproca a distancia.
Al mismo tiempo, los escándalos mediáticos nos brindan una nueva e inquietante visión del mundo,
un mundo que, por lo general, se encuentra oculto en el rutinario fluir de la vida cotidiana. Los
escándalos mediáticos son ventanas a un mundo que se encuentra detrás de la cuidadosa presentación que hacen de
sus personas los dirigentes políticos y otros profesionales que han de bregar a la vista del público. A medida
que van desarrollándose esos escándalos, conocemos por experiencia un mundo a veces chocante, a veces
ligeramente divertido y a menudo muy absorbente que se encuentra en las antípodas de las imágenes que
se intentan proyectar en él. ¿Quién podría haber pensado, por ejemplo, que el presidente de Estados Unidos
trataría de los asuntos politicos en la Casa Blanca de un modo imposible de distinguir de las maquinaciones
propias de un mezquino bandolero? Cuanto más elevado sea el individuo (o la institución de la que forma parte),
o cuanto más vinculado se encuentre el éxito de un individuo al hecho de haber proyectado una particular
imagen de sí mismo, tanto más probable será que nos sintamos interesados en conocer las revelaciones que ponen
en un compromiso esas imágenes y que muestran que, pese a las pretensiones de intentar aparentar lo
contrario, esos individuos son proclives a ceder ante las mismas tentaciones, se hallan gobernados por los mismos
deseos y sujetos a las mismas debilidades que asedian a los demás mortales. Las revelaciones comprometedoras de
este tipo pueden ser en ocasiones una fuente de diversión y entretenimiento (como sucedió en el caso del
impropio encuentro de Hugh Grant con Divine Brown). Sin embargo, también pueden ser fuente de grave disgusto
y consternación, ya que podemos considerar que la vida de los individuos afectados no ha estado a la altura
de las expectativas que teníamos, y que no sólo se han comprometido a sí mismos sino también a las
instituciones de las que formaban parte. Muchos estadounidenses consideraron que las revelaciones de los
encuentros sexuales de Clinton con Monica Lewinsky, comunicados con toda suerte de detalles por el informe Starr y
por los innumerables comentaristas de los medios, no sólo empañaban la imagen de Clinton sino que
también devaluaban y deshonraban la institución de la Presidencia.
Dado que los escándalos mediáticos implican simultáneamente actos de transgresión y la expresión de
críticas morales, hay que tener en cuenta que también nos proporcionan una ocasión para reflexionar sobre
cuestiones de tipo práctico y moral. La experiencia de un acontecimiento mediático nunca es simplemente una
cuestión relacionada con el hecho de recibir pasivamente los mensajes que se nos presentan: en nuestra calidad
de receptores, nos vemos siempre activamente implicados en una labor de interpretación de esos mensajes,
labor que nos obliga a reflexionar sobre ellos y a discutirlos con los amigos, allegados y demás personas con las
que nos relacionamos en el transcurso de nuestras vidas cotidianas. Los escándalos mediáticos suministran
una abundante fuente de temas de conversación en parte porque tienen, en muchos casos, un sesgo personal,
un buen número de motivos que resultan relativamente fáciles de entender, y un destino incierto que puede cambiar de un día para otro; sin embargo, si resultan ser tan buenos temas de conversación, también se
debe a que con frecuencia suscitan cuestiones éticas sobre las que los individuos pueden mostrarse en
desacuerdo. ¿Debería perdonarse la infidelidad matrimonial? ¿Es aceptable la homosexualidad? ¿En qué medida ha
de considerarse que la vida privada de los políticos es relevante para su función pública? ¿Podemos confiar
en nuestros políticos? ¿Son corruptos?, etcétera. Los escándalos mediáticos representan una ocasión para que
los individuos reflexionen sobre una serie de nociones éticas y políticas similares a éstas, para que las discutan
con otras personas y reflexionen sobre algunas de sus convicciones. En la mayoría de los casos, es más probable
que este proceso de reflexión sobre las propias convicciones tenga el efecto de robustecer las que ya se tenían
que lo contrario, es decir, que genere un súbito o espectacular cambio. Pero no deberíamos excluir la
posibilidad de que la exposición a una intensa serie de escándalos mediáticos, cada uno con su carga de revelaciones
que parecen impropias o de algún modo repugnantes, pueda contribuir, andando el tiempo, a una gradual
alteración de las actitudes de las personas.
Pese a que los escándalos mediáticos pueden resultar en ocasiones absorbentes e incluso chocantes
o molestos para algunas personas, y pese a que en ocasiones proporcionen materiales aptos para la
conversación y la reflexión en los contextos prácticos de la vida diaria, no por eso hay que pensar que éste sea
invariablemente el caso. Algunos escándalos en especial aquellos que implican complejos asuntos financieros o
acontecimientos de laberíntica complejidad pueden tener una capacidad relativamente limitada para reverberar en las
vidas de las personas corrientes. Esto puede deberse en parte a la intrínseca y en ocasiones desconcertante
complejidad de los propios acontecimientos, que pueden ser difíciles de transmitir mediante una forma
narrativa amena. En algunos casos también puede deberse a un cierto cansancio por parte de los destinatarios,
que pueden sentirse hartos de revelaciones escandalosas y que pueden mostrarse proclives a recibir una
nueva tanda de descubrimientos y declaraciones con un suspiro de resignada indiferencia (extremo sobre el que
hemos de volver). Sin embargo, la limitada capacidad de algunos escándalos para reverberar en el interés vital de
los ciudadanos corrientes es también síntoma de una característica más general de la experiencia mediática a
la que podríamos llamar "estructura de su
relevancia".17 Los individuos no se relacionan del mismo modo
con todas las experiencias, sino que, por el contrario, les conceden prioridad en función del grado en que les
parecen pertinentes para sus propias vidas. La mayor parte del tiempo, la experiencia vital de la vida cotidiana posee
un carácter bastante apremiante para la mayoría de los individuos: constituye el entorno inmediato en el
que vivimos nuestras vidas e interactuamos con otras personas. La experiencia mediata, por el contrario, es
más intermitente y más independiente de los contextos prácticos de nuestra vida diaria, y es menos probable
que se nos imponga con la misma urgencia e inmediatez que la experiencia vital.
De ahí que, por muy interesantes y absorbentes que puedan ser los detalles de un escándalo mediático,
es probable que el desarrollo del escándalo sea vivido por la mayoría de los individuos como un
acontecimiento más bien distante que posee una conexión relativamente débil con las cuestiones que preocupan a la
mayoría en los contextos prácticos de sus vidas cotidianas. Puede que les parezca difícil ver alguna conexión entre
las acciones de esos lejanos individuos con los que nunca se han cruzado (y con los que no es probable que se
crucen jamás) y sus propias vidas y circunstancias vitales; el desarrollo de los acontecimientos que acompañan
al escándalo mediático puede captar su atención de vez en cuando, puede incluso suscitar alguna discusión
y debate con los amigos y los miembros de la familia, pero es improbable que esos acontecimientos
consigan atraer totalmente y sin fisuras su interés. La separación espacial y cultural que puede intervenir cuando
los escándalos se difunden a una escala cada vez más global no pueden conseguir sino que la debilidad de
esa conexión resulte aún más evidente. Para las personas más sencillas de Gran Bretaña, por ejemplo, un
escándalo en el que se vean envueltos unos cuantos políticos de Japón o de Corea del Sur aparecerá como un
suceso inconmensurablemente remoto: los nombres de los implicados apenas les dirán nada, las instituciones
les resultarán poco familiares y muy alejadas de su propio contexto local y nacional, de modo que es probable
que cualquier conexión con sus propias vidas les parezca tan tenue, o tan dependiente de un elevado número
de intermediarios, que puede resultarles casi imperceptible.
La estructura de la relevancia de la experiencia mediática tiende de este modo a garantizar que, para
una mayoría de personas, la mayor parte de los escándalos mediáticos tenderá a desempeñar un papel relativamente menor en sus vidas (y mucho menor aún cuando el escándalo se encuentra muy alejado de sus propios
contextos vitales tanto desde el punto de vista espacial como desde el cultural). Por supuesto, hay excepciones. Para
todo individuo particular, la relevancia de cualquier experiencia, ya sea mediata o inmediata, es siempre relativa
al conjunto de prioridades que forman parte de su proyecto vital y del sentido de su identidad como
persona. Ciertos individuos que manifiestan un sólido interés en la política, o un sólido interés en una determinada
forma cultural como el cine, el deporte o la música popular, pueden seguir de cerca el desarrollo de un
escándalo mediático que tenga relación con su área de interés. Pueden ver la televisión y leer todos los días los
periódicos para conocer las últimas noticias, ansiosos por mantenerse al tanto de los más recientes
acontecimientos. Pueden convertirse incluso en una especie de forofos del escándalo, similares a los seguidores de un grupo
de música o de un equipo deportivo, y desarrollar redes de relaciones sociales con otras personas que
comparten intereses y preocupaciones parecidas y con las que puedan intercambiar las últimas noticias. (Los
escándalos en que se vio envuelto Bill Clinton, por ejemplo, generaron en Internet muchos grupos interesados en
conseguir noticias y muchas redes de relaciones de este tipo.) Éstas son, sin embargo, las excepciones. Para la
mayoría de las personas, los escándalos mediáticos son acontecimientos que se viven de forma intermitente y
con diversos aunque generalmente modestos niveles de interés y de atención. Es posible que los sigan distraída
y episódicamente (si es que les prestan alguna atención), ocupándose más de los titulares y del trazo grueso
que de los detalles menudos. Esto no significa que las personas corrientes tengan poco interés en los
escándalos mediáticos o que los consideren de poca importancia. Pero sí significa que los modos en que las
personas corrientes conciben los escándalos mediáticos y el tipo de relevancia que les conceden pueden no coincidir
con la forma en que son vistos esos mismos acontecimientos por los individuos incluyendo a los que trabajan
en los medios que, debido a las circunstancias prácticas de sus vidas, tienen en ellos un interés más directo.
Notas
1 Erving Goffman, The Presentation of Self in Everyday
Life, Harmondsworth, Penguin, 1969.
2 Ibid, pp. 100 y ss.
3 En julio de 1993 John Major concedió una entrevista al director de la sección política de la ITN
Michael Brunson. Estaban esperando en el estudio a que se sacaran unos "cortes" (planos silenciosos que se
utilizan para rellenar huecos en la adaptación de una entrevista) y nadie era consciente de que los micrófonos
estuvieran aún abiertos, el personal de la BBC estaba supervisando la conversación mientras esperaba que llegara
el momento de grabar su propia entrevista con el primer ministro. Major hablaba abierta y francamente
con Brunson sobre las dificultades a las que se enfrentaba en relación con un determinado y delicado aspecto
del debate político en Gran Bretaña suscitado a raíz de la integración con Europa. Estaba tratando de
conseguir una ratificación del Tratado de Maastricht pero se enfrentaba a la resuelta oposición de tres euroescépticos
de su propio gabinete. ¿Por qué no les despide sencillamente, preguntaba Brunson, y los reemplaza por otros
tres colaboradores nuevos? "Podría introducir a otra gente", contestó Major. "Pero, ¿de dónde piensa que
viene la mayoría de este veneno? De los desposeídos y de los que jamás han tenido posesión alguna. Usted
puede pensar en ex ministros que anden por ahí causando todo tipo de problemas. No queremos tres bastardos
sueltos más", citado en el
Observer, el 25 de julio de 1993, p. 1. En este punto de la conversación alguien se dio
cuenta de lo que estaba ocurriendo y desconectó el micrófono, pero el daño ya estaba hecho. Los comentarios
de Major, realizados de manera confidencial, se publicaron ampliamente en la prensa, prestando mucha
atención a la poca halagüeña descripción que hacía de sus colegas de gabinete. "Major se mete con los 'bastardos'
del gabinete", fue el titular de portada del relativamente moderado
Observer.
4 Véase John B. Thompson,
The Media and Modernity: A Social Theory of the
Media, Cambridge, Polity Press, 1995, pp. 110-111.
5 Jeremy Thorpe fue acusado por intento de asesinato en la persona de su amante, el modelo Norman
Scott, que le había amenazado con revelar su homosexualidad. Aunque fue absuelto, su carrera quedó deshecha.
Al escándalo contribuyó la circunstancia de que sus hijastros ocuparan los puestos 21, 22 y 23 en la línea
sucesoria al trono británico (N. del t.)
6 Daniel Dayan y Elihu Katz,
Media Events: The Live Broadcasting of
History, Cambridge, Massachussets, Harvard University Press, 1992. Sería un error, sin embargo, considerar de modo general que los escándalos
de los medios de comunicación son "acontecimientos de los medios de comunicación" en el sentido de Dayan
y Katz. Y ello porque los escándalos de los medios de comunicación pocas veces son acontecimientos que
se orquesten cuidadosamente y que se planifiquen de antemano (aunque puede ocurrir en relación con
algunos aspectos de ciertos escándalos).
7 Véase S. Elizabeth Bird, "What a Story! Understanding the Audience for Scandal", en James Lull y Stephen
Hinerman (comps.), Media Scandals: Morality and Desire in the Popular Culture
Marketplace, Cambridge, Polity Press, 1997, pp. 99-121.
8 "Me encanta la carnaza, vivo para la carnaza", explica Lucianne Goldberg, la supuesta agente y
publicista de Nueva York que asesoró a Linda Tripp durante el asunto Clinton-Lewinsky. (Fue Goldberg quien animó
a Tripp para que grabara su conversación con Monica Lewinsnky.) "Carnaza es lo que se hace con la
porquería, los chismes, la intriga, el escándalo..., y los informes internos". Citado en John Cornwell, "Kiss of the
Spider Woman", en Sunday Times
Magazine, 27 de junio de 1999, p. 17.
9 El término "hábito" es un préstamo de Bourdieu. Este autor se vale de la noción de hábito para
describir un conjunto de disposiciones duraderas y fecundas que inclinan a los sujetos a actuar de ciertas maneras.
Véase en especial Pierre Bourdieu, The Logic of
Practice, traducción de Richard Nice, Cambridge, Polity Press,
1990, pp. 58 y ss.
10 El intento de configurar la agenda de la política mediante la provocación de un escándalo moral era
una característica prominente del trabajo de los directores de periódicos combativos de Gran Bretaña y
Estados Unidos a finales del siglo XIX, y también de los periodistas que se dedicaban a revelar escándalos, como
Linciln Steffens e Ida Tarbell. Sin embargo, también hoy en día ha llegado a ser una parte fundamental de la
imagen que tienen los periodistas de investigación sobre su propia actividad. David Protess y sus socios lo han
verificado a la perfección en su estudio sobre el periodismo de investigación que se hacía en Estados Unidos durante
la década de 1980: "Los periodistas de investigación tratan de provocar
deliberadamente una reacción de
indignación con sus reportajes sobre la comisión de delitos e infracciones", observan Protess y otros. "Los
periodistas de investigación encuentran una satisfacción personal al publicar noticias que conducen a una mejora
cívica", David L. Protess, Fay Lomax Cook, Jack C. Doppelt, James S. Ettema, Margaret T. Gordon, Donna R. Leff y
Peter Miller, The Journalism of Outrage: Investigative Reporting and Agenda Building in
America, Nueva York, Guilford Press, 1991, p. 5. No obstante, Protess y sus socios también muestran que la política de
impacto del reportaje de investigación, es mucho más complicada de lo que sugeriría el modelo de la movilización
lineal. Los periodistas de investigación podrían tratar de orientar la agenda política escandalizando a los lectores y
a los telespectadores, pero, en la práctica, estas agendas se forjan frecuentemente mediante la formación
de coaliciones entre los periodistas y los gestores políticos, y empiezan a producir resultados antes de que
se publiquen los resultados de las investigaciones.
11 El ejemplo más obvio de esto es el caso Watergate. Cuando ganaron el premio por su relato y por el
papel que desempeñaron en el escándalo Watergate, los periodistas del
Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, se presentaron a sí mismos como detectives que tuvieron que luchar contra el secreto, las
mentiras, las falsas pistas y la intensa presión política con el fin de reconstruir el rompecabezas que finalmente llevó a
la dimisión de Nixon. Véase Bob Woodward y Carl Bernstein,
All the President's Men, Nueva York, Simon
y Schuster, 1974; véase también la película de 1976 que está basada en el libro. Sin embargo, el relato
de Woodward y Bernstein tiende a exagerar su propio papel en la secuencia de revelaciones y
acontecimientos, y tiende también a rebajar la trascendencia de las investigaciones del FBI, del proceso judicial y de las
preguntas realizadas por el Congreso, en el transcurso de los cuales surgieron muchas de las revelaciones más
importantes. Para un relato sobre la mitificación del papel del periodismo en el caso Watergate, véase Michael
Schudson, Watergate in American Memory: How We Remember, Forget and Reconstruct the
past, Nueva York, Basic Books, 1992, pp. 104 y ss., y "Watergate and the Press", en su
The Power of News, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1995, pp. 142-165.
12 En este caso, John F. Kennedy es el ejemplo más llamativo. Muchos periodistas conocían los amoríos
de Kennedy, pero sencillamente se hacían de la vista gorda. "Solía haber un acuerdo entre caballeros respecto
a no informar sobre esas cosas", observa el reportero veterano Raymond Strother, según la cita que aparece
en "Sex and the Presidency", en
Life, agosto de 1987, p. 71.
13 Véase Pierre Bourdieu,
On Television, traducción de Priscilla Parkhurst Ferguson, Nueva York, New
Press, 1998, pp. 23 y ss.
14 Para un relato sincero de una persona que conoce las interioridades de las prácticas periodísticas de
la prensa amarillista y las técnicas que ésta utiliza para generar escándalos, véase Gerry Brown,
Exposed! Sensational True Story of a Fleet Street
Reporter, p. 146, Londres, Virgin, 1995. "La primera prioridad
de un buen director de un periódico amarillista", recalca Brown, "es conseguir porquerías relacionadas con
una gran celebridad de la televisión. La segunda prioridad es apuntar a una celebridad de rango medio. La
tercera es publicar un escándalo que implique a una celebridad menor de la televisión". Brown trabajaba para el
News of the World y para el National
Enquirer, así que, por desgracia, sabe de lo que habla.
15 "Este síndrome aparece después de que un miembro audaz de los medios de comunicación informa
sobre cierto hecho. En este contexto, es irrelevante si el 'hecho' es cierto; los demás miembros de los medios
de comunicación lo adoptan como el Evangelio y lo extienden a través de la faz de la tierra. Los chacales tienden a acechar entre la maleza hasta que el león mata a su presa; después de irse, los chacales se abalanzan
para repartir el festín. Para ser un chacal no se requiere ni espíritu emprendedor ni consideración, J. Herber
Altschull, "The Journalist and Instant History: An Example of the Jackal Syndrome", en
Journalism Quartely, num. 50, 1973, pp. 489-490.
16 Para la distinción entre experiencia vivida y experiencia mediática, véase Thompson,
The Media and Modernity, pp. 227-234.
17 Ibid, pp. 229-231.
John B. Thompson es profesor adjunto de Sociología de la Universidad de Cambridge y miembro del Jesus College de la misma universidad.
Este capítulo forma parte del libro El escándalo político. Poder y visibilidad en la era de los medios de comunicación, Editorial Paidós, colección Estado y Sociedad, pp. 394. Agradecemos a Paidós Mexicana la autorización para publicarlo.